Amistad intermitente /2
- Mar 6
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por Felipe Devincenzi
La Bohème es una ópera de cuatro actos escrita en 1895. El primer estreno fuera de Italia se produjo en Buenos Aires un año más tarde. Desde entonces, cada interpretación culmina en sold out, siendo la obra más famosa de Puccini y la transición del lirismo del S. XIX al soundtrack moderno, algo ya perceptible en Falstaff, de Verdi, y acá exagerado con unísonos dramáticos, leitmotivs pentatónicos y duetos que inducen el llanto.
La primera versión que presencié fue en Bastilla en 2014. Era la puesta de Jonathan Miller, tan literal que hacía del escenario una máquina del tiempo: las fachadas vetustas, la nieve artificial acumulándose en el empedrado. Unos años más tarde tocaría la obra en el mismo teatro, fortuna que coincidió con la primera colaboración entre Dudamel y esa orquesta tricentenaria. Hasta entonces pensaba que el venezolano era un buen director, algo inflado por el marketing de El Sistema, pero lo cierto es que dirigió de memoria desde el primer ensayo, canturreando en italiano, colando leves sugerencias que elevaban la partitura a lo sagrado.
Yo había llegado a París un año antes. Me valía de una beca espuria y mi mejor amigo era un chileno que subsistía en un sucucho del Impasse Milord, pagado con prodigiosa irregularidad. Eran cinco pisos por escalera y ventanal en la mansarda, donde apenas se intuía la opulencia de la gran capital. Solía ir cuando el conserje nos echaba del conservatorio, cierre que aprovechábamos para recalar en un bar de argelinos, o para robar vino del Carrefour Express y luego tomarlo junto a una estufa halógena, diminuta, que ruborizaba el parqué astillado. Por un tiempo la vida fue eso: horas de instrumento, fiestas de interior y el abrigo de monoambientes exiguos, cercanos al bulevar periférico.
Como canta uno de los barítonos, La Bohème gira alrededor de esa bella età d'inganni e d'utopie. El libreto se basa en una serie de “escenas” que Henry Murger escribió y compiló alrededor de 1851. En el prólogo asegura que la bohemia es el sendero de quienes hacen una vocación de una fantasía. Pobres muchachos arrastrados por la marea, escribiría Bolaño. El título del último relato de Murger lo resume bien: La jeunesse n'a qu'un temps.



