La vida privada de los científicos
- Apr 27
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por Damián García y Juan Terranova
¿Qué hacen con la plata del premio los que ganan el Nobel? En el caso de las ciencias, muchos la ponen en sus campos de investigación. La lista dice que Salam financió una fundación en el área de la teoría electrodébil, que Novoselov aportó a institutos de grafeno, que Thorne hizo lo propio para investigar las ondas gravitacionales, y también Zeilinger con la física cuántica y Feinmann con la electro cuántica.
Se dice que Albert Einstein apoyó de manera financiera a la universidad hebrea de Jerusalén, que más tarde ayudaría a desarrollar todo tipo de armas para atacar a sus países vecinos, pero, en realidad, una buena parte se la quedó su ex-esposa.
Al repasar los premios Nobeles de física, se piensa enseguida: ¿Qué historia podemos contar sobre un ganador del premio nobel de física? Hay una variante que el otros premios Nobel, como el de literatura, no tienen, el premio compartido.
Existe un documental llamado Fiebre de Partículas. Aunque algo fallido, narra la historia del colisionador de hadrones a través de la mirada de varios grupos de investigación. Todos eran retratados muy interesados en los valores de energía que aparecían en determinadas partículas. Pero, en uno de esos grupos, había un científico de perfil competitivo que estaba obsesionado con ganar el premio Nobel. No con descubrir la supersimetría de las partículas a baja energía –cosa que tampoco ocurrió– sino con conseguir ese galardón máximo. Es diferente. ¿La física resultaba una excusa? Su obsesión era tal, que se limitaba a compartir sus impresiones e ideas con otros dos científicos, y siempre lo estrictamente necesario. Nunca trabajaba en grupos de más de tres personas, porque hasta ese momento el premio se podía entregar de forma individual, en dúos o en ternas.
Imagino una escena que no existe pero que podría ser parte de ese mismo documental. Terminada la corrida del acelerador, los análisis preliminares muestran indicios de otro fracaso. El científico da por terminada su jornada laboral. Se pone la campera, busca las llaves de su auto. La cámara lo acompaña en el asiento de al lado. Atraviesa una larga región de curvas y contracurvas por el medio del bosque. En su casa, lo recibe su mujer. Él le habla del trabajo. La mujer mira a cámara, extrañada, pero con alegría. Ella también es científica, pero en otro campo. Entiende las palabras de su esposo, lo consuela, a veces le miente, pero no para hacerlo sentir mejor, sino para tener un poco de tranquilidad. Cenan en silencio. La cámara estática parece un comensal más. Cuando se termina su porción de garbanzos, el científico mira a su mujer, serio. Comienza a sonar un track de Bill Evans.
Pero en el documental que se estrenó, no se ve la vida privada de los científicos. ¿Qué pasa con los perdedores del Nobel? ¿Qué hacen cuando se enteran de que otro ganó? En el documental, aparece Higgs en un auditorio. Ya muy viejo, se pone de pie para que lo aplaudan. Cincuenta años después de su conjetura, otros científicos encontraron su bosón. Esas historias resultan un poco mejores. Los científicos sin suerte. Los que no pudieron corroborar que esas ideas a las que dedicaron su vida eran verdaderas. Y luego terminaron por ser ciertas. O los que directamente le entregaron su carrera, día a día, año a año, a una conjetura que terminó resultando falsa, una especulación que no llevó a nada, una brillante idea que fue refutada por otro. Una cosa es vivir errado, otra es que alguien te lo demuestre de forma inapelable. Ahí hay un villano, el que dice que eso simplemente no es cierto, no funciona, no se puede constatar. Los villanos tampoco ganan el Premio Nobel.
¿Quiénes son los científicos consagrados? ¿Qué tipo de vida tenían? Clase media alta, académicos acomodados. Algunos incluso millonarios. Todos viviendo del sueldo de sus institutos o academias. Si ganaste un Nobel –o tu nombre sonó para el premio– es probable que no tengas problemas para conseguir trabajo. Pero también es probable que hayas sufrido para conseguir, al menos de forma inicial, que te financien la investigación. Quizás los premios Nobel son la recompensa por la angustia y la bronca acumulada de tener que andar galgueando presupuesto para becarios y equipos. En este sentido, los gabinetes de ciencia del mundo no difieren de otras disciplinas.
Antes también pasaba. Mucho antes del Nobel, cuando lo nombraron matemático imperial, Tycho Brahe construyó el mejor observatorio astronómico que se podía construir. Era otra época. ¿Podía agarrar su dinero y sus influencias y hacer otra cosa? En cierto punto, en ese momento de la historia, no había nada más grande por hacer que ver el cielo. // RR.PP.



