Silvia, olímpica
- Mar 9
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Updated: Mar 18
por Felipe Devincenzi
En el 28 del Boulevard des Capucines se levantó el primer Music Hall de París, cuya cartelera alternó números de varieté, conciertos y cine. En los 50 fue escenario principal de Édith Piaf, y una década más tarde ofreció dos actuaciones extraordinarias de Jacques Brel y una ráfaga de sets de los Beatles. Orgullosos y no exentos de criterio, los franceses redimieron el Olympia de varias quiebras, acaso por haber acogido el pop de Gainsbourg y Dalida. Pero a los hispanoparlantes nos interpelan otros nombres: Paco Ibáñez y Mercedes Sosa durante el exilio, por ejemplo, o Silvia Pérez Cruz ayer, 8 de marzo.
Fecha y cita son indisociables si pensamos que Pérez Cruz ha renovado el oficio de cantautora, es decir alguien que celebra la vida, la nostalgia y el amor pero también las reivindicaciones más elementales, como ya ocurría en Domus, soundtrack que le valió su primer Goya. Y sin ahondar en tal carrera, quienes amamos España -sus pueblos, la sombra de sus olivos, la generación del 27, sus cristianos plebeyos y la remota familiaridad que guardan con la Argentina- tuvimos motivos de sobra para congregarnos en esa sala icónica.
La apuesta fue desafiante: un trío de cuerdas, iluminación básica y la falta de escenografía que remite a esos conciertos primitivos de los 60. Bastó correr el telón para que se diera el milagro del vivo, que es lograr intimidad en un aforo de dos mil personas. El mérito es de la cantora y también -hay que decirlo- del cello de Marta Roma, del contrabajo de Bori Albero y del talento sobrado de Carlos Montfort. Y acordes con el espacio, el bis fue tributario: un micrófono símil carbón, el pie vertical y aro como en las viejas radios, y un himno que empezó a capella, en proscenio, evocando la lluvia de un país donde nunca llueve.
Quienes tarareen Ne me quitte pas han visto alguna vez ese primer plano de Brel, blanquinegro y desolador, que canta como si fuera su última chance de decirle algo al mundo. Sin saberlo, esas facciones contraídas, cuyas lágrimas refulgían en la oscuridad del Olympia, resultarían ajenas al declive de los años. Silvia Pérez Cruz comparte esa fuerza atemporal, pero consuela saber que ahora está entre nosotros, y que podemos ir a París, entrever su piel trigueña, notar el leve seseo de sus labios. // RR.PP.

Foto: Felipe Devincenzi


