La voz del país
Updated: Sep 21
por Juan Terranova
El jueves pasado, Biri Biri abrió puntual a las ocho. Y diez minutos después de las nueve, Delfina Campos subió al escenario con Valentina Jordán. El lugar estaba lleno y el público se apretaba cerca del escenario. La primera canción fue Astronauta. El sonido se lució. Estuvo impecable toda la noche. No es una cuestión menor. Se escuchó bien siempre.
La segunda canción fue Fiebre. "¿Quién dijo que no hay que nadar en la rompiente?" Delfina preguntó por qué el público estaba tan callado. “Canten conmigo” invitó. El silencio era respetuoso y contenido. Con la voz a un volumen un poco más alto que los instrumentos, cada vez que Campos empezaba a cantar algo se acomodaba en el universo. Entiendo que la primera impresión era de sorpresa. La segunda, de alegría. Para la tercera canción, Querernos bien otra vez, el murmullo se empezó a sentir en los coros. Con timidez, empezamos a cantar, como si nos encontráramos con un amigo que no veíamos hace mucho. Entonces Delfina le pidió a su pianista: “Contá algo, Valentina.” Y Valentina respondió: “Yo a ella le digo la voz del país. Es la voz del país. ¿O no?” Delfina agregó: “Este segmento es medio solemne, pero, bueno, la música es así a veces. Después levantamos un poco. Quiero que canten conmigo.” El público fue respondiendo. Se le agregó volumen y cámara a Amor de plástico. Luego Valentina bajó y subió José Chacón Bracho para hacer una canción suya, inédita. Siguió Fuego de El mató un policía motorizado que Delfina cantó sola con la guitarra. Cuando terminó preguntó: “¿Estamos bien? Me incomoda que estén parados." La gente le respondió que estaba muy bien, disfrutando de la música, y creo que la empatía sostenía esa energía inicial. En un punto, la expectativa estaba siendo rebasada y, déjenme insistir, el volumen adecuado para disfrutar de las texturas de la voz, grave, simple, directa, inmovilizaba al público. Se genera algo profundamente irreal, cierta perplejidad, en la Argentina del 2026 cuando las cosas salen tan bien.




Campos avisó: "Ahora me voy a tirar un parkour. Una nueva... Sin visitas." Rescaté un verso: “cómo me aterra tu manera de quererme sin razón”, muy en la línea de Películas Perdidas. Volvió Valentina Jordán e hicieron Casi extraños. La gente se animó a cantar un poco más, apoyada en la buena relación piano-guitarra.
“La siento un poco lejana pero Romance con la luna está en Envidiosa y eso le dió una segunda vida a la canción.” Para el hit, se sumó una beat electrónico y aparecieron los sintetizadores por primera vez. En 500 años luz, Valentina cambió las teclas por una guitarra espacial, escuchamos una percusión electropop y subió a cantar Mariano Di Cesare. También sonó alguna pista amplia, más llena. ¿Hacía falta? Sirvió para levantar el show todavía un poco más.

La experiencia de grabar algunas canciones del disco Películas Perdidas en versiones acústicas, apenas con guitarra y piano, implica un sutil cambio en la música de Campos. Alejándose de los años 80 y de ese groove que eligió para sus discos, la cantautora va encontrando toda la expresividad del género quitando baterías y bajos, sin solos de guitarra ni arreglos, viajando al centro de su música donde melodía, historia de amor y voz –siempre virtuosa– arman un universo completo y bien definido. Lo dijo muy bien Robert Bresson, menos recursos tengo, mejor los hago rendir. Por eso cuando, el jueves, Campos se puso de pie después de haber estado tocando sentada, la propuesta cambió. Llegó Malas decisiones y Jordán se perdió en un momento tocando un riff que se alargaba. Ambas lo sortearon riéndose. Después fue Testigos, y Campos hizo cantar el coro a un público que respondía. Cuando terminó, preguntó qué falta, y arrancó Películas perdidas, con batería y sintes. Era el final y pese a que había sido una hora y veinte de música, la gente quería un poco más. “Los bises me parecen caretas, pero hay tiempo” dijo Campos. El público ya le gritaba cualquier cosa. Fue Fases. “Esto va improvisado” advirtió la cantante mientras, sola al frente del escenario, buscaba los acordes de la canción. Terminó siendo un momento alto del show.

Vuelvo un poco atrás. En un momento, antes de tocar Balada del fin del mundo, Campos la presentó como una canción postapocalíptica y dijo que, si bien era una fantasía distópica, con todo lo que estaba pasando con la IA parecía más real. No fue un comentario al pasar. La IA puede rebelarse y amenazar con extinguir a la humanidad, pero jamás va a poder generar una música como la que estábamos escuchando. Incluso en la desolación más perfecta, si podés escuchar cantar a alguien con la autenticidad que proyecta Delfina Campos, entonces va a seguir existiendo la esperanza.
Hay mucha música girando hoy en el mundo. El acceso parece ilimitado. Las plataformas tienen todo. En este universo de opciones interminables y deseos resignados, Delfina Campos trabaja con amable dedicación sus historias y sus melodías, y las canta de forma excepcional. ¿Qué resta? Reconocer el talento y disfrutarlo. Como dicen los pibes ahora, es un montón. // RR.PP.
Fotos: Delfina Campos en Biri Biri, jueves 17 de septiembre de 2026.


