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La verdadera conspiración

Sep 30
3 min read

por Rodolfo Cifarelli Los venerables todos (1962) de Manuel Antín, que se estrenó recién en 1984 después haber permanecido lamentablemente perdida, es una oscura metáfora que representa el crepúsculo de un grupo de amigos -«un grupo de sombras», como bien lo define el único personaje femenino, Dora (Fernanda Mistral) a Lucas, el jefe del grupo (Lautaro Murúa): «Me acuerdo que una vez quisieron hacer una revolución y hasta pusieron una bomba en Plaza de Mayo, esa misma noche se reunieron en el café y se mostraron sus caras brillantes, parecían los cinco miembros de una comunidad que dominaba el mundo». Aquí los antiperonistas asumen ser protagonistas de acciones directas contra el pasado «régimen».

La alusión es clara: se trata del acto terrorista del 15 de abril de 1953 perpetrado por un grupo de militantes de la UCR en la Plaza de Mayo mientras Perón daba un discurso a la multitud. El resultado fue de seis muertos y casi cien heridos. No es un dato menor, desde ya, que los personajes de la película sean rutinarios empleados del poder judicial. En esa burocracia, Antín cifraba un poder tan letal como el de las botas y las bayonetas.

Los venerables todos es además una respuesta sesgada a El Jefe (1958) de Fernando Ayala con un lamentable guion de David Viñas. Para quien no la recuerde, El Jefe narra la historia de un líder cuasi mafioso que abandona a sus secuaces –sus «cabecitas»- antes de un final que de todos modos no puede evitar. Esa era la versión de «izquierda» del Viñas intelectual orgánico del frondicismo. En cambio, el guion de Los venerables todos –una restauración de una novela de Antín cuya única copia le prestó a Cortázar y al querer recuperarla Cortázar confesó haberla perdido–, no moralizaba sobre el adversario de sus protagonistas conspiradores e incluso retrataba a estos varados en el nihilismo que al final se volcaba como sadismo contra uno de los miembros del grupo (Walter Vidarte).

Los conspiradores de Antín, a diferencia de los locos de Arlt, no tienen propuesta revolucionaria alguna, y aquí radica el gran punto de la película: el sin destino de una clase media que se asume antiperonista al mismo tiempo que nihilista. El nihilismo de Los venerables todos contenía un eco que complementa de forma desemejante una de las películas que abre, literalmente, la década cinematográfica nacional del ´60. Esta es Culpable (1960) de Hugo del Carril.

En Culpable del Carril rompe el verosímil realista y antes que sus colegas jóvenes que vendrán poco después va más allá que ellos. En la otra vida que se imagina el delincuente Espósito mientras es cercado por la policía –una de las grandes secuencias del cine argentino de cualquier época- es Morán, un atildado empresario que debe capear el conflicto de la metalúrgica de la cual es uno de sus dueños. El directorio de la fábrica desea conciliar posiciones con los obreros. Morán se niega y arma una mini conspiración para que la conciliación fracase.

No veremos el final del conflicto, pero sí los finales de Espósito y Morán. Mientras Antín subraya la ineptitud latente en la raíz del antiperonismo, Del Carril en la tal vez última gran película de su trayectoria como director, afirmaba, en 1960, al peronismo como acuerdo de clases. Algo que Antín no revalidaba, aunque no por antiperonista ilustrado sino porque para la clase media que él representaba estéticamente el peronismo era un interrogante que planteaba una ansiedad que podía descontrolar la Historia, volver a un viejo régimen «antidemocrático». La honestidad de Antín es que el nihilismo que opone a ese temido régimen tampoco es una respuesta para restaurar ningún orden viable. A diferencia de su posterior, Castigo al traidor (1966), de la que ya hablamos en otra nota, en la cual el peronismo es una capilla de personajes más maquiavélicos que Maquiavelo, en la cual Perón es un «mandón» del mismo estilo de Yrigoyen.

Los venerables todos y Culpable, formalmente impecables, son más actuales que la mayoría de las películas argentinas que vimos en los últimos treinta años.

¿Por dónde pasan hoy las conspiraciones? ¿Estamos ante dos bandos o ante uno solo? ¿Axel o Cristina? ¿Milei o Bullrich? 

¿Es hoy el peronismo un interrogante que podría descontrolar la Historia argentina o es más bien una posible respuesta más adocenada que rebelde ante la crisis que padecemos?

Se podrá objetar: son otros tiempos. Desde ya. Pero el descontrol que opera por la superficie Milei es dialécticamente visto como un rígido control de la lucha de clases, un factor objetivo de la vida social mientras haya capitalismo bueno, malo o salvaje, con o sin sindicatos.

La verdadera conspiración es ocultar, lo haga quien lo haga, acuerdistas o no acuerdistas, la explotación que surge de las relaciones entre trabajo y capital.

Esas son las claves que obsesionan a estas «viejas» películas que desde hace más de sesenta años hablan de hoy y ayer nomás. // RR.PP.


 
 

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