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Nombres, marcas, tecnología y novela

  • May 4
  • 6 min read

Updated: May 11

por Juan Terranova


La novela moderna es un monstruo tan elástico, abrasivo y mutante que puede asimilar, tocar, dialogar y transformar todos los géneros, historias y circunstancias que nos rodean. Como un ser mitológico, una hidra de mil cabezas y mil estómagos, no hay objeto, personaje, soporte o movimiento que la novela no pueda corroer y asimilar. Yuri Tiniánov describe este accionar con precisión en su ensayo sobre las series literarias de 1927. Por otra parte, desde que la novela nació se decreta su muerte y, al mismo tiempo, miles de novelas se escriben, se publican, se venden, se compran y se leen en todo el mundo y en todas las lenguas. Su capacidad de adaptación como género la hace atravesar épocas y distancias, transformándose y transformando, a su vez, lo que la rodea. Su poder es tan consistente que llega a ser sinónimo de libro. Para muchas culturas letradas, el libro es la novela y la novela es el libro. 


Con la llegada de los medios masivos de comunicación, se vaticinó que la novela podría sufrir y caer. Pero la historia dice que fue al revés. Cada escalón tecnológico que pasó a formar parte de la máquina de narrar humana fue tematizado y absorbido por la novela. Lejos de verse superada, se complejizó, y se hizo todavía más amplia, como una casa que va sumando habitaciones. Sin embargo, creo que esta voracidad no es ilimitada. ¿Dónde está, entonces, su límite? 


El tiempo, entidad barroca, sin excepción nos afecta a todos. La novela no se salva, no podría salvarse, de está constante universal. ¿Dónde vemos el efecto del tiempo en la novela? Dentro de nuestra edad moderna, tanto la tecnología como los nombres de las marcas del capitalismo suelen envejecer muy rápido. 


La nueva tecnología siempre se propone como la última tecnología y todos sabemos que, antes o después, y con mucha probabilidad antes, termina siendo obsoleta, descartada, arrumbada o sumada al arsenal de otras tecnologías, más nuevas o más antiguas. 


Una novela sobre trenes a vapor a principios del siglo XIX puede ser entusiasta, y reflejar el éxtasis de la velocidad alcanzada por el hombre, puede elaborar grandes metáforas del avance de la técnica, y decretar que, desde momento, la humanidad se vuelve imparable, pero si no lo hace con cuidado y sensibilidad, ¿soportaría una lectura no paródica desde el presente? ¿Recordamos hoy a las empresas que fabricaban esos trenes? La novela demanda concentración, artesanía y talento, por eso lo que observo se ve con más nitidez en el periodismo, en ese periodismo que imaginaba el siglo XXI con ciudades en el espacio, gente en naves voladoras vestidas con galeras o el final utópico de las guerras. Abundan las viñetas y las especulaciones de este tipo. Sin embargo, las novelas que se entregaron a la coyuntura, y no supieron darle perspectiva a la novedad, también pueden generar ese efecto risueño. O con más seguridad, ser olvidadas. 


Con los nombres propios del mundo del consumo pasa algo similar. Las marcas comerciales que abundan hoy en los supermercados y son parte de nuestra vida diaria conforman un paisaje artificial, una escenografía de objetos y servicios, luces, simulaciones, diseños y brillos, que parece eterna, pero no lo es. Siempre hay nombres que, por su éxito o masividad, logran un efecto metonímico y terminan designando un objeto. Sobran ejemplos. Gillette para las hojas de afeitar, Birome para la lapicera. Cuando la novela incorpora estos nombres funciona más cerca del día a día, de la coyuntura. Y eso libera una energía que apuntala la conexión entre historia y lector. No está mal que así sea. Pero los lectores también sabemos que el dicho “no hay nada más viejo que el diario de ayer” es verdadero y corroborable. 


El buen novelista –quizás el malo también– encontrará la manera de hablar de su presente sin recargarlo de este tipo de referencias. Ahora bien, ¿qué pasa cuando tecnología y marcas se combinan?


