Para ser otro
por Victoria Guglielmotti En septiembre de 1848 una barra de hierro le atravesó la cabeza a Phineas Gage. Una explosión lanzó la herramienta contra su rostro, le atravesó el cráneo y dañó parte de su cerebro. Gage tenía 25 años y trabajaba como capataz en la construcción de una línea ferroviaria en Vermont, USA. Contra todo pronóstico, no murió. Pudo hablar, caminar e incluso contar lo que había ocurrido.
Durante décadas, su historia se contó como una transformación radical en la que el trabajador responsable y cordial se convertía en un hombre impulsivo, irreverente e incapaz comportarse de acuerdo con las normas sociales. El hierro había atravesado su cabeza y su personalidad. De repente había un hecho brutal y sencillo para demostrar que una lesión en el cerebro podía modificar la conducta de una persona, por lo que llamamos “carácter” tenía una base material en una masa de neuronas. La mente no estaba separada del cuerpo; algo que hoy parece evidente, en el siglo XIX, era una pregunta todavía abierta.
El médico, John Martyn Harlow, atendió a Gage después del accidente y documentó su evolución. Años más tarde, en 1868, describió cambios importantes en su comportamiento. El caso comenzó a ocupar un lugar central en las discusiones sobre la relación entre el cerebro y la conducta. La región dañada pertenecía efectivamente al lóbulo frontal, región clave para la planificación, la toma de decisiones y la regulación del comportamiento social y emocional.
No contamos con una descripción sistemática de la personalidad de Gage antes y después del accidente. Los testimonios son limitados y las versiones posteriores fueron incorporando detalles que no siempre pueden rastrearse o verificarse. La imagen del hombre convertido en una especie de monstruo moral, incapaz de controlar sus impulsos y condenado a una vida errante, es una simplificación. De hecho, Gage logró reconstruir su vida, volver a trabajar e incluso pasó varios años en Chile.
Eso no significa que el accidente no lo haya cambiado. Pero tampoco podemos atribuir cada dificultad de su vida posterior a la lesión cerebral. El trauma, la desfiguración física y las consecuencias sociales del accidente forman parte de una historia que la versión más conocida suele dejar afuera.
Gage sobrevivió al hierro. Lo que no sabemos del todo es cuánto sobrevivió de la persona que había sido antes. ¿Qué pasa cuando un acontecimiento nos ofrece una explicación (o más bien, una excusa lo suficientemente válida) para convertirnos en alguien distinto? El psicoanálisis lleva mucho tiempo interrogando la distancia entre lo que somos, lo que deseamos ser y lo que podemos admitir de nuestros propios deseos. ¿Qué parte de nuestra identidad elegimos y qué parte necesitamos creer que no elegimos? Para convertirnos en otra persona, solo necesitamos una buena excusa para dejar de ser quienes éramos. // RR.PP.



