Las antinomias de Cecilia y el profesor soporífero
por Rodolfo Cifarelli
–El problema de la literatura argentina es ese cieguito, je je je… Es un vórtice que se traga todo, ¿no? –decía en off, resignado, allá en los menemistas ´90, un profesor de trabajos prácticos de teoría literaria y novelista de soporíferas armonías.
El tipo se sabía de memoria, ¡y en francés!, a Barthes y Blanchot, pero no sabía qué hacer con Borges. ¿O no se animaba? De este profesor también recuerdo una discusión con un alumno locuaz, muy locuaz, en la que el primero casi agredió físicamente al segundo porque este hizo un comentario despreciativo sobre Arnold Schönberg. La discusión había empezado por un tema tan vago como la vanguardia en la literatura argentina. Esa escena, a la que asistí como un observador sin inocencia alguna, contiene mucho de la irresistible miseria de la teoría y crítica literarias y sus alrededores tal como se la ejercita y se la malversa (como no puede ser de otra manera tratándose de ese juego que llamamos Literatura) entre nosotros: el oficiante de turno empieza hablando civilizadamente de Esteban Echeverría (como corresponde cuando se habla de Echeverría) y termina inmolándose a lo bonzo por una línea malinterpretada de Walter Benjamin.
Pero, asimismo, en estas escenas de adolescentes galimatías flota el encanto de una vida pequeñoburguesa menor, en exceso mortal, no exenta de pequeñas satisfacciones, a pesar de las humillaciones mutuas y las citas falsas, todos materiales aptos para amasar un fundamento de nuestras elecciones (y nuestros inevitables fracasos con la palabra, con los otros, con la vida). No recuerdo cómo había empezado aquella discusión sobre la música atonal, sí recuerdo que no pasó a mayores. Y es que ninguna locuacidad, por más lustre con que se expida, resiste mucho tiempo la densa lasitud de un público cuya mala conciencia se traduce rápidamente en miradas evasivas y silencios cómplices: estamos en este barco para aprobar la asignatura, no para figurar en la nómina de víctimas del naufragio. Es una obra de teatro alternativo de la que resulta una nómina de naufragados, lo deseen o no. Todos tienen derecho a fracasar en el capitalismo. ¿No es esa la libertad desde Adam Smith? De te fabula narratur. De acuerdo, pero, sin embargo, no desesperemos: no todo es tan subjetivo como parece.
La beligerancia crítica que ostentaban los blogs mudó sus instalaciones de misiles a las redes. Proliferan puntos de vista, distintas miradas y, sobre todo, viejos y nuevos rencores. Mal que les pese a los marxistas no materialistas, a los formalistas despreocupados de la serie histórica y a los que hablan de un Walter Benjamin exclusivamente cabalístico, las verdades, aun las más precarias, corren, circulan, tropiezan, manchan y se enhebran en nuestras prácticas, se materializan y se anudan complejamente en nuestras relaciones, nos salpican, nos denuncian, nos quitan las máscaras. El ser es el hacer; el hacer rituales de complacencia mutua es el ser: una existencia condescendiente, cara o barata, depende de quién, y nada más.
Pero los recuerdos son seres vivos. Les gusta aparearse, verse las caras, enfrentarse. Por eso recuerdo también otra clase, «otro práctico», más atrás y mucho más importante, al menos para mí. Invierno de 1981 –esto prueba que fui un estudiante intermitente, difuso y vago–, durante la dictadura, o "el Proceso", como se decía de forma velada en un gran porcentaje de hogares argentinos. Introducción a la Historia, cátedra del profesor Antonio J. Adolfo Pérez Amuchástegui, carrera de Filosofía. La profesora, no recuerdo el nombre, recuerdo sí su lejana hermosura, su perfume, su vestimenta de clase media alta. Llamémosle Cecilia (You're breaking my heart / You're shaking my confidence daily, oh queridos Simon & Garfunkel), que explicaba, clase tras clase y en forma admirable, el criterio historiográfico de autoridades.
No mucho después, leyendo por primera vez La caída de los ídolos, descubrí que el criterio de autoridades, en un sentido más amplio, hacía las delicias de Nietzsche. Es más, lo imaginaba acomodándose el bigote y escuchando a Cecilia, riéndose a gritos. ¿Por qué? Porque lo que dice Tácito, por ejemplo, debe ser tácitamente entendido como la verdad. Lo que no da risa es que lo que decía Cecilia se dice hoy de formas, en general, más llamativas, sin desapariciones ni centros de torturas de por medio, por jóvenes –o personajes inflexibles– en formas retóricamente «descontracturadas».
La tradición nos indica que X dijo la verdad porque la ausencia de otros testimonios refuerza la primera afirmación. No existe lógicamente una relación entre una cosa y la otra. X puede ser un mentiroso, alguien que dice cualquier cosa, puede recibir beneficios por debajo de la mesa o acordar con los grandes poderes para salir a hablar luego de la «necesidad del libre mercado», pero X es el testimonio que se debería aceptar. La verdad histórica era así el resultado de una validación. La validación, impunemente, se puede (y se debe) repetir a través del tiempo.
Quien valida a Tácito pasa a ser también parte de la verdad de Tácito, y así se forma una cadena de validadores interrelacionados, un grupo de sujetos que se validan unos a otros a través del tiempo, mientras generaciones leen e internalizan las verdades validadas. Tal vez eso ha pasado con lo que se enseña como Historia y se lee como Literatura. Pero no es tan fácil demostrarlo y mucho menos aceptarlo. Y todos felices hasta que aparece alguien, o muchos, que digan basta con Tácito, su club de seguidores y el criterio de autoridades.
