Golden boys /1
- Mar 14
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Updated: Mar 14
por Felipe Devincenzi
En 1997 Matt Damon escribió y protagonizó Good Will Hunting, iniciación de un arrabalero de Boston que resuelve teoremas en el espejo del baño, lee libros de Howard Zinn y se pelea con la policía. Cuando le preguntan cómo hace lo que hace, remite a Beethoven: ¿qué veía Ludwig cuando se sentaba al teclado? Aunque el guión se inspire en el caso de Ramanujan -matemático indio- cabría preguntarse qué veía Bobby Fischer, apenas un niño criado por una comunista en un modesto piso de Brooklyn, cada vez que enfrentaba los tableros marmolados de Washington Square.
Fischer nació en 1943 y fue el primer yanqui en coronarse campeón mundial de un deporte dirimido por los soviéticos. A los 13 años realizó una partida antológica frente a Donald Byrne y a los 15 se consagró Gran Maestro. Su personalidad fue puliendo el mito: pasó de ser un prodigio con afición hacia el béisbol, el rock y los fichines, a padecer un trastorno paranoide incontrolable. Sus protestas iban de justas a excéntricas: en 1962 publicó un artículo en Sports Illustrated acusando de embusteros a los rusos. Para el Interzonal del 67’ plantó varios encuentros, yendo y viniendo de Sousse a Cártago con una caravana de patrulleros que le abría paso en la autopista. Cuando le ganó el título a Spassky se ausentó tanto de la ceremonia inaugural como del segundo match, incertidumbre que zanjó Henry Kissinger, telefoneando en nombre de Nixon para acabar con el rodeo.
Acceder a esa contienda implicó arrasar en el Interzonal del 70, donde también compitieron los argentinos Oscar Panno y Jorge Rubinetti. El evento final fue organizado por Antonio Carrizo en el Teatro San Martín, en plena Avenida Corrientes. Se dice que en la tercera partida hubo un apagón: Petrosian dejó la mesa por un rato, pero Bobby permaneció impasible, cavilando a solas, en medio de la oscuridad. Cuando volvió la luz ya tenía todo resuelto, y pasó los días siguientes jugando blitz con Miguel Quinteros, escuchando Sandro, haciendo exhibiciones por el interior y enamorándose, en Tucumán, de una veinteañera a la que insinuaría casamiento.
Fueron, probablemente, los últimos momentos de serenidad antes de una reclusión de veinte años. Tardes soleadas, felices, extrañamente porteñas. // RR.PP.

Foto: Fischer en Plaza Castelli, Belgrano, CABA, 1971 / Harry Benson