Los huesos
- Jun 23
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por Sebastián Napolitano y Juan Terranova
En 1935, Harry Raymond Eastlack, un niño de cinco años de Filadelfia, se rompió la pierna jugando con su hermana. La fractura soldó mal, dejándole el fémur arqueado. Poco después ya no pudo mover las caderas ni las rodillas. No era consecuencia de la rotura, sino de depósitos óseos que crecían sobre sus músculos. A medida que envejecía, los depósitos se extendieron: nalgas, pecho, cuello, espalda.
En 1946, su pierna izquierda y su cadera se habían solidificado. Su torso estaba permanentemente doblado en un ángulo de treinta grados. El proceso hizo que sus vértebras y los músculos de su espalda quedaran atrapados en una estructura inamovible. Intentaron extirpar quirúrgicamente el hueso sobrante, pero creció de nuevo. A los veintitrés años, ingresó en una institución para discapacitados crónicos. Murió en 1973, a los cuarenta y tres, con las mandíbulas soldadas. Ya no podía hablar.
Harry padecía una enfermedad en la que el cuerpo repara los tejidos con hueso en lugar de carne. Su esqueleto, donado a la ciencia, se exhibe en el Museo Mütter de Filadelfia.
Se dice siempre: somos, en gran medida, agua. Somos sangre, músculos húmedos, órganos vitales que nos mantienen vivos bombeando todo tipo de líquidos. Pero cuando nos vamos, de todo eso que somos quedan los huesos, una estructura fina y resistente, que desafía el tiempo. Hamlet le habla a la calavera porque ese resto es al mismo tiempo la muerte y la supervivencia en una ruina que se niega a desaparecer. El cuerpo del desafortunado Harry cambió tejidos perecederos por robustos grupos óseos. Esa patología lo mató pero también le permitió quedarse entre nosotros. Como de costumbre, los hombres y sus impertinentes instituciones, en este caso un museo, lo conservan para curiosos y científicos. La ciencia nunca está lejos del barroco.//RR.PP.



