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Ese combate desigual

  • Jun 23
  • 2 min read

Updated: Jun 25

por Sebastián Napolitano y Juan Terranova


Florencia, 1476. En los libros de una imprenta figura una venta mayorista: quinientos ejemplares de una novela de caballería vendidos a Bernardino, descrito como “el que canta en un banco.” La noticia es breve, pero nos permite reconstruir la escena. Bernardino recita en una plaza, sobre un banco de piedra o de madera. La gente se detiene. Al final, ofrece los ejemplares impresos. La voz es una estrategia de venta; el cantor es vendedor; el banco, un escenario; el libro, un souvenir. 


París, 1922. En el Hotel Majestic se reúnen Sergei Diaghilev, Igor Stravinsky, Erik Satie, Pablo Picasso y el crítico Clive Bell. James Joyce llega tarde. Proust llega más tarde: a las dos y media de la mañana. Para entonces Joyce ronca en una silla. Stravinsky declara que detesta a Beethoven. Joyce se despierta y admite no haber leído a Proust. Proust le pregunta si conoce a la princesa tal. El escritor irlandés le dice que no. ¿Y el conde fulano? Tampoco. ¿Y al profesor…? No. Cansado, Proust le pregunta: "Pero usted, ¿a quién conoce?" Los modernistas no tienen nada para decirse. 


Nueva York, 1949. Atlantic Records tiene bajas ventas. Ahmet Ertegun, Herb Abramson y Jesse Stone viajan al sur a investigar. En los clubes de mala muerte descubren que la gente no baila con sus discos. Les falta ritmo. Stone escucha las bandas locales y concluye que hace falta una línea de bajo. Diseña un patrón. Lo usan en Cole Slaw de Frank Culley. El disco vende. Después llegan Ruth Brown, Ray Charles, los Drifters. Stone nunca patentó el patrón. Lo llamó that thing.


Los músicos y los escritores saben que trabajan sin garantías. A veces son más conscientes de lo que hacen, y pueden buscar y describir mecanismos y efectos. Pero la certeza se les niega como parte constitutiva de su trabajo. Escribiendo y componiendo hay algo que siempre se escapa. La ansiedad de la matemática resulta imposible. ¿Cuál es el resultado exacto? No lo hay. No existe. Podemos escribir sin errores y componer de forma ajustada pero el resultado nunca está asegurado, la cuenta puede no cerrar.


Envuelto en esos escenarios, el creador se arroja. No elige las aguas para nadar, se limita a saltar. No examina hojas y árboles, se mete en el bosque. Esa decisión, ese combate desigual con el miedo, hace a la obra y lo sentimos presente cuando leemos una página y sonreímos, cuando escuchamos una melodía que nos reconecta con nuestra propia historia.//RR.PP.




 
 

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