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Estar en deuda

  • Jun 26
  • 3 min read

por Sebastián Napolitano y Juan Terranova


Las escrituras budistas dicen que los deudores que no pagan renacen como caballos o bueyes. Un monje escribe que si el acreedor es demasiado exigente, también renacerá como animal y trabajará para quien le debía. Pero si ambos renacen como bueyes, ¿quién es el dueño y quién el animal de carga? ¿El deudor trabaja para el acreedor, o el acreedor para el deudor? La pregunta parece justa pero su formulación concede los términos de la usura. 


Una mujer en Bangladesh acude al banco del pueblo. Le ofrecen doscientos dólares. Acepta. Compra una cabra. La cabra muere. La deuda crece con los intereses. El banco le sugiere otro préstamo para pagar el primero. Vuelve a aceptar. El ciclo se repite. El mecanismo es que la deuda no se pague. La deuda infinita funciona porque el deudor no puede ver la totalidad. Solo el próximo pago, el próximo préstamo. El insomnio es el interés invisible. El cuerpo paga con su propio desgaste.


Más allá de los momentos de extrema urgencia, o quizás con más nitidez en esos casos, el que se endeuda lo hace para ser otro. No acepta su realidad y quiere cambiarla. En la necesidad, la deuda parece más excusable, pero también sabemos que se usa para alimentar pasiones frívolas. Sin embargo, sin juicios morales, insisto, el que se endeuda lo hace para cambiar su vida, y más aún su esencia y su existencia. Siempre lo logra.


En esta modernidad que cursamos como especie, pero mucho antes también, el que logra endeudarse –no suele ser ni antes ni ahora algo difícil de conseguir– se transforma. Pasa de no tener a tener, de ser un sujeto libre a estar enganchado, condicionado. La clase media y las naciones periféricas utilizan ese mecanismo para financiar su movimiento hacia lo diferente. A veces logran salir de su estado inicial prosperando. La mayoría de las veces, la deuda lleva al deudor a un estado de imposible: lo degrada, lo separa de sus decisiones, lo hace vivir un vértigo cotidiano.


En uno de sus mejores relatos, Berltold Brecht describe a un boxeador disciplinado y ambicioso. Es joven, valiente. Entrena duro, se concentra en sus objetivos. Después de una serie de triunfos, su manager le consigue un pelea por una bolsa importante. Mientras se entrena para esa noche, que va a ser estelar, el boxeador conoce a una mujer. No es una cualquiera, dice Brecht. Al contrario, es una buena chica, que no lo molesta. Lo ayuda a dormir temprano. Le cocina. Lo cuida. Una tarde, planean casarse después de que gane la pelea. Esa misma noche, el boxeador pasa por el bar a contar la noticia. Le ofrecen una cerveza. Duda pero la rechaza. Le ofrecen un puro. Lo rechaza. Confiesa que le gustaría tomar algo, para celebrar, pero no puede. Después comenta que su futura mujer ya compró a cuenta varios muebles. Todos lo felicitan. Cuando se va, un viejo dice “mala cosa.” En las paredes del bar, hay fotos de boxeadores y afiches de peleas legendarias. Llega la noche y el boxeador sube al ring con energía. Es candidato. La arena está llena. Las apuestas lo dan ganador. Pero después de varias entradas, los aficionados entienden que algo cambió. La pelea se hace larga, trabada, aburrida. El favorito está lento, duda. Termina perdiendo la pelea por puntos. Su cara sangra. Esa noche en el bar el viejo explica: “Si un boxeador quiere una cerveza la tiene que tomar. No se puede pelear endeudado.” Alguien pregunta por qué. El viejo no responde. Se limita a servirse un trago. Alguien señala que el joven boxeador no conectó un solo golpe en toda la noche. El viejo acota: “No eran golpes, eran pedidos de piedad.”///RR.PP.



 
 

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