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- Amistad intermitente /4
por Felipe Devincenzi La conocí en el Colón, al otro lado del escenario, pero la reencontré en Bélgica con azar premeditado. Había pasado el día en región flamenca y vuelto a la capital hacia las seis, es decir de noche, bajo el viento y la garúa de febrero. Esa vez cenamos frío, fumamos sativa, rematamos con Gasalla y varieté hasta intuir que era mejor dormir juntos. Ciertos vínculos, como los discos y las lecturas, terminan signando el matiz de una etapa. Nuestra referencia fue México: una gira larga y adolescente en tierras exóticas. Ella era unos años mayor, tenía pelo indio y trigueño y un tatuaje trepaba su espalda hasta hipnotizarme. Yo estaba esquelético; había pasado un año atroz y los médicos me señalaban distimia. El viaje sentó bien: colores, aromas, el abanico extremo del paladar mesoamericano. Desde la primera madrugada, en el extrarradio de Puebla -donde ensayábamos-, tomábamos taxis hasta la avenida Juárez y probábamos mole, micheladas, mezcal barato. De ahí seguimos a Tlaxcala y aún la veo subiendo largas escalinatas de basalto, la enredadera de su piel destellando bajo el sol vespertino. Luego avistamos Orizaba en teleférico y descansamos junto al mar veracruzano. Por cada ciudad había un candidato del PRI que anunciaba a la orquesta; nosotros tocábamos y petábamos los bares de Morelia, los mercados de Coyoacán, los túneles de Guanajuato que amplificaban el rumor de las tormentas. Dos de esas postales reverberan sensaciones opuestas. La primera es una terraza de San Luis Potosí, por la tarde, el dejo citrino de los vasos vacíos mientras suena Sabino de fondo. Creo que en ese instante nos creímos felices, es decir inmortales. Caso contrario es la despedida, en un pueblo apocado de la playa oaxaqueña. La vi alejarse en un taxi rumbo a la terminal, a la obligada Europa. Me quedé solo, respiré hondo y sopesé el cielo, todavía claro. Supe que, para bien y para mal, mi juventud iba acoplada a la sombra de ese auto. // RR.PP
- Jorge Chiesa
Jorge Chiesa es abogado, poeta, novelista y surfer. Vive en Mar del Plata. Su último libro es la novela El matemático nocturno que salió por Ediciones Bucarest. ¿Qué estás leyendo? Estoy leyendo Ara Bahía Paraíso de Juan Terranova, El fuego y todo lo demás de Carolyn D. Wright, y El cadillac de Big Bopper de Jim Dodge. ¿Qué estás escribiendo? Estoy corrigiendo una novela Los desviados y un libro de poemas: El animal equivocado. Recomendá un libro. El asco, de Horacio Castellanos Moya. // RR.PP.
- Cuando el exilio es el centro del reino
por Rodolfo Cifarelli «Un hombre apenas esbozado con carbonilla, también con mis facciones, pero que de ninguna manera quiere ser igual a mí.» El Emperador de la Tierra (2026, QEJA) no opera bajo las convenciones de la ilustración editorial tradicional. No hay aquí un texto previo adornado por dibujos, ni un catálogo pictórico comentado. Se trata de un riguroso ejercicio de écfrasis simbiótica: la novela nace de la decisión consciente de Leuchenco de tejer una ficción que traduzca y de voz a los cuadros preexistentes de Eugenio Zanetti, a los que se suman las ilustraciones de interiores de Malena Soria Martin. Formalmente, el diseño del libro establece una geometría casi matemática. Las pinturas actúan como un "dintel visual" centrado arriba del bloque de texto, donde el barroco Zanetti recorta figuras dramáticas sobre fondos en penumbras. Sus líneas oblicuas (miradas, brazos inclinados) funcionan como vectores compositivos que dirigen el ojo del lector a la palabra escrita. Esta imbricación formal evoca el rigor estructural de vanguardistas como Osman Lins con Avalovara, donde el espacio de la página y el tiempo de la lectura están fríamente calculados en tanto la narrativa geométrica teje el laberinto. Como también, a riesgo de ser más osados con la lectura, la écfrasis simbiótica esté cerca de Leuchenco eligió el camino del riesgo, o sea, el del arte. Por nombrar algunos caminos: El de Mekas, el de citado Osman Lins, el de Cornell, o sea, ser él el fantasma realizado por su propia obra y (re)tratar o, si se quiere, traducir las ausencias en presencias. En el núcleo de la trama de 1945 —ambientada en un casi glacial hotel patagónico— la relación entre el joven recepcionista Simón y el viejo pintor extranjero funciona como el motor conceptual del libro. Esta dinámica se sostiene sobre un pacto dialéctico. ¿Por qué? Porque el pintor oculta en la medida que su método es la superposición física; afirma que todas sus imágenes tapan a otras. Representan el volumen, el silencio y el secreto de otra dimensión. Pero, he aquí la vuelta de tuerca, el escritor devela: Simón asume la tarea de raspar esas capas mediante la palabra, dotando de biografía, destino y temporalidad a los lienzos «mudos». Especular y fantasmal, Simón se reconoce a sí mismo retratado debajo