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El libro y su veneno

  • Jun 29
  • 3 min read

por Sebastián Napolitano y Juan Terranova


Robert Clark Kedzie nació en 1823, en la ciudad de Nueva York. Estudió medicina, sirvió como cirujano en la Unión durante la Guerra Civil y terminó sus días como profesor de química en el Michigan Agricultural College. En la década de 1870, cuando integró la Junta de Salud del estado de Michigan, Kedzie descubrió que el color verde que dominaba la decoración victoriana —tapices, telas, juguetes, vestidos— estaba fabricado con arsénico. El pigmento se llamaba Verde de Scheele o Verde París. Era brillante, estable y resistente.


Se estima que en 1858 cien millones de metros cuadrados de papel tapiz verde cubrían las paredes de los hogares británicos. No hacía falta ingerir el veneno. El calor, la humedad y la simple circulación de aire en una habitación calefaccionada lo liberaban en partículas invisibles. Kedzie lo demostró en Michigan con cinco casos documentados: familias que viajaban por su salud, mejoraban lejos de casa y recaían al volver. “Una mujer –escribió Kedzie– que se encierra en su cuarto por miedo a una gripe, respira sin saberlo un aire cargado con el aliento de la muerte.”


En 1874, Kedzie compró ochenta rollos de papel tapiz con arsénico y los encuadernó. Envió cien copias a las bibliotecas públicas de Michigan. El volumen se titulaba Shadows from the Walls of Death. Contenía ocho páginas de texto y ochenta y seis hojas de muestras reales de papel tapiz, todas con arsénico. En total, treinta y seis gramos de veneno. La carta que acompañaba cada ejemplar pedía que fueran exhibidos para que el público pudiera identificar el peligro. Y agregaba: “No es conveniente que sean manipulados por niños.”


Los bibliotecarios no tardaron en darse cuenta de que el libro podía envenenar a los usuarios. La mayoría de los ejemplares fueron destruidos. Se reportó que al menos una mujer fue envenenada mientras examinaba el libro. Con el tiempo, los fabricantes de telas dejaron de usar arsénico. 


De los cien ejemplares originales del libro sobreviven cinco. Uno está en la Universidad de Michigan, otro en Michigan State University, otro en Harvard Medical School, otro en la National Library of Medicine y un quinto en el Michigan History Center, donde se guarda en una caja hermética dentro de una bóveda. Para digitalizarlo, los empleados de la biblioteca usaron trajes de polietileno de alta densidad mientras un dispositivo sensible monitoreaba el ambiente. Las copias que permanecen accesibles para investigadores tienen las páginas recubiertas con un plástico transparente. El libro no puede consultarse sin guantes.


De todas las prótesis y artefactos que inventó el hombre –el dinero, la electricidad, los fármacos, la computadora– es el libro el que, de forma más recurrente, se usa como representante de todo nuestro desarrollo como especie. Se suele hablar del fuego, de la rueda, pero el libro los contiene, y contiene también todo lo demás. Sinécdoque de la cultura, fragmento del universo que describe desde el polvo a las estrellas, el libro –y no la lengua, ni la escritura– se nos propone como un amigo leal, siempre bienintencionado, afectuoso, útil.


La mayoría de las veces aceptamos esta definición afirmativa con un voto de confianza. Pero también sabemos que el libro atesora temas horribles, reproduce mentiras y catástrofes y narra lo que no se debe narrar, y lo sabemos porque somos conscientes de nuestros secretos, de nuestro interior criminal, nuestros vicios y paisajes interiores. 


En un ensayo muy citado, Freud definió lo siniestro como la aparición de lo extraño en lo cotidiano, como el surgimiento de lo ajeno en lo doméstico. Ese encuentro de conceptos que se repelen pero funcionan juntos está en la base de la modernidad. ¿Los animales labrados en la madera de las patas de un sillón cobran vida? ¿El vampiro que invitamos a pasar nos muestra una sonrisa que se convierte en colmillos? ¿La mujer con el vestido de novia también es un zombie? La contradicción aparece, con fuerza refinada, en el libro que encuadernó Robert Clark Kedzie.


Primero, las paredes de la casa que deben protegernos de la intemperie se vuelven asesinas. Eso ya es perverso. Pero que un hombre, para denunciar esa trampa, construya un libro que replique el mecanismo letal eleva la sorpresa al cuadrado. Que elija un libro como objeto transmisor es todavía más siniestro. Como el hogar mata, ¿fabrica un libro que denuncia esa amenaza y la replica? ¿En qué estante vamos a guardar ese tomo? ¿Quiénes serán sus lectores? ¿Qué bibliotecarios hojearán, distraídos, sus páginas mientras comentan los banales sucesos del día? 


Con buen arte, Umberto Eco usó las páginas de un viejo tratado de esa misma manera ominosa en su novela más conocida y, en una de sus películas, John Wick reduce a un enemigo a golpes de catastro. Más allá de la violencia, se trata de formulaciones irónicas. Y si son eficientes, ninguna logra el efecto de la obra de Robert Clark Kedzie que advirtiendo el último peligro vuelve a convocar a la muerte.///RR.PP. 




 
 

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