top of page

Destinos de la piel

  • Jun 19
  • 2 min read

por Sebastián Napolitano y Juan Terranova


En 1973, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, Rita Hoefling, un ama de casa blanca de cuarenta años, comenzó a volverse negra. No era un bronceado: su piel adquiría un tono profundo, uniforme, que alteraba por completo su apariencia. Había sido diagnosticada con la enfermedad de Cushing; le extirparon las glándulas suprarrenales, y poco después la melanina comenzó a invadirla.


En la Sudáfrica del apartheid, el color de la piel era un destino. Las pequeñas humillaciones del petty apartheid se convirtieron en una ligera pesadilla: un conductor la echó de un bus "solo para blancos", tenía que llevar una credencial que explicaba su piel oscura. Los vecinos de su nuevo barrio —en la ciudad más tolerante del país— firmaron una petición de protesta y cuando su padre murió, su madre le prohibió ir al velorio: "No quiero que tu cuerpo negro me avergüence en la tumba de papá."


Sin desanimarse, Rita encontró refugio entre los residentes de los townships —los barrios negros de los suburbios— donde aprendió xhosa, una de las lenguas bantúes del Cabo.


Después, en 1978, Rita volvió a ser blanca. Espontáneamente. ¿Cómo? ¿Se curó? Intentó regresar a su vida anterior, pero su esposo, ex oficial de la Marina Real Británica, y sus hijos ya se habían ido. Vivió sus últimos diez años en pensiones del Cabo. Murió en la pobreza de bronconeumonía en 1988.


La piel es el órgano más extenso que tenemos. Nos recubre, nos aísla del mundo y es lo primero, y muchas veces lo único, que ven los otros de nuestro cuerpo. Es un órgano superficial, elástico, expuesto, que se puede lastimar, secar, cortar, agredir con filos, quemar con el sol, decorar con tatuajes y cuidar con cremas y perfumes, y que resulta imprescindible para la vida. Sin piel, no existimos. Por eso, no hay frivolidad en juzgarnos por la piel, por su color, su textura. La piel dice mucho más de nosotros de lo que podemos o queremos comprender, de lo que estamos dispuestos a admitir.


Después de ver ascender a Jesús, Bartolomé caminó hacia el este y llegó a Armenia. Su prédica fue escuchada. Tanto que los templos paganos comenzaron a vaciarse. Los antiguos sacerdotes se quejaron al rey Astiages que mandó llamar a Bartolomé y le ordenó que adorara a sus ídolos. Bartolomé se negó con una sonrisa. Entonces el rey ordenó que fuera desollado vivo en su presencia.


En 1562, el escultor Marco da Agrate compuso al santo de pie, usando su propia piel como un manto. Su expresión es serena. El Santo lleva un libro. Su fe lo llevó a trascender ese límite. Su austeridad y convicción fueron tales que puede prescindir de esa frontera física, a la que usa como una prenda cotidiana, intercambiable. La escultura puede verse en la catedral de Milán.//RR.PP.



 
 

© 2035 Creado por El Artefacto con Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
bottom of page