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La forma inadvertida

5 days ago
2 min read

por Victoria Guglielmotti Hace un año que vivo en el interior alemán, en una ciudad mediana donde abundan los cuervos. De a poco fui aprendiendo sus rutinas: hay veces -las menos, pues suelen ser solitarios- que despegan todos juntos a algún lado. No hay un líder evidente; nadie da una señal clara y, sin embargo, ninguno parece volar por cuenta propia.

Hay bandadas mucho más numerosas: de estorninos, de peces, agrupaciones de células y multitudes humanas. ¿Quién decide hacia dónde va la manada? Rápidamente una diría que los pájaros. ¿Pero cuál? Ninguno conoce la forma que está dibujando su conjunto: cada uno responde a lo que pasa a su alrededor. Lo que vemos desde abajo es el resultado de miles de interacciones individuales que, sin proponérselo, producen algo que ninguno podría concebir por sí solo.

En ciencia, este fenómeno se conoce como autoorganización. Aparece en sistemas físicos, químicos y biológicos, en los que las interacciones entre componentes dan lugar a patrones colectivos sin que exista un control central que determine cada detalle del resultado. Desde el punto de vista físico, estos procesos dependen de las interacciones locales y de los mecanismos de retroalimentación que regulan el comportamiento del sistema. En una bandada, por ejemplo, cada estornino ajusta su velocidad y dirección según la posición y el movimiento de sus vecinos. Estas respuestas se acoplan entre sí y pueden producir cambios coordinados en buena parte del grupo. El comportamiento colectivo surge así de la dinámica conjunta de sus integrantes; el patrón global no está contenido en un solo pájaro, sino que emerge de las interacciones.

Lo curioso es que nuestra intuición sugiere lo contrario. Cuando vemos algo organizado, suponemos que alguien tuvo que organizarlo. Nos cuesta imaginar que el orden pueda surgir de las relaciones entre las partes sin que exista una entidad que conozca el resultado final a priori. Pero la naturaleza lleva miles de millones de años haciéndolo. Quizás nuestra dificultad para aceptar esta idea tenga menos que ver con la ciencia que con nosotros mismos. Estamos acostumbrados a buscar intenciones detrás de las cosas. Es una forma útil de orientarnos en el mundo, pero también nos lleva a anhelar una voluntad allá donde puede haber procesos más distribuidos.

Certezas: no todo lo que tiene forma fue diseñado, no todo lo que funciona fue planeado y no siempre hace falta alguien que sepa hacia dónde vamos para que termine apareciendo una dirección. Los pájaros desconocen la forma que dibujan en el cielo. ¿Cuántas veces confundimos esto con andar sin rumbo? //RR.PP.


 
 

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