El tesoro de Hoxha
- Jun 20
- 2 min read
por Felipe Devincenzi
Son las 4:20 AM y el taxi se desliza por una Bruselas desierta. Está atípicamente cálido; bajo el vidrio y la brisa diluye una monodia que shazam atribuye a Usaid Siddique. Entre el kafkiano aeropuerto de Charleroi y Tirana duermo intermitentemente, mezclando sueños cortos con esa melodía urdu que sintonizaba el tachero.
Lo que sigue es mecánico: una traffic lleva a la estación de ómnibus a cambio de 30 leks. El chofer embanquina antes, sin mediar aviso, y señala un micro andrajoso que ronronea metros atrás. Paso las horas siguientes durmiendo, de nuevo, en esos asientos entelados de los que me despego ya en el sur, frente al azul del Jónico.
Gjilekë es un loteo caprichoso. Cuando camino sus ripios, hacia la playa, noto la alternancia de viejas casas de tejado, parras y gallinas con obras a medio empezar. Es obvio que este aire balcánico, apacible y serrano, pronto claudicará a los balnearios de moda. De momento hay esto: cabras que balan bajo el balcón, cerveza barata y ligera, agua color Evian.
La mañana siguiente buceo sobre un MiG-21 soviético. Es apenas una migaja del camposanto militar más grande del Mediterráneo. Bordeando Dhërmi, cientos de búnkeres surgen como fósiles de tortugas gigantes, acobachadas entre montañas y paseos marítimos. Se calcula que Enver Hoxha distribuyó unos 750 mil. También compró agaves mexicanos para disuadir a los paracaidistas. Durante 43 años electrificó campos: sembró minas: pinchó los teléfonos de medio país.
“Bastaba que proyectaras tu sombra sobre la tierra para que te abrieran un expediente”, escribe Fatos Kongoli. Su novela debut cuenta la historia de un Don Nadie perseguido por ser el sobrino de un exiliado. Sus conocidos también son perseguidos. El Museo de la Vigilancia Secreta de Tirana, aka Casa de las Hojas, es un recordatorio de ese delirio.
En una de sus salas hay varios números de Ne Sherbim Te Populit, revista oficialista. En las tapas sale Hoxha radiante, sonriente, haciendo upa a niños felices. De fondo, como apagada, la hermosura elemental de ese oasis que fue, y todavía es, la República de Albania. // RR.PP.
Fotos: Felipe Devincenzi




