En las redes sociales el nombre del producto muchas veces designa una forma que no tiene competencia. Facebook es Facebook, Instagram es Instagram, Twitter es Twitter y nadie los confunde. Son redes sociales pero con sus especificidades, usos e historias propias. Ahora bien, ¿qué va a pasar a futuro? Hoy todos usamos todos los días, todo el tiempo, WhatsApp en nuestros teléfonos celulares. Lo hacemos al punto de que no podríamos trabajar, estudiar, divertirnos o relacionarnos con nuestro entorno sin esa prótesis comunicacional. WhatsApp es hoy la forma neurálgica de la vida social. Por lo tanto, hoy digo WhatsApp y todos a mi alrededor entienden de qué hablo. Pero ¿eso va a ser así en cinco, en diez, en cincuenta años? WhatsApp es una marca global pero también es una tecnología de la comunicación, un mecanismo, una máquina. Su único rival posible parece ser Telegram cuyo nombre remite a otra tecnología, hoy obsoleta. Por lo demás, WhatsApp está en todas partes, todo el tiempo. ¿Cuánto va a durar esa omnipresencia?


Con las aplicaciones de citas, que hoy muestran una ligera decadencia, pasa algo similar. Ahí sí se ven rivalidad, productos que compiten. Tinder, Happn, OkCupid disputan a un usuario que quiere conocer gente. Badoo y Grindr funcionan de forma más nichificada. Esos nombres propios hoy nos proponen con mucha fuerza anécdotas y personajes que todos reconocemos y comienzan a producir tramas y narraciones que nos resultan cotidianas. En un bar, una mujer le cuenta a su amiga sobre el éxito o el fracaso de un encuentro. En un asado, un grupo de varones comenta las posibilidades de usar esas aplicaciones. Hay risas, absurdos, triunfos épicos, bochornos lastimosos. El novelista escucha ávido esas historias. Sabe que tiene que trabajar para su época y no preocuparse por la posteridad. Las novelas son libros para el acá y ahora, y de allí su valor y su peso comercial, testimonial, filosófico. Pero también son cartas que enviamos al futuro. No sabemos por quienes van a ser leídas, en qué circunstancias ni de qué manera, ni mucho qué uso van a darles. Hay una novedad. La tecnología y el capitalismo de servicios digitales van tan rápido que no estamos hablando de cien años en el futuro. Los tiempos se acortan. Los espacios se reducen. En el lapso de diez años, empresas multinacionales y multimillonarias nacen y mueren antes de que podamos asimilarlas a nuestra historia. ¿Quién usa hoy Real Life, Yahoo o Msn? 


En estos veintiséis años del siglo XXI, el ecosistema digital cambió mucho y muchas veces de paradigma. Se crearon redes sociales, muchas murieron, otras siguieron adelante, se crearon bancos digitales y nació el dinero digital, y también las monedas nativas digitales, la tecnología del blockchain, se inventaron nuevos productos, se mejoraron los viejos, se idearon nuevas formas de consumir y de crear contenidos, y hoy la palabra “contenidos” viene a designar muchas cosas, muy diferentes entre sí. Llegaron los primeros robots humanoides, apareció la inteligencia artificial, y grandes tecnologías que parecían cambiar nuestra relación con el mundo, hoy ya no existen.


En el siglo XX, un hombre nacido en el año 1900, fue contemporáneo de la creación del primer aparato volador a motor y, si llegó vivo a los sesenta y nueve años, también presenció la llegada del hombre a la Luna. Lo que antes era una novedad, como poder escuchar música grabada, o lo que antes era imposible, que esa música viajara por el aire y llegara a tu dispositivo móvil, hoy es una rutina. Otras situaciones habituales, como poder acceder a tu cuenta bancaria desde tu teléfono o disponer de recetas médicas de forma virtual, muchas veces se transforman en una necesidad.


Pero no todo se mueve con ese vértigo. Una película hecha hace veinte años, en el 2006, puede ser vista hoy como una película estrenada ayer y los libros se siguen publicando en papel. Los novelistas pueden elegir no interactuar en sus novelas con estos objetos y estos mecanismos y estos nuevos nombres, pero no pueden elegir no interactuar con estos mecanismos y estos nombres en su vida. Así que, de una u otra manera, el problema sigue planteado para ellos. Quizás en esa dialéctica se esconda la potencia de la novela como género.


Mientras escribo estas notas, releo la novela Tinder de Gastón Franchini. Es divertida, inteligente, filosa, veloz. No hay otra novela así, que toque esos temas con esa frescura y esa capacidad analítica. Por momentos, creo que es una novela fugaz y que dentro de diez años ya nadie la va a comprender. Otras veces pienso que es una reflexión señera, un breve Quijote contemporáneo, que condensa y anticipa una civilización que nace. En esa duda se esconde una de sus muchas virtudes.//RR.PP.



 
 

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