Cuadros dentro de cuadros
- Jun 19
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por Bruno Casabona
Es válido preguntarse si el Dostoievski de Memorias del subsuelo, al afirmar que un hombre decente siente el mayor de los placeres al hablar de sí mismo, habrá intuido el éxito que tendría la escritura del yo o fenómenos como instagram, twitter o el streaming. Acaso la popularidad actual de la autoficción tenga una estrecha conexión con nuestra afinidad a las redes, donde nos acostumbramos que lo personal esté cada vez más expuesto, dibujado y, a fin de cuentas, más cercano a la inventiva que a la realidad.
1. Amarga navidad (2026), la última película de Almodóvar, gira en torno a la historia de un director de cine muy reconocido que está atravesando un bloqueo creativo. Aunque el personaje se llama Raúl, claramente nos remite a su propio autor: uno que escribe una película sobre un cineasta que acaba de perder a su madre y éste, a su vez, que escribe sobre otra persona que intenta separarse de su pareja.
Raúl, interpretado por Leonardo Sbaraglia, no puede inspirarse sino nutriéndose de la gente que lo rodea. Y acá el problema principal es moral y gira casi sobre una primera pregunta: ¿se puede escribir sin autolimitarse? Enseguida aparece una segunda: ¿cuánto se está dispuesto a perder o a ganar por el afán de reconocimiento, de ser gustado por otros?
Si bien es cierto que Almodóvar ya había trabajado el género en varias oportunidades - La ley del deseo (1987), La mala educación (2004) y Amor y gloria (2019) - con resultados gloriosos, el estreno parece sustentarse en un autor que ya ha pasado el esplendor de su carrera y ahora vive del prestigio ganado.
2. Esta noción shakesperiana de cine dentro de cine se encuentra también en Adaptation (2002). El proyecto de la película nace de un libro y la misión de adaptarlo es de Charlie Kaufman. Lo curioso es que el libro es tan apocado que Kaufman necesita inventar otra historia, y mientras le recomiendan aventuras y romances ficticios, él decide meterse en la película.
El protagonista es Nicolas Cage y no solo interpreta a Kaufman, sino también a Donald Kaufman, su hermano gemelo. Lo cierto es que el hermano gemelo de Charlie no existe, y el autor lleva la idea tan lejos que incorpora a Donald como co-guionista en los créditos. El comité de los Óscar no se detuvo a analizar el metarrelato de Kaufman, o al menos eso trascendió cuando, en la ceremonia de gala, nominaron a Donald entre los candidatos a mejor guión.
3. Dicen que cada vez estamos más dispersos, que nos es más difícil concentrarnos y mantener el foco sobre un mismo objeto de interés. Parafraseando a Fabián Casas -amigo y colega del director-, un ejercicio para contrarrestar ese efecto sería ver una película de Lisandro Alonso entera y sin interrupciones. En su tercera pieza, Fantasma (2006), el personaje principal se sitúa en el Teatro San Martín, donde ha sido invitado por Alonso para el estreno de su película anterior, Los muertos, (2004), donde también es protagonista. Con cortinas musicales pesadas -guitarras eléctricas abiertas, aireadas- el minimalismo de Alonso está presente en cada detalle.
En este caso, el juego no es metafísico ni moral, sino estético. Alonso tiene un gran sentido del ritmo y del espacio, como una especie de intuición u optimismo goleador. Pero la película es un ejercicio de paciencia, considerando que casi no hay diálogos a lo largo de una hora y pico. En un futuro, tal vez el film sirva de archivo para mostrar a las generaciones futuras cómo eran esos maravillosos cines que ya no existen. Esta posibilidad nos hace olvidar que acá también hay puesta en escena, y que nada de lo que vemos en Fantasma es lo que parece ser. // RR.PP.

Foto: aficionados mexicanos se autofilman mientras juega su Selección.


