Eigakan
- Jun 15
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por Lourdes Christiani
Los Juegos Olímpicos del 64 fueron el puntapié de una transformación que arrasó con barrios enteros en Tokio: las casas bajas de madera y barro que habían resistido los bombardeos de la guerra no sobrevivieron al milagro económico. Tokio se modernizaba, pero algo se desvanecía sin que nadie tuviera tiempo de registrarlo.
Los japoneses tienen una palabra para lo que se siente cuando algo desaparece antes de que uno haya terminado de mirarlo: mono no aware (物の哀れ) o, literalmente, la melancolía de las cosas.
En 1969 cuatro músicos pensaron que eso que se perdía merecía ser cantado. Decidieron hacerlo en japonés, lo que insinuaba una posición filosófica. El rock era anglosajón por definición, y hacerlo en el propio idioma era reclamar que la cotidianeidad japonesa y sus calles, sus nostalgias, sus despedidas, también eran materia legítima para una canción.
Cuando Eiichi Ohtaki y Haruomi Hosono presentaron la idea al resto de Happy End hubo renuencia. Cantar en japonés sonaba provinciano, casi anacrónico, en un momento en que la juventud japonesa miraba hacia afuera. Pero la búsqueda de la banda sería precisamente registrar esa tensión entre la identidad heredada y la modernización que la disolvía.
La generación de los músicos había crecido viendo a sus hermanos mayores tomar las calles. Zengakuren, la federación de universitarios, movilizaba decenas de miles de personas contra el Tratado de Seguridad con Estados Unidos en 1960 y otra vez en el 70. Las protestas terminaron como tantas otras: el Tratado se renovó, los líderes estudiantiles siguieron con sus carreras y el gobierno aprendió a ignorar las manifestaciones con una eficiencia implacable.
Cuando Happy End grabó el primer disco, la política se había solidificado sobre esta frustración. Ya no había una generación que protestaba: las reivindicaciones habían quedado atrás y la energía colectiva se había agotado. Lo único que permanecía libre era cierta vida interior. Y la vida interior, en esa Tokio de hormigón y oficinas, necesitaba un lugar físico donde discurrir.
Ese lugar era el kissaten (喫茶店). Las casas eran minúsculas y los discos importados impagables, por lo que nacieron cafeterías donde un dueño obsesivo invertía en un equipo de sonido y en una colección de vinilos que nadie más en el barrio podía tener. La gente entraba, tomaba algo y escuchaba en silencio.
Ahora tengo la suerte de estar escribiendo en Eigakan, un kissaten de los años 70. Al entrar pido un café y Masahiro pone un disco de tango. Es la segunda vez que vengo, suficiente para que recuerde que soy argentina. Al rato la música cambia y reconozco en los parlantes la voz de Haruomi Hosono.
Takashi Matsumoto, letrista de Happy End, convirtió esta experiencia sociológica en poesía. Su disco Kazemachi Roman (“romance en la ciudad del viento”) evocaba una Tokio imaginaria y perdida: una ciudad anterior a los JJOO que desaparecía mientras otra era construida. Años después de la disolución, Matsumoto escribió Momen no Handkerchief (“pañuelo de algodón”), otra canción emblemática. En apariencia es una historia de amor a distancia: una chica se queda en el interior mientras su novio se muda a Tokio. Pero la canción no trata sobre la pareja, sino que es un diálogo epistolar donde en cada estrofa él manda algo nuevo (un anillo, ropa, una foto) y ella siempre responde con la misma petición: volvé sin teñirte de los colores de la ciudad. Al final, el chico confiesa que no puede volver, que la ciudad lo ha cambiado, por lo que ella se resigna. En el último verso ya no le pide que regrese, sino que envíe ese pañuelo de algodón para secarse las lágrimas.
Matsumoto dijo años después que el tema estaba inspirado en algo que veía todo el tiempo: jóvenes que migraban a Tokio y cambiaban para siempre. El drama no era la ruptura amorosa, sino descubrir que el ascenso social y la modernización tenían un costo invisible.
Es difícil no pensar en esto cuando se regresa a una ciudad después de varios años. Escuchar Happy End produce ese efecto extraño: nostalgia de una época que no viví pero que imagino, de una ciudad que ya no es pero que siento mía. Sus canciones envejecieron bien porque no solo documentaron un espacio, sino la experiencia de descubrir que los lugares cambian más rápido de lo que cualquiera está dispuesto a aceptar. Tokio sigue ahí, cada vez más brillante, más limpia, más espectacular. Pero cuando uno sale de la estación y encuentra un kissaten entre sus edificios modernos, entiende de qué estaban hablando. // RR.PP.

Foto: Philippe Arneill


