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Golden boys /3

6 days ago
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por Felipe Devincenzi Probablemente lo haya visto en el Madison del 70’, enamorado ya de su voz engominada, la tez india en contraste con el saco de lino blanco, suelto y alado como Presley. De hecho le convencía más el argentino, ya adepto a la balada que despuntaron los arreglos de Jorge López Ruiz, vanguardista del jazz y mentor del misticismo doorsiano que reemplazara el beat surfer de los Ventures.

 

En todo caso, Sandro llenaba la sala chica del Madison y Fischer se regocijaba entre clamores latinos. Pero siete años antes no existía Manhattan sino el Bar de Pancho, donde Roberto aprendió sus primeros acordes previos al guiño de su padre: una eléctrica pagada con ahorros de frigorífico. En una de sus magníficas entrevistas, hacia el 84, cuela en el humo del Marlboro esta frase: “Nací en Parque Patricios, me crié en Valentín Alsina y sigo viviendo en el Sur”.

 

Es casi una política o, como Laprida, la aceptación del destino sudamericano. En ese barrio concibió su ambición escénica, que fue eminentemente rockera. Pero su fijación con Elvis no eclipsó el temple originario: un abuelo gitano, padres españoles y el cruce entre vascos e indígenas. Era de esperar que tendiera al bricolage artístico: de Los Caniches de Oklahoma, casi una juerga, se dio a conocer con Los de Fuego.

 

Esos primeros discos de CBS ostentan un agudo sentido de contemporaneidad: hacía covers de los Beatles y folk yanqui más logrados que los análogos Teen Tops. La criollización de Boleto para pasear, por ejemplo, es prístina e hipnótica. Pero las bandas claudicarían ante la sofisticación de López Ruiz, que dirigió Beat Latino (1967) hasta Sandro de América (1969), obras que imponen temas propios y una calidad inédita en Argentina.

 

Las regalías no solo purgaron vicios de juventud. Estaban los autos deportivos, el tabaco, la mansión de Banfield, pero se dice que bancó el sucucho de avenida Pueyrredón donde Tanguito y Nebbia forjaron Los Gatos. Otro grueso iba a los equipos: lo obsesionaban la presentación de sus músicos y la transparencia sonora. “Podías verlo en el Gran Rex, en una sociedad de fomento de Gonzalez Catán o en el Club 77 de Morón”, cuentan sus allegados, “y el espectáculo era el mismo”. // RR.PP.


 
 

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