de los trazos de carbonilla del pintor, sugiriendo que él mismo es solo una capa más dentro de una obra planificada décadas atrás. El clímax de este pacto se sella con la profecía del "hombre cebra". Cuando Simón se bloquea ante el cuadro, el viejo le dicta su propio final (regalar sus cuadros y arrojarse al mar), transformando la literatura de Simón en un oráculo y convirtiendo la desaparición del pintor en una consumación artística: el desprendimiento absoluto para dejar que su obra viva en la voz del otro. (Esto recuerda al torturado, exiliado y lúcido Janos Lavin de Un pintor de hoy, la primera novela de John Berger.) La ambición de la novela permanece como núcleo en su plasticidad temporal, conectando la intimidad gris de 1945 con delirios barrocos europeos y proyecciones distópicas en el año 2100. Los personajes futuristas, como Omar Karás o Lautaro de Chomón (el «Emperador de la Tierra» que da título al libro), no son meros ornamentos de ciencia ficción «especulativas» o de weird fiction, sino las piezas que completan el laberinto metaficcional. En el siglo XXII, las discusiones estéticas del hotel patagónico se han extremado: los artistas gobiernan el mundo y se ha abolido el uso del agua. Vaya escenario. Esto genera una rima conceptual demoledora: mientras en 1945 el arte es un exilio marginal y el agua del mar es algo así como el vehículo de liberación del pintor o, si se quiere, del arte, en el 2100 el arte se ha convertido en el sistema mismo de control social y el agua ha sido confiscada por un régimen totalitario diseñado por los propios creadores. El futuro es, en definitiva, el cuadro terminado que Simón comenzó a destapar un siglo antes. Todo esto narrado por una escritura cristalina sobre la complejidad de semejante trama. El Emperador de la Tierra es una obra hipnótica y arriesgada que habita el reino de un exilio voluntario frente al progresismo culturalista berreta y sentimentaloide en sus visiones catastróficas para el consumo sedante y rápido. Al igual que las famosas cajas de Joseph Cornell, el libro funciona como un ensamblaje de páginas/cajas donde conviven fragmentos aparentemente inconexos que combinan el salto temporal con el collage textual —la Patagonia, óleos barrocos tenebristas, el hombre cebra, la extrañamente erótica Marika Rökk, el Radio City, la reveladora Lara («no Lala») y Estambul— que plantean una contemplación/lectura lenta, minuciosa y gozosa. // RR.PP. Foto: Néstor Leuchenko por Felipe Devincenzi en Mitocentro, CABA.
- ¡Estávamos con V chica, mono estúpido!
por Delfina Esquivel Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. La afirmación es de La Biblioteca Total, artículo aparecido en Sur en agosto de 1939. No mucho después Borges publicaría Ficciones, donde la monopolización del conocimiento ya es tema con variaciones: Pierre Menard escribe el Quijote, Funes memoriza el mundo y todo remite al Aleph y su formato libro que, cual arena, ofrece páginas irrecuperables. La secuela de ese artículo es La Biblioteca de Babel, donde el autor describe las galerías hexagonales que Christopher Nolan versionaría al final de Interstellar (2014). Y el antecedente es Die Universalbibliothek (1904), cuento de Kurt Lasswitz en el que un matemático propone un espacio basado en el Teorema de los Monos. Al escucharlo, otro personaje dice: es algo maravilloso… ¡La eliminación del autor del negocio literario, el reemplazo del escritor por la imprenta automática! Pero luego advierte que encontraría millones de volúmenes que afirman ser la verdadera historia de Alemania. Como es natural, algunos definen el valor del libro por fetichización. Es el caso de Ich packe meine Bibliothek de Benjamin, donde la estantería es escenario de la experiencia individual. En El Capital, Marx define el valor de la mercancía por trabajo acumulado: el libro se cura, requiere un editor, un impresor, el contrapunto de oficios varios. En 2024, los ejecutivos de Anthropic opusieron este hecho a las alucionaciones que circulan en la web. Para entrenar a Claude, su chatbot predilecto, compraron millones de libros "buenos", o sea físicos. El escaneado fue destructivo: prensas hidráulicas cortaban los lomos, se digitalizaban las páginas y el sobrante devenía papel higiénico. En la distopía de Lasswitz, el bibliotecario corre a la velocidad de la luz. OpenAI se acerca bastante, procesando unas 100 mil palabras por segundo. Pero la capacidad no de encontrar archivos, sino de fabricarlos, es la innovación corporativa. En 2017, el paper Attention is all you need difundió la arquitectura de aprendizaje profundo que usan los modelos de lenguaje actuales. El desarrollo de redes neuronales informáticas subjetivó así la biblioteca de Babel: Claude es Funes, pero también Pierre Menard y los monos que Burns mantiene en cautiverio. En sentido inverso y paulatino, nuestra lectura reemplaza aprendizaje por consumo. // RR.PP.
- Para ser otro
por Victoria Guglielmotti En septiembre de 1848 una barra de hierro le atravesó la cabeza a Phineas Gage. Una explosión lanzó la herramienta contra su rostro, le atravesó el cráneo y dañó parte de su cerebro. Gage tenía 25 años y trabajaba como capataz en la construcción de una línea ferroviaria en Vermont, USA. Contra todo pronóstico, no murió. Pudo hablar, caminar e incluso contar lo que había ocurrido. Durante décadas, su historia se contó como una transformación radical en la que el trabajador responsable y cordial se convertía en un hombre impulsivo, irreverente e incapaz comportarse de acuerdo con las normas sociales. El hierro había atravesado su cabeza y su personalidad. De repente había un hecho brutal y sencillo para demostrar que una lesión en el cerebro podía modificar la conducta de una persona, por lo que llamamos “carácter” tenía una base material en una masa de neuronas. La mente no estaba separada del cuerpo; algo que hoy parece evidente, en el siglo XIX, era una pregunta todavía abierta. El médico, John Martyn Harlow, atendió a Gage después del accidente y documentó su evolución. Años más tarde, en 1868, describió cambios importantes en su comportamiento. El caso comenzó a ocupar un lugar central en las discusiones sobre la relación entre el cerebro y la conducta. La región dañada pertenecía efectivamente al lóbulo frontal, región clave para la planificación, la toma de decisiones y la regulación del comportamiento social y emocional. No contamos con una descripción sistemática de la personalidad de Gage antes y después del accidente. Los testimonios son limitados y las versiones posteriores fueron incorporando detalles que no siempre pueden rastrearse o verificarse. La imagen del hombre convertido en una especie de monstruo moral, incapaz de controlar sus impulsos y condenado a una vida errante, es una simplificación. De hecho, Gage logró reconstruir su vida, volver a trabajar e incluso pasó varios años en Chile. Eso no significa que el accidente no lo haya cambiado. Pero tampoco podemos atribuir cada dificultad de su vida posterior a la lesión cerebral. El trauma, la desfiguración física y las consecuencias sociales del accidente forman parte de una historia que la versión más conocida suele dejar afuera. Gage sobrevivió al hierro. Lo que no sabemos del todo es cuánto sobrevivió de la persona que había sido antes. ¿Qué pasa cuando un acontecimiento nos ofrece una explicación (o más bien, una excusa lo suficientemente válida) para convertirnos en alguien distinto? El psicoanálisis lleva mucho tiempo interrogando la distancia entre lo que somos, lo que deseamos ser y lo que podemos admitir de nuestros propios deseos. ¿Qué parte de nuestra identidad elegimos y qué parte necesitamos creer que no elegimos? Para convertirnos en otra persona, solo necesitamos una buena excusa para dejar de ser quienes éramos. // RR.PP.
- Florencia González
Florencia González es psicóloga, psicoanalista y escritora. Publicó Lo incierto por Ediciones Paco en 2021. Sus notas y artículos se puedne leer en acá. ¿Qué estás leyendo? Estoy terminando de leer Un soplo de vida de Clarice Lispector. ¿Qué estás escribiendo? Ando escribiendo un artículo sobre "La felicidad en el mal" Recomendá un libro. Recomiendo un pequeño y gran libro de Eugenia Almeida que se llama Inundación. // RR.PP.
