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Una familia excepcional

  • Jul 4
  • 2 min read

Por Sebastián Napolitano y Juan Terranova//


En 1556, un chico de unos doce años llegó a la corte de Enrique II de Francia. Venía posiblemente como esclavo desde Tenerife. Su cuerpo estaba cubierto por una espesa capa de pelo que casi tapaba su rostro por completo. Se llamaba Petrus Gonsalvus. Fue tratado con cierta amabilidad, incluso educado. En 1559, tras la muerte del rey, apareció en la corte de Margarita de Parma, gobernante de los Países Bajos españoles, donde se casó con una atractiva joven holandesa. Tuvieron al menos cuatro hijos, de los cuales tres eran excepcionalmente peludos. En 1582, la familia viajó a Italia, donde los Habsburgo y los Farnesio no se cansaban de ellos. Federico II, archiduque de Tirol, encargó retratos individuales para su Wunderkammer en el castillo de Ambras.


La hija de Petrus, Tognina, fue retratada por Lavinia Fontana: una niña peluda, un vestido con bordados de plata, sosteniendo un documento con su historia. Ulisse Aldrovandi, el gran naturalista de Bolonia, los conoció y los describió en su Monstrorum historia, incluyendo cuatro grabados. Aldrovandi creía que en las Canarias existía una raza de gente peluda. ¿Eran hombres lobo? ¿Eran monstruos? ¿Habían involucionado? ¿Qué era esa mutación? Se equivocaba: Petrus simplemente tenía una mutación. No fueron exhibidos en jaulas, sino retratados en óleos, vestidos de seda, integrados a la corte como mascotas humanas.


El pelo es un objeto ambiguo en nuestra cultura. Su lugar o su cantidad hacen variar nuestras reacciones. Un hombre barbudo o una larga cabellera nos admira y seduce, pero un pelo único en el plato donde se nos sirve la comida nos asquea. Petrus y su familia están en algún lugar intermedio de esa escala como, nunca mejor usada la expresión, un llamativo eslabón perdido.///RR.PP.



 
 

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