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Sangre en las canciones

  • Apr 29
  • 2 min read

por Marco Castagna


Lo que quedaba de mí no era demasiado. Mi novia no iba a volver y casi que veía la sangre correr por la alfombra. El dolor se estampaba en las paredes, circulaba por el aire, se encendía con las hornallas y en kilómetros de humo marca Benson & Hedge. Todo esto para corroborar el dolor estancado. 


Por las noches comulgaba con los fantasmas y cultivaba un heroísmo estoico; ese rezo nocturno acompasado por el ruido de las teclas. Escribir se había vuelto una enfermedad casi tan resplandeciente y sabía como la verdad. Pero ni siquiera eso podía devolverme a la vida. No se puede ser sabio y a la vez estar enamorado, había dicho Robert Zimmerman. Yo sufría en exceso de las dos cosas. 


La frase de Dylan no me alivió, pero sí un disco suyo que un amigo me deslizó como por debajo de la puerta. “Sé que estás sufriendo, atendé el teléfono” parecía decir la misiva, aunque él ignoraba que el teléfono estaba roto, estropeado para siempre. Un taladro lo había enganchado solo para jugar y llevárselo en un viaje oscuro. 


Por suerte, si bien la comunicación con el afuera se interrumpió por muchos días, en Blood on the tracks (1975) parecía caber el mundo entero. Ahí estaban la herida fantasma, el duelo como desierto que hay que atravesar, el destino, la culpa. Bonus track: la risa insoportable de la Reina de Corazones, y todas esas puertas que cerramos sin saber que la llave está del lado de adentro.


Cuenta la leyenda que Dylan volvió a las raíces para grabar ese álbum tan doloroso; que incluso hubiese preferido no grabar ni componer jamás. Volvió a la montaña, a la simplicidad, al encuentro de su hermano y su familia. Esperando en la entrada de una ciudad vacía, rogando por el perdón de la bestia en la frontera del beso, buscando cambiar de pasaporte pero no de rostro. El momento exacto, en definitiva, donde nos damos cuenta del verdadero valor de las cosas. 


Suena Idiot Wind y todo alrededor arde. El disco conserva la sangre intacta y brillante en cada pista. Cuando lo escucho, sonrío con el pudor de los sobrevivientes. // RR.PP.


Foto: Jim Marshall


 
 

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