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Cabeza dura

  • Aug 1
  • 2 min read

por Victoria Guglielmotti


No digo que sin razón, pero más de una vez me lo dijeron por obstinada. Supongo que la analogía nace de imaginar las ideas como algo que tiene que entrar en la cabeza. Y para que algo entre, pensamos, la cabeza debería ser blanda y permeable. En cambio, una cabeza dura parece impermeable a cualquier argumento.


Lo curioso es que, por una vez, el dicho tiene sentido científico. Las células, al igual que nosotros, son capaces de percibir la rigidez del entorno que las rodea. Casi como si tuvieran sentido del tacto. No tienen ojos, no tienen oídos y mucho menos sentido común, pero sí poseen sensores que les permiten percibir las propiedades mecánicas del ambiente. Según lo que "sienten", deciden si dividirse, si migrar o diferenciarse o incluso morir.


El cerebro no es la excepción. De