Amistad intermitente /1
- Feb 28
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por Felipe Devincenzi
Tengo una amiga que veo en sitios aleatorios cada muchos años. Las balaustradas del Palais-Royal, el casino de Mar del Plata, el malecón de La Habana. La llamo Lisa porque toca el saxo y lee al ritmo de un escáner fotográfico. Igual que el personaje, tiene una opinión forjada para todo, por no mencionar su sentido del humor, que suele alardear como un relámpago.
Lisa creció en Ayacucho, aprendió a carnear novillo en los festivos y a preparar mate cocido con brasero. Ahora toca música contemporánea, obras caprichosas e ilegibles, tesis que descifra en un pueblo corte Truman’s Show al pie de los Alpes suizos. Su balcón da a un lago que el mediodía desarma en un millón de esquirlas: manchas inquietas que estriñen la visión y la obligan a tocar con ojos cerrados.
En La Habana me salvó un cumpleaños; hacía semanas que viajaba solo, sin internet, y todo en la isla se me hacía ajeno y ligeramente desalmado. Esa tarde encapotó, el viento trajo olor a tierra y los cubanos empezaron a guarecerse bajo las marquesinas de sus almacenes vacíos. Antes que arreciara, envolvimos los documentos en bolsas de nylon y luego pedaleamos como lunáticos. El agua era densa, cubriendo los primeros rayos del rodado, y nuestro paso abría una leve flecha en medio de la Quinta Avenida.
De vuelta en el departamento, tomamos Cristal de lata y dormimos a velador prendido. Las ventanas estaban abiertas y el chubasco amortiguó mi sueño afectado. Al despertar, Lisa y el cielo resplandecían. Enseguida pasó un mate, contándome que Silvio Rodríguez le había contestado un mail, una declaración de amor a sus canciones peregrinas. Disfruta mi país y ve a la playa, le sugería el trovador, sin pretensiones, al final de la misiva.
Imaginaba ese tipeo, la guitarra, su mansión ruinosa del barrio Miramar, cuando pasó un carretero ofreciendo mango a gritos. Lisa chifló desde el balcón, desapareció unos minutos y volvió con un plato de gajos amarillos. Comimos en silencio, el dulce tropical diluyendo el detrito de yerba tibia. Después me cambié, bajé a la calle y negocié un taxi destartalado. En el avión intuí un posible reencuentro: aleatorio, extranjero, con suerte de cara al mar.

Foto: Malecón / Felipe Devincenzi