Palabra más, palabra menos, la tradición es una de las armas principales de lo que Gramsci llamaba hegemonía. En este país, Gramsci es moda a partir de 1983, no cuando se empezó a hablar de él en el CBC, sino cuando el alfonsinismo y el peronismo renovador (y los otros peronismos, aunque miren para otro lado) se inventaron, sabiéndolo o no, su propio Gramsci para educarnos a todos en el respeto a los sagrados valores de la democracia.
Dejemos esa farsa y vayamos a Gramsci, el real, del que hablaba Pasolini cuando decía que jamás hay que dejarles la tradición a los tradicionalistas. La batalla cultural, un término ausente en Gramsci, se confunde, intencionalmente más por los progresistas que por los reaccionarios, con lo que Gramsci definía como guerra de posiciones. El problema aquí vira. No es una cuestión terminológica sino ideológica. Gramsci no era gramsciano; Gramsci era marxista-leninista y por eso la guerra de posiciones complementa la guerra de movimiento o de trincheras. Gramsci no habló de educación o cultura tradicional en la Italia de su tiempo para consolidar una república laica y liberal como Sarmiento. La guerra de posiciones es una fase secundaria y la guerra de movimiento es la primaria. Gramsci fundó el PCI, no un canal de streaming para hacerse el gracioso e irse a dormir tranquilo: su obra fue escrita en una cárcel fascista.
Las claves están claras. Una: Gramsci no descubrió la superestructura, sino que desarrolló a fondo, o fue lo más lejos posible, con las cuestiones que sobre ella ya habían escrito Marx, Engels y Lenin. Es decir, estamos parafraseando, porque es el momento ideal de nuestro país para hacerlo, a Las antinomias de Antonio Gramsci de Perry Anderson, un libro ciertamente premonitorio de 1976, cuando el Estado de bienestar y los derechos laborales en Occidente estaban al límite frente a la "revolución" conservadora de los ochenta y la inercia del comunismo del este hacia su crisis terminal.
Como todos sabemos, la coerción es el monopolio legal del Estado capitalista. Cualquier avance que la clase obrera consiga no alcanza por sí solo para derrotar a ese Estado. Esto está demostrado por las experiencias del peronismo en el gobierno pre-1983. El momento final de una crisis, cuando la situación arrasa con cada una de nuestras necesidades materiales y espirituales y se levantan las masas, encuentra la respuesta del aparato represivo. Aquí otra vez el problema vira. La guerra de posiciones no es —y aquí entran Debord y Pasolini— ni espectáculo ni consumo de espectáculo. Vivimos dentro de una simulación que nos cuesta descifrar sin las herramientas correctas, en la que somos permanentemente desviados hacia los bordes de la pileta porque desde los parlantes se nos advierte sobre el peligro de ahogarnos. En realidad, es al revés: ya estamos ahogados y habría que ir hasta el fondo para encontrar aquello que nos ayude a encontrarnos a nosotros mismos.
Los sectores que dirigen el Estado actual ya han dado el visto bueno para que el aparato represivo se encargue de una contención «preventiva» contra jubilados, estudiantes o manifestaciones de cualquier causa u origen. Es un aviso sobre lo que habrá de suceder si los sectores populares van por más. Y este es el punto donde lo subjetivo se enrosca con lo objetivo. La guerra de posiciones, tal como la concebía Gramsci, es una fase preparatoria indispensable, pero no puede durar un siglo, ni —como dice Anderson— «menos sustituir la necesidad de una guerra de movimiento final para destruir el aparato de Estado burgués». Peor aun cuando muchos entienden la guerra de posiciones como un espectáculo descafeinado y desfigurado por cuestiones bizantinas. El conformismo no es revolucionario, nos guste o no.
Gramsci vio genialmente que el Estado es lo sólido que no se desvanece en el aire porque sí, y que la sociedad civil, de por sí, a pesar de los esfuerzos de esa masa sólida, no se termina de contagiar por ella; es gelatinosa, maleable. La sociedad civil es una combinación de aparatos integrados por sujetos que se relacionan fluidamente, caóticamente, abiertamente, a pesar de las jerarquías que entre ellos imperan. Es el lugar donde las contradicciones se materializan no solo objetivamente por la lucha de clases, sino por un nudo de tensiones más soterradas: lucha de ideas geniales o desacertadas, de sentimientos honestos o crueles, de sexos en tensión, de pulsiones reprimidas que no pocas veces pasan al acto. De ahí que resulte esta entidad denominada sociedad civil un nido donde se producen las materias humanas más sofisticadas: el arte y la filosofía, la religión y el ateísmo, las relaciones eróticas, pero también las transgresiones de todo tipo, los famosos y los infames: lo pasional y lo político. Y, por supuesto, es el lugar donde se educa a favor y, a pesar del Estado, en contra de él; donde la gente vive y muere realmente mientras el Estado permanece bajo su forma simbólica de gran padre rector, según las crisis que le toque asumir. El Estado árbitro no es neutral: inclina la cancha, inevitablemente, a la hora de asegurar el orden establecido.
Cecilia era la otra cara del profesor soporífero. Ellos eran y, lamentablemente, son la Argentina misma. Ellos, como Gramsci vio dialécticamente en el dynamism de la sociedad civil, no ocultaban: revelaban. Las salpicaduras de sus almas rotas están en nosotros mismos. Y lo estarán hasta que no asumamos la verdadera necesidad de un país, en todo sentido, diferente al que en la actualidad vivimos. Como dice John Berger en Un pintor de hoy: «La necesidad histórica no fabrica héroes en sí misma; la que los fabrica es la conciencia de esa necesidad». // RR.PP.