- Golden boys /4
por Felipe Devincenzi Primero destellos blancos, luego hacemos foco y una chopper marina descansa sobre el asfalto. Las tomas alternan detalles mecánicos con un set de filmación: una carrera lunar: el neón de una estación de servicio. Cada plano es estético y sigiloso y el cameo enaltece las transiciones de Tú me enloqueces, comedia musical que dirigió y financió Sandro en el 76, sumándose a los diez largos que protagonizara esa misma década. El debut realizador despunta una sutileza extrema en la mirada, acaso la misma que destacara su fraseo sobre el de Favio, Ortega y toda una generación. La simbiosis con la cámara fue constante: empezó revoleando una chaqueta en Sábados Circulares, clavando ojos felinos en clips saturados de erotismo pero también en entrevistas. Acá se desdobla: cuando habla es un intelectual y reemplaza altivez por empatía y solemnidad por sentido del humor. No hay un solo registro que escape al zen. Cuando almuerza con Mirtha latiga: “Mi mundo es una condensación de piel y sensibilidad, tratando de llegar a la comprensión interior, que es lo más dificil”. En 1983, junto a Pinocho Mareco, recita a Whitman de memoria y asegura que su poesía lo llevó “a descubrir la importancia de las cosas más simples”. En ese programa se sienta al piano y ataca los acordes de Así: primero sondea la canción pero luego alza vuelo y su tono produce estupefacción. En 1990 arriesgó como presentador y productor de Querido Sandro, programa de variedades transmitido por el 13. No escatimó gastos: era el mejor sonido de la tele argentina y los invitados se alborozaban. Nebbia, Pappo, Dolina, Gasalla… El rock lo abrazaba como pionero, Charly pedía su voz en Tango 4 y Gieco los sumaba en Mi Amigo. En 1998 le diagnosticaron un enfisema pulmonar. En el 99 llenó 44 Gran Rex: seguía cantando con un tubo de oxígeno enchufado al micrófono. Tras el escenario se recluía en el fortín de Banfield, donde supo armar un estudio de primera y vivir estoico, junto a su madre, enamorado de los pájaros y su jardín. Lo velaron más de 50 mil personas en 2010. Dice Nora Lafón, su jefa de prensa, que en el responso pusieron Guitarras al Viento por orden de los curas. Su obra y su muerte contradicen lo que dijera a Mareco aquella tarde en ATC: “Me levanto temprano porque tengo muchas cosas para hacer en el día y el día no me alcanza jamás... No me alcanza la vida”. // RR.PP.
- La forma inadvertida
por Victoria Guglielmotti Hace un año que vivo en el interior alemán, en una ciudad mediana donde abundan los cuervos. De a poco fui aprendiendo sus rutinas: hay veces -las menos, pues suelen ser solitarios- que despegan todos juntos a algún lado. No hay un líder evidente; nadie da una señal clara y, sin embargo, ninguno parece volar por cuenta propia. Hay bandadas mucho más numerosas: de estorninos, de peces, agrupaciones de células y multitudes humanas. ¿Quién decide hacia dónde va la manada? Rápidamente una diría que los pájaros. ¿Pero cuál? Ninguno conoce la forma que está dibujando su conjunto: cada uno responde a lo que pasa a su alrededor. Lo que vemos desde abajo es el resultado de miles de interacciones individuales que, sin proponérselo, producen algo que ninguno podría concebir por sí solo. En ciencia, este fenómeno se conoce como autoorganización. Aparece en sistemas físicos, químicos y biológicos, en los que las interacciones entre componentes dan lugar a patrones colectivos sin que exista un control central que determine cada detalle del resultado. Desde el punto de vista físico, estos procesos dependen de las interacciones locales y de los mecanismos de retroalimentación que regulan el comportamiento del sistema. En una bandada, por ejemplo, cada estornino ajusta su velocidad y dirección según la posición y el movimiento de sus vecinos. Estas respuestas se acoplan entre sí y pueden producir cambios coordinados en buena parte del grupo. El comportamiento colectivo surge así de la dinámica conjunta de sus integrantes; el patrón global no está contenido en un solo pájaro, sino que emerge de las interacciones. Lo curioso es que nuestra intuición sugiere lo contrario. Cuando vemos algo organizado, suponemos que alguien tuvo que organizarlo. Nos cuesta imaginar que el orden pueda surgir de las relaciones entre las partes sin que exista una entidad que conozca el resultado final a priori. Pero la naturaleza lleva miles de millones de años haciéndolo. Quizás nuestra dificultad para aceptar esta idea tenga menos que ver con la ciencia que con nosotros mismos. Estamos acostumbrados a buscar intenciones detrás de las cosas. Es una forma útil de orientarnos en el mundo, pero también nos lleva a anhelar una voluntad allá donde puede haber procesos más distribuidos. Certezas: no todo lo que tiene forma fue diseñado, no todo lo que funciona fue planeado y no siempre hace falta alguien que sepa hacia dónde vamos para que termine apareciendo una dirección. Los pájaros desconocen la forma que dibujan en el cielo. ¿Cuántas veces confundimos esto con andar sin rumbo? //RR.PP.
- Golden boys /3
por Felipe Devincenzi Probablemente lo haya visto en el Madison del 70’, enamorado ya de su voz engominada, la tez india en contraste con el saco de lino blanco, suelto y alado como Presley. De hecho le convencía más el argentino, ya adepto a la balada que despuntaron los arreglos de Jorge López Ruiz, vanguardista del jazz y mentor del misticismo doorsiano que reemplazara el beat surfer de los Ventures. En todo caso, Sandro llenaba la sala chica del Madison y Fischer se regocijaba entre clamores latinos. Pero siete años antes no existía Manhattan sino el Bar de Pancho, donde Roberto aprendió sus primeros acordes previos al guiño de su padre: una eléctrica pagada con ahorros de frigorífico. En una de sus magníficas entrevistas, hacia el 84, cuela en el humo del Marlboro esta frase: “Nací en Parque Patricios, me crié en Valentín Alsina y sigo viviendo en el Sur”. Es casi una política o, como Laprida, la aceptación del destino sudamericano. En ese barrio concibió su ambición escénica, que fue eminentemente rockera. Pero su fijación con Elvis no eclipsó el temple originario: un abuelo gitano, padres españoles y el cruce entre vascos e indígenas. Era de esperar que tendiera al bricolage artístico: de Los Caniches de Oklahoma, casi una juerga, se dio a conocer con Los de Fuego. Esos primeros discos de CBS ostentan un agudo sentido de contemporaneidad: hacía covers de los Beatles y folk yanqui más logrados que los análogos Teen Tops. La criollización de Boleto para pasear, por ejemplo, es prístina e hipnótica. Pero las bandas claudicarían ante la sofisticación de López Ruiz, que dirigió Beat Latino (1967) hasta Sandro de América (1969), obras que imponen temas propios y una calidad inédita en Argentina. Las regalías no solo purgaron vicios de juventud. Estaban los autos deportivos, el tabaco, la mansión de Banfield, pero se dice que bancó el sucucho de avenida Pueyrredón donde Tanguito y Nebbia forjaron Los Gatos. Otro grueso iba a los equipos: lo obsesionaban la presentación de sus músicos y la transparencia sonora. “Podías verlo en el Gran Rex, en una sociedad de fomento de Gonzalez Catán o en el Club 77 de Morón”, cuentan sus allegados, “y el espectáculo era el mismo”. // RR.PP.
- Las antinomias de Cecilia y el profesor soporífero
por Rodolfo Cifarelli –El problema de la literatura argentina es ese cieguito, je je je… Es un vórtice que se traga todo, ¿no? –decía en off, resignado, allá en los menemistas ´90, un profesor de trabajos prácticos de teoría literaria y novelista de soporíferas armonías. El tipo se sabía de memoria, ¡y en francés!, a Barthes y Blanchot, pero no sabía qué hacer con Borges. ¿O no se animaba? De este profesor también recuerdo una discusión con un alumno locuaz, muy locuaz, en la que el primero casi agredió físicamente al segundo porque este hizo un comentario despreciativo sobre Arnold Schönberg. La discusión había empezado por un tema tan vago como la vanguardia en la literatura argentina. Esa escena, a la que asistí como un observador sin inocencia alguna, contiene mucho de la irresistible miseria de la teoría y crítica literarias y sus alrededores tal como se la ejercita y se la malversa (como no puede ser de otra manera tratándose de ese juego que llamamos Literatura) entre nosotros: el oficiante de turno empieza hablando civilizadamente de Esteban Echeverría (como corresponde cuando se habla de Echeverría) y termina inmolándose a lo bonzo por una línea malinterpretada de Walter Benjamin. Pero, asimismo, en estas escenas de adolescentes galimatías flota el encanto de una vida pequeñoburguesa menor, en exceso mortal, no exenta de pequeñas satisfacciones, a pesar de las humillaciones mutuas y las citas falsas, todos materiales aptos para amasar un fundamento de nuestras elecciones (y nuestros inevitables fracasos con la palabra, con los otros, con la vida). No recuerdo cómo había empezado aquella discusión sobre la música atonal, sí recuerdo que no pasó a mayores. Y es que ninguna locuacidad, por más lustre con que se expida, resiste mucho tiempo la densa lasitud de un público cuya mala conciencia se traduce rápidamente en miradas evasivas y silencios cómplices: estamos en este barco para aprobar la asignatura, no para figurar en la nómina de víctimas del naufragio. Es una obra de teatro alternativo de la que resulta una nómina de naufragados, lo deseen o no. Todos tienen derecho a fracasar en el capitalismo. ¿No es esa la libertad desde Adam Smith? De te fabula narratur. De acuerdo, pero, sin embargo, no desesperemos: no todo es tan subjetivo como parece. La beligerancia crítica que ostentaban los blogs mudó sus instalaciones de misiles a las redes. Proliferan puntos de vista, distintas miradas y, sobre todo, viejos y nuevos rencores. Mal que les pese a los marxistas no materialistas, a los formalistas despreocupados de la serie histórica y a los que hablan de un Walter Benjamin exclusivamente cabalístico, las verdades, aun las más precarias, corren, circulan, tropiezan, manchan y se enhebran en nuestras prácticas, se materializan y se anudan complejamente en nuestras relaciones, nos salpican, nos denuncian, nos quitan las máscaras. El ser es el hacer; el hacer rituales de complacencia mutua es el ser: una existencia condescendiente, cara o barata, depende de quién, y nada más. Pero los recuerdos son seres vivos. Les gusta aparearse, verse las caras, enfrentarse. Por eso recuerdo también otra clase, «otro práctico», más atrás y mucho más importante, al menos para mí. Invierno de 1981 –esto prueba que fui un estudiante intermitente, difuso y vago–, durante la dictadura, o "el Proceso", como se decía de forma velada en un gran porcentaje de hogares argentinos. Introducción a la Historia, cátedra del profesor Antonio J. Adolfo Pérez Amuchástegui, carrera de Filosofía. La profesora, no recuerdo el nombre, recuerdo sí su lejana hermosura, su perfume, su vestimenta de clase media alta. Llamémosle Cecilia (You're breaking my heart / You're shaking my confidence daily, oh queridos Simon & Garfunkel), que explicaba, clase tras clase y en forma admirable, el criterio historiográfico de autoridades. No mucho después, leyendo por primera vez La caída de los ídolos, descubrí que el criterio de autoridades, en un sentido más amplio, hacía las delicias de Nietzsche. Es más, lo imaginaba acomodándose el bigote y escuchando a Cecilia, riéndose a gritos. ¿Por qué? Porque lo que dice Tácito, por ejemplo, debe ser tácitamente entendido como la verdad. Lo que no da risa es que lo que decía Cecilia se dice hoy de formas, en general, más llamativas, sin desapariciones ni centros de torturas de por medio, por jóvenes –o personajes inflexibles– en formas retóricamente «descontracturadas». La tradición nos indica que X dijo la verdad porque la ausencia de otros testimonios refuerza la primera afirmación. No existe lógicamente una relación entre una cosa y la otra. X puede ser un mentiroso, alguien que dice cualquier cosa, puede recibir beneficios por debajo de la mesa o acordar con los grandes poderes para salir a hablar luego de la «necesidad del libre mercado», pero X es el testimonio que se debería aceptar. La verdad histórica era así el resultado de una validación. La validación, impunemente, se puede (y se debe) repetir a través del tiempo. Quien valida a Tácito pasa a ser también parte de la verdad de Tácito, y así se forma una cadena de validadores interrelacionados, un grupo de sujetos que se validan unos a otros a través del tiempo, mientras generaciones leen e internalizan las verdades validadas. Tal vez eso ha pasado con lo que se enseña como Historia y se lee como Literatura. Pero no es tan fácil demostrarlo y mucho menos aceptarlo. Y todos felices hasta que aparece alguien, o muchos, que digan basta con Tácito, su club de seguidores y el criterio de autoridades. Palabra más, palabra menos, la tradición es una de las armas principales de lo que Gramsci llamaba hegemonía. En este país, Gramsci es moda a partir de 1983, no cuando se empezó a hablar de él en el CBC, sino cuando el alfonsinismo y el peronismo renovador (y los otros peronismos, aunque miren para otro lado) se inventaron, sabiéndolo o no, su propio Gramsci para educarnos a todos en el respeto a los sagrados valores de la democracia. Dejemos esa farsa y vayamos a Gramsci, el real, del que hablaba Pasolini cuando decía que jamás hay que dejarles la tradición a los tradicionalistas. La batalla cultural, un término ausente en Gramsci, se confunde, intencionalmente más por los progresistas que por los reaccionarios, con lo que Gramsci definía como guerra de posiciones. El problema aquí vira. No es una cuestión terminológica sino ideológica. Gramsci no era gramsciano; Gramsci era marxista-leninista y por eso la guerra de posiciones complementa la guerra de movimiento o de trincheras. Gramsci no habló de educación o cultura tradicional en la Italia de su tiempo para consolidar una república laica y liberal como Sarmiento. La guerra de posiciones es una fase secundaria y la guerra de movimiento es la primaria. Gramsci fundó el PCI, no un canal de streaming para hacerse el gracioso e irse a dormir tranquilo: su obra fue escrita en una cárcel fascista. Las claves están claras. Una: Gramsci no descubrió la superestructura, sino que desarrolló a fondo, o fue lo más lejos posible, con las cuestiones que sobre ella ya habían escrito Marx, Engels y Lenin. Es decir, estamos parafraseando, porque es el momento ideal de nuestro país para hacerlo, a Las antinomias de Antonio Gramsci de Perry Anderson, un libro ciertamente premonitorio de 1976, cuando el Estado de bienestar y los derechos laborales en Occidente estaban al límite frente a la "revolución" conservadora de los ochenta y la inercia del comunismo del este hacia su crisis terminal. Como todos sabemos, la coerción es el monopolio legal del Estado capitalista. Cualquier avance que la clase obrera consiga no alcanza por sí solo para derrotar a ese Estado. Esto está demostrado por las experiencias del peronismo en el gobierno pre-1983. El momento final de una crisis, cuando la situación arrasa con cada una de nuestras necesidades materiales y espirituales y se levantan las masas, encuentra la respuesta del aparato represivo. Aquí otra vez el problema vira. La guerra de posiciones no es —y aquí entran Debord y Pasolini— ni espectáculo ni consumo de espectáculo. Vivimos dentro de una simulación que nos cuesta descifrar sin las herramientas correctas, en la que somos permanentemente desviados hacia los bordes de la pileta porque desde los parlantes se nos advierte sobre el peligro de ahogarnos. En realidad, es al revés: ya estamos ahogados y habría que ir hasta el fondo para encontrar aquello que nos ayude a encontrarnos a nosotros mismos. Los sectores que dirigen el Estado actual ya han dado el visto bueno para que el aparato represivo se encargue de una contención «preventiva» contra jubilados, estudiantes o manifestaciones de cualquier causa u origen. Es un aviso sobre lo que habrá de suceder si los sectores populares van por más. Y este es el punto donde lo subjetivo se enrosca con lo objetivo. La guerra de posiciones, tal como la concebía Gramsci, es una fase preparatoria indispensable, pero no puede durar un siglo, ni —como dice Anderson— «menos sustituir la necesidad de una guerra de movimiento final para destruir el aparato de Estado burgués». Peor aun cuando muchos entienden la guerra de posiciones como un espectáculo descafeinado y desfigurado por cuestiones bizantinas. El conformismo no es revolucionario, nos guste o no. Gramsci vio genialmente que el Estado es lo sólido que no se desvanece en el aire porque sí, y que la sociedad civil, de por sí, a pesar de los esfuerzos de esa masa sólida, no se termina de contagiar por ella; es gelatinosa, maleable. La sociedad civil es una combinación de aparatos integrados por sujetos que se relacionan fluidamente, caóticamente, abiertamente, a pesar de las jerarquías que entre ellos imperan. Es el lugar donde las contradicciones se materializan no solo objetivamente por la lucha de clases, sino por un nudo de tensiones más soterradas: lucha de ideas geniales o desacertadas, de sentimientos honestos o crueles, de sexos en tensión, de pulsiones reprimidas que no pocas veces pasan al acto. De ahí que resulte esta entidad denominada sociedad civil un nido donde se producen las materias humanas más sofisticadas: el arte y la filosofía, la religión y el ateísmo, las relaciones eróticas, pero también las transgresiones de todo tipo, los famosos y los infames: lo pasional y lo político. Y, por supuesto, es el lugar donde se educa a favor y, a pesar del Estado, en contra de él; donde la gente vive y muere realmente mientras el Estado permanece bajo su forma simbólica de gran padre rector, según las crisis que le toque asumir. El Estado árbitro no es neutral: inclina la cancha, inevitablemente, a la hora de asegurar el orden establecido. Cecilia era la otra cara del profesor soporífero. Ellos eran y, lamentablemente, son la Argentina misma. Ellos, como Gramsci vio dialécticamente en el dynamism de la sociedad civil, no ocultaban: revelaban. Las salpicaduras de sus almas rotas están en nosotros mismos. Y lo estarán hasta que no asumamos la verdadera necesidad de un país, en todo sentido, diferente al que en la actualidad vivimos. Como dice John Berger en Un pintor de hoy: «La necesidad histórica no fabrica héroes en sí misma; la que los fabrica es la conciencia de esa necesidad». // RR.PP.
- Sunt lacrimae rerum
por Sebastián Napolitano y Juan Terranova En el primer libro de la Eneida, Virgilio escribió sunt lacrimae rerum. La frase no admite traducción exacta. El genitivo rerum puede ser subjetivo u objetivo: “las cosas poseen las lágrimas” pero también “las cosas son lo que se llora.” Cualquier lengua que le exija un solo sentido, pierde. El castellano parecería tener una ventaja: el genitivo latino funciona como la preposición de. “Lágrimas de las cosas” parece conservar la ambigüedad. Pero el oído castellano resuelve ese de hacia el posesivo. Aureo Espinosa Pólit, el jesuita ecuatoriano cuya traducción muchos consideran la mejor en español, recurrió a dos versos: “lágrimas hay por nuestras cosas, y algunos que ante la muerte y el dolor se inmutan”. La elipsis se vuelve sintaxis. Espinosa Pólit es honesto y es fuerte porque reconoce su derrota. John Dryden, en 1697, tradujo el pasaje sin traducir la frase. Su versión dice que las paredes mudas narran la gloria del guerrero y que el sufrimiento de los troyanos reclama la piedad de los tirios. Es otro texto. Dryden reemplazó la meditación ontológica por una histórica. Vittorio Sermonti, que pasó décadas leyendo a Dante en teatros, tradujo como “piange la storia.” Llora la historia. Tres palabras, un sujeto, un verbo. La ambigüedad se pierde. Howlin' Wolf nunca leyó latín. Pero cuando le preguntaron qué era el blues, dijo: “cuando no tenés plata para pagar el alquiler, tenés el blues; cuando tampoco podés comprar comida, seguís teniendo el blues; cuando no tenés nada y empezás a pensar cosas malas, eso es el blues.” Es habitual que los charlatanes de los escrúpulos nos enamoren con estos detalles, donde, a veces, se juegan los primeros acercamientos a una obra, su presentación, una canción y su música, un poema fundante y sus traductores. Sin embargo, de una u otra forma, el sentido último de estas lágrimas, de ese llanto, de ese blues, es la pérdida. ¿Qué pérdida? ¿Dónde? ¿Quienes la padecieron y por qué? Lo que intentan transmitirnos los poetas, populares o eruditos, es esa fuerza, esa iluminación, que, en el dolor, los llevó a levantarse frente a la angustia y cantar.///RR.PP.
- Ho visto Messi
por Felipe Devincenzi Como pasa con los héroes clásicos, nada nuevo puede escribirse sobre Messi. Las palabras que rondan su trayectoria son variaciones de estadísticas demenciales, de gestas y coreografías que ahora sintonizamos por youtube con una insólita combinación de melancolía y sorpresa. Mi preferida: desde su debut mundialista en 2006, la mitad de los goles argentinos del certamen fueron convertidos o asistidos por él. Este martes, en su amistoso final, sumó tres participaciones contra Benín, llevando el global a 196 en 208 partidos. Noche agridulce: quienes tuvimos la dicha de presenciar la despedida restauramos las certezas que nos deparó la última copa del mundo. Messi está en perfecto estado físico, es creativo como falso enganche, reactivo como nueve, corre la pelota como si peleara la titularidad. En el mundial 2026, edición única en cuanto a individualidades, efectividad defensiva (España) y desborde ofensivo (Francia), el 10 desequilibró más que nadie, superando su propia versión de 2022. Lo jaquearon la enfermedad del padre, el irreverente panelismo argentino, la tormenta de mierda de las redes, pero nada capaz de diluir su quintaesencia. Así y todo es natural ver argentinos contrastando con la adversidad o la decadencia. Borges y la ceguera, Favaloro y la deuda, San Martín y el exilio. El 6/10/26 no es ajeno: como evento fue organizado por una empresa que muchos aseguran testaferra de Chiqui Tapia, quien gestiona con esa ventura que emparentó a Macri al Boca de Bianchi. Detalles: en el Monumental no hubo pantallas, los hinchas consultaban el minutero por celular, el audio fallaba y la audacia marketinera escandalizó en los drones. El show, propiamente dicho, fue deportivo: una selección con llegada, riesgo, pases cruzados y un oponente que resistió y propuso los primeros 45'. Hace poco entrevisté a un fotógrafo que supo retratar las tribus vudús en ese país africano. Me explicó que el culto distingue varias fuerzas que responden a una sola deidad bicéfala. Hasta el 17 de Agosto de 2005 los argentinos creíamos en un fútbol monoteísta. Las carreras de Maradona y Messi sugieren algo más complejo: fueron, como creen en Benín, manifestaciones de lo divino. Dentro de 20 o 30 años no pocos podremos asegurarlo. // RR.PP. Fotos del autor











