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Don Carlos

  • May 12
  • 6 min read

Updated: May 15

por Felipe Devincenzi Murió a los noventa años, todavía senador, sobreseído o excusado, según el caso, de vender armas en los Balcanes durante un genocidio, de ocultar ese inventario con el atentado de Río Tercero, de involucrar a la Armada en la Guerra del Golfo, de indultar a los ideólogos del Terrorismo de Estado, de reestructurar la Corte Suprema a piacere, de encubrir a los dementes que volaron dos edificios en Buenos Aires, de acomodar a un coronel sirio en la Aduana y de recorrer, por qué no, los 350 km que separan Capital de Pinamar en un par de horas, ardid que solo permitiría el motor V8 de su Ferrari punzó, así como el atroz privilegio, claro, de presidir la República Argentina.


No hubo mayor conmoción, quizás porque el Ex ya descansaba a la sombra del congreso, donde acostumbramos verlo cuando asistía, de refilón, a alguna sesión televisada, y también porque el devenir de la pandemia pesaba más que toda expresión del pasado. Pero su necrológica obliga a pensar cómo opera el poder en nuestro país, y la inquietud resurge, cinco años más tarde, con el biopic creado por Mariano Varela para Amazon Prime.


Algo que ya ocurría en Narcos: el gesto del actor, entrenado para la cámara, induce empatía y complicidad, ilusión que se esfuma al comparar el mugshot de Félix Gallardo con un primer plano de Diego Luna. La mirada del político es más compleja, y ahí radica el talento de Sbaraglia, al encarnar a alguien que actuaba la mayor parte del tiempo. Este es el plato fuerte de Menem: el show del presidente. Después pesan los lugares comunes: Minujín forzando el acento, Ajaka y la cortina del Corán, la endogamia porteña que elige a Siciliani por encima de una actriz riojana.

Pero más interesante es lo que se calla. Qué personajes se inventan para solapar la intimidad del mandatario. Qué llega a ser contado como un non-fiction descarnado y qué se limita al culebrón. Los productores negocian el contenido por cuestiones legales, presupuestarias, pero también por amenazas más tangibles. Basta recordar a Carlos Portal, el location scout de Narcos que terminó en el baúl de un auto abandonado, o a James Gandolfini, que recibía anónimos sobre su rol como Tony Soprano. ¿Qué incluiría, entonces, una versión uncut del menemismo?

Desde su exilio en Chile, Sarmiento publicó Facundo en 1845, describiendo La Rioja como un páramo rojizo, salpicado de olivos y naranjos que le hacían pensar en Palestina. El mito fundacional de Menem conjuga a Quiroga con ese paisaje bíblico, a donde sus padres llegaron desde Yabrud, Siria, y al que Carlos volvería tras recibirse de abogado. En El Jefe (1993), Gabriela Cerruti retrata a un joven deportivo, ducho para el básquet, enamorado de una militante que dejaría por mandato familiar hacia 1964, luego de ir a Damasco y dar con los Yoma. En la autobiografía que le publicó Sudamericana (1999), Menem complejiza esta identidad: “En Siria conocí ese territorio surcado por el sol, por las vivencias casi místicas de una fe sin quebrantos…”. Y luego: “Reconocí mi naturaleza: el silencio apropiado, las miradas locuaces, la perseverancia de esperar lo mejor sin inquietar las aguas del destino...”.

También conocería el reviente. Es fácil entreverlo sin canas y enlagañado, chupando mate y aspirinas bajo el sol del mediodía, luego de cambiar cheques sin fondo en algún casino clandestino y recalar en el bar de un lupanar. “Quería conocer todos los límites, subirme a todo lo que andaba, gozar de todos los placeres lícitos…”. En La Rioja frecuentó el estudio montado con su hermano, donde se practicaba el crédito, el amiguismo, ninguna exigencia que disipara la ambición política. Ya entonces veía improbable crecer fuera del justicialismo, y no sabemos cómo logró, de paso por Buenos Aires, que lo nombraran delegado de la JP. Aquel verano del 64 repitió la osadía: se escurrió en el círculo de Perón y logró merendar con el General entre los pinos madrileños. Al caer la proscripción, Menem arrasaría en sus primeras provinciales.

“El Justicialismo es una mística y religión basados en los principios que hacen a nuestra nacionalidad…”. Esas elecciones culminan con Carlos emponchado, declamando en el pueblo natal de Quiroga, reivindicando la resistencia de Montoneros y la Iglesia combativa de Enrique Angelelli. Enseguida dio el volantazo: la represión arreciaba y podemos verlo de madrugada, medio jaspeado por el humo del tabaco, telefoneando al cura para despegarse de un desaparecido en potencia. Más que un enroque ideológico, el Gobernador buscaba alinearse con la Rosada. Quizás por eso la Junta entendió que era un disidente, un político de casta, pero ni por asomo un subversivo.

Después del encierro, la condicional lo paseó por Mar del Plata, Tandil y Formosa. El retiro en La Feliz amerita varios mediometrajes: ahí empezó a codearse con menemistas de primera hora, alternando tardes de Bristol con noches de farra. A Kohan y Bauzá se sumaron Rousselot -luego destituido por malversación, Za Za Martínez -que tramitaría el pasaporte de Al Kassar, Mario Caserta -condenado por los narcodólares, Alberto Pierri -quien proveía papel prensa a Massera. Todos ofrecen una precuela, al menos una subtrama. Ni hablar del Almirante, que auspiciaba una veta peronista mientras integraba la logia secreta de Licio Gelli. Y no menos oscuro es el viaje a Libia del 82: en plena dictadura, Carlos supo entrevistarse con Muamar al-Gadafi, vínculo que reactivaría durante la campaña del 89’.

 

La serie de Varela lo encuentra acá, peleando la interna a Cafiero. No era un desconocido: había cultivado una agenda de sindicalistas, militares y cuadros de la miscelánea peronista. Sabía seducir a los conservadores, pero también arengar la turba que seguía sus camiones en el Conurbano. Al modificar la Constitución de La Rioja obtuvo un mandato consecutivo: con esa credencial recorrió Argentina y siguió legando postales de estilo Narcos, como cuando convenció a Stroessner de reabrir el rally paraguayo, donde corrió con su Renault 18, o cuando llenaba las residencias de animales exóticos. Frente a un radicalismo jaqueado por los levantamientos y la hiperinflación, la retórica conciliadora de Menem dio en el blanco.

 

Sabemos de memoria los highlights de su presidencia. No hay documental, sin embargo, que permita dimensionar los estragos de la convertibilidad. Eduardo Basualdo le dedicó sus últimos Estudios (2006), en los que explica la Ley de Reforma del Estado, el corralito de los plazos fijos, los irrisorios precios pagados por los activos estatales, la deuda y las fugas de Pérez Companc, Clarín y Soldati. Por otro lado, la relación entre menemistas y grupos extranjeros es detallada en Citibank vs Argentina (2003) de Marcelo Zlotogwiazda, mientras que la biografía de Yabrán, por Miguel Bonasso, noveliza el sinfín de genealogías que controlaron los puntos estratégicos del país, adaptando la praxis de la dictadura al código de la mafia.

Si bien estas lecturas hacen foco, el repertorio narrativo del menemismo es descomunal. La serie de Varela logra escenas notables, pero evita otras imprescindibles. Por ejemplo: una remake de Savior, de Oliver Stone, en la que vemos un bondi repleto de aldeanos bordear la sierra croata, luego un regimiento que los detiene. Los soldados hacen descender a todos: niños, ancianas, adultos. Los obligan a caminar por la ribera de un lago, ahí empiezan a fusilarlos. Cuando la cámara hace zoom descubrimos, en el lomo de una carabina, el sello del Ejército Argentino.

Otra secuencia podría alternar varias rutinas: chicos yendo al colegio, obreros tomando mate. De pronto uno, dos estruendos sacuden la tierra y empieza a llover municiones. Como una maldición faraónica, casquillos, granadas y misiles se estrellan contra parabrisas y ventanas. La gente corre, se paraliza. Presas del mismo pánico, veo a mis profesoras del secundario, el Lenguas Vivas de la calle Pellegrini, haciendo cuerpo tierra mientras la blastwave de la embajada de Israel astilla el vidrio de las aulas.

Algo más tenue: una terraza en Marbella, el Mediterráneo agitándose en los Chopard ahumados de Monzer al-Kassar y, a su lado, Emir y Amira Yoma hablando perfecto árabe. O más escabrosa: Carlos Menem en su departamento de avenida Libertador 2423, fornicando con una vedette de tetas voluptuosas mientras unos pisos más abajo Emilio Massera, recién indultado, echa whisky en un vaso con soda. O más taquillera: una ruta de frente, el pavimento que enflaquece en escorzo, sobre la llanura, y en medio la trompa de una Ferrari que se acerca, entre dos helicópteros, hasta distinguirse el busto polarizado del presidente.

Por último, lo que más decepciona de la serie es la falta de violencia explícita. La ausencia del sicariato, de escenas tipo Scorsese. Solo tras la muerte de Menem Junior, catorce testigos fueron asesinados en hechos caratulados como robos fallidos. La mayoría acribillados, algunos rematados con tiros certeros, de corta distancia. No fue el único desliz aéreo: en octubre del 96, varios implicados en el tráfico de armas se estrolaron contra el Campo de Polo de Palermo. Y a esto se suman los suicidios aparentes. Como el de Lourdes di Natale, secretaria de Emir Yoma, desparramada en el mosaico de un patio interno, o el que reveló a Yabrán en el casco de su estancia entrerriana. Esta imagen ya es paradigmática: la caravana policial levantando polvo a toda velocidad, el empresario que marca el número de Carlos, desesperado, y no recibe respuesta.

Queda preguntarse si habrá segunda temporada, o si los guionistas buscarán argumento en gobiernos futuros. En cualquier caso, Facundo fijó la vara hace casi dos siglos: cuando se trata de Historia Argentina, la ficción ha de perder toda mesura. // RR.PP.


Foto: Víctor Bugge

 
 

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