¿Por qué bailamos?
Updated: Sep 22
por Sebastián Napolitano y Juan Terranova
En 1862, en New Haven, Connecticut, Sarah Pardee, la hija de un ebanista, se casó con William Winchester, heredero de la Winchester Repeating Arms Company. En 1866 tuvieron una hija que murió a las seis semanas. No tuvieron más hijos. En 1880 murieron la madre de Sarah y su suegro. En marzo de 1881 murió William, de tuberculosis. Sarah heredó la mitad de la compañía. En 1886 compró una casa de ocho habitaciones en una granja de San José, California. En seis meses la amplió a veintiséis. Contrató a dos arquitectos y prescindió de ellos. Estaba suscripta al Architectural Record, estudiaba manuales y dibujaba los planos a mano, habitación por habitación. Ella misma dirigió la obra. Si una parte no la conformaba, mandaba demolerla.
Sarah hizo instalar calefacción a vapor, plomería interior con agua caliente, luces a gas con interruptores eléctricos, un sistema de comunicación entre las habitaciones y un invernadero con riego automático. La casa tenía ciento sesenta habitaciones, dos mil puertas, diez mil paneles de vidrio, cuarenta y siete chimeneas conectadas a diecisiete conductos, cuarenta dormitorios, trece baños, seis cocinas, tres ascensores, dos sótanos y una sola ducha. Había puertas que daban a una pared de ladrillos, ventanas con vista a paredes interiores, habitaciones dentro de habitaciones. El salón de baile fue ensamblado casi sin clavos, con tarugos y cuñas de madera. El parqué estaba hecho con seis maderas distintas: teca, arce, fresno, caoba, roble y palisandro. Había un órgano. Junto a la chimenea, dos vitrales con citas de Shakespeare. En uno se leía un verso de Ricardo II: Estos mismos pensamientos pueblan este pequeño mundo.
Llevaba doce años construyendo cuando su cuñada le preguntó cuál era la mejor época para visitarla. Sarah respondió que abril, mayo o junio eran agradables y que esperaba, algún día, tener la casa en condiciones de recibirla. El mirador de siete pisos fue demolido y reconstruido dieciséis veces hasta que Sarah quedó conforme. El 18 de abril de 1906, el terremoto de San Francisco derribó el mirador y los pisos superiores. Sarah consideró demoler lo que quedaba. No lo hizo. Se retiraron los escombros. Quedaron puertas que se abrían al vacío, cañerías que asomaban, escaleras que subían a pisos que ya no existían. Aunque la obra siguió, el frente fue clausurado. El salón de baile con el órgano y los vitrales quedó a oscuras. Nunca se usó.
El 5 de septiembre de 1922, Sarah murió de una insuficiencia cardíaca mientras dormía. Su casa fue subastada y convertida en una atracción turística, recibiendo a sus primeros visitantes en febrero de 1923.
¿Por qué una melodía es hermosa y otra no? ¿Por qué una melodía se nos queda en la cabeza y la cantamos mucho tiempo después de haberla escuchado y otras no? Podemos analizar la serie de notas, los intervalos y las alturas, su ritmo, su fraseo, y como acatan o desafían a la tradición y a la música que preceden y a la música que anteceden. Pero no podemos decir con seguridad por qué una melodía se abre paso, se repite, se canta, se toca y se prolonga en el tiempo y se transforma en parte de nuestra cultura. Mucho menos podemos anticipar su éxito o su fracaso. En un punto, las melodías son la huella dactilar de la música. ¿Muchas variaciones acumuladas en un solo lugar? Todas muy parecidas, todas reales y auténticas, pero diferenciables y únicas. Ninguna original del todo, pero cada una auténtica y diferenciable. Y hasta cierto punto autónomas del hombre que las tiene y las crea. Desde los tiempos más antiguos, los filósofos se preguntan por qué silbamos, por qué cantamos, por qué nuestra especie descubrió el ritmo golpeando un tronco hueco con una piedra o con un palo. Y en seguida, ¿por qué bailamos? Había una necesidad. Eso queda claro. Un poco más allá, ni más ni menos humilde, yo pregunto por qué esa melodía y no otra. No hay una respuesta universal. Las únicas respuestas se pueden dar examinando caso por caso. // RR.PP.



