Amistad intermitente /4
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por Felipe Devincenzi La conocí en el Colón, al otro lado del escenario, pero la reencontré en Bélgica con azar premeditado. Había pasado el día en región flamenca y vuelto a la capital hacia las seis, es decir de noche, bajo el viento y la garúa de febrero. Esa vez cenamos frío, fumamos sativa, rematamos con Gasalla y varieté hasta intuir que era mejor dormir juntos.
Ciertos vínculos, como los discos y las lecturas, terminan signando el matiz de una etapa. Nuestra referencia fue México: una gira larga y adolescente en tierras exóticas. Ella era unos años mayor, tenía pelo indio y trigueño y un tatuaje trepaba su espalda hasta hipnotizarme. Yo estaba esquelético; había pasado un año atroz y los médicos me señalaban distimia.
El viaje sentó bien: colores, aromas, el abanico extremo del paladar mesoamericano. Desde la primera madrugada, en el extrarradio de Puebla -donde ensayábamos-, tomábamos taxis hasta la avenida Juárez y probábamos mole, micheladas, mezcal barato. De ahí seguimos a Tlaxcala y aún la veo subiendo largas escalinatas de basalto, la enredadera de su piel destellando bajo el sol vespertino. Luego avistamos Orizaba en teleférico y descansamos junto al mar veracruzano. Por cada ciudad había un candidato del PRI que anunciaba a la orquesta; nosotros tocábamos y petábamos los bares de Morelia, los mercados de Coyoacán, los túneles de Guanajuato que amplificaban el rumor de las tormentas.
Dos de esas postales reverberan sensaciones opuestas. La primera es una terraza de San Luis Potosí, por la tarde, el dejo citrino de los vasos vacíos mientras suena Sabino de fondo. Creo que en ese instante nos creímos felices, es decir inmortales. Caso contrario es la despedida, en un pueblo apocado de la playa oaxaqueña. La vi alejarse en un taxi rumbo a la terminal, a la obligada Europa. Me quedé solo, respiré hondo y sopesé el cielo, todavía claro. Supe que, para bien y para mal, mi juventud iba acoplada a la sombra de ese auto. // RR.PP



