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El museo Magritte

  • Feb 20
  • 2 min read

por Felipe Devincenzi

 

Se encuentra en la colina más altiva de Bruselas, una plaza de adoquines y fachadas neoclásicas, custodiada por el bronce ecuestre del cruzado Godofredo. Para una inmobiliaria, la ubicación sería inmejorable: a pocos metros del Mont des Arts, mirador que funde los crepúsculos con el relieve del casco histórico, y rodeada por bares, chocolaterías y salas de concierto. La pregunta, entonces, cae de madura: ¿merece el surrealista coronar este podio?

 

Consagrar un edificio a un pintor no es habitual, pero está el caso de Van Gogh, en la vecina Ámsterdam, o la colección que Dalí obsequió a Figueras. Magritte era infinitamente menos talentoso, y en sus obras se intuye el plagio al catalán o, más obvio, a Giorgio de Chirico. Las más célebres parecen portadas de un policial de Simenon: perfiles con bombín, miradas frívolas y cielos reiterativos, similares a los diseñados por Pixar en Toy Story.

 

Un silogismo vincularía estos cuadros con la cursiva de escuela primaria que los firma. Curiosamente, los más logrados escapan al cliché que promueve el gift shop de la planta baja. Le roman populaire es la mejor versión de su impresionismo, retrato de calidez onírica y una gradación excepcional. Equivalente a Gala, destaca la serie de su esposa y modelo Georgette Berger, mitad escultura y mitad cielo, extrañamente titulada La Magie Noire. O mejor: las calles halógenas de L’Empire des lumières, de una calma inquietante.

 

Otra revelación es el René que trabajó como afichista, a principios de los años 20, aprendizaje del saintgilloise-flamenco Gisbert Combaz. El Art Nouveau es el orgullo omnipresente de Bruselas: sus líneas sobresalen en casas y escaparates, y si bien renegó de su oficio publicitario, este Magritte mundano nos conmueve al anunciar fósforos, aperitivos, incluso manifestaciones obreras.

 

Los tres pisos de su museo se organizan cronológicamente. Basta pedir permiso para subir por escalera y evitar la fila que los turistas hacen frente al montacargas. De ese rebaño surgen quienes se limitan a sacar fotos de celular: no encaran el lienzo ni por un segundo. Tratándose de Magritte, ¿será para subir el contraste con Lightroom?



 
 

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