Sonido y memoria
- Jun 23
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por Victoria Guglielmotti
Hace años dejé de usar canciones para despertarme. Cuando aparecieron los primeros smartphones fue novedosa la transición de sonidos monofónicos a la posibilidad de poner temas de alarma. Pero después de varios meses, esas notas quedaban atadas al anuncio de una monotonía reiterada, por lo que elegí reemplazarlas con el sonido predeterminado del celular de turno.
Semanas atrás di con un reloj-despertador a pila, de un plástico cetrino, con un botón de alarma rojo que disparó la nostalgia que me obligó a comprarlo. El sonido del reloj es biológicamente mejor para el cerebro que el de cualquier dispositivo móvil actual. Los celulares generan tonos puramente digitales, es decir ondas cuadradas, sintéticas, diseñadas por microchips para ser estridentes. Al carecer de armónicos naturales, el cerebro procesa estos pitidos planos como una amenaza biológica y genera un pico de cortisol.
En cambio, el mecanismo analógico de un reloj clásico —sea el golpe de un timbre electromecánico o su vibración interna— produce ondas senoidales ricas en resonancias físicas e imperfecciones orgánicas. Su sonido se expande de forma tridimensional por la habitación, permitiendo que el oído reciba un estímulo más natural y menos agresivo, amortiguando la descarga de adrenalina del despertar.
El reloj a pila también me hace acordar a mi abuelo, que llegó a usar un Casio negro con radio para que fueran Vilches y María Delia, de LU6 Radio Atlántica, quienes dieran los buenos días. Se sabe que el sistema auditivo es el único canal sensorial que tiene una vía directa de acceso a la amígdala y al hipocampo, las estructuras cerebrales responsables de procesar las emociones y almacenar memoria a largo plazo. Cuando un sonido ingresa a nuestro cerebro, se desencadena una respuesta de "evocación autobiográfica": los sonidos de nuestro pasado están codificados junto con sensaciones de seguridad y calidez de la infancia, lo que explica por qué ciertos estímulos sonoros logran modular nuestro estado de ánimo al despertar.
La memoria musical usa rutas distribuidas de manera muy diferente a los recuerdos comunes. Mientras que los nombres, las caras o las tareas del día a día dependen del lóbulo temporal (el primero en degradarse), las estructuras armónicas y las letras de las canciones se codifican en un circuito que involucra la corteza cingulada anterior y el área motora suplementaria. Estas regiones sufren menos atrofia celular y pérdida de neuronas en pacientes con Alzheimer, y su metabolismo se mantiene activo incluso en fases avanzadas.
No es mera metáfora decir que “todo lo que recordaremos serán nuestras canciones”. Tampoco es exagerado decir que el paso del tiempo nos ayuda a recordar. Desde que reencontré estos sonidos, en un mercado de pulgas no lejos del mar, cada mañana es más feliz. // RR.PP.

Foto: Juanchi Ugalde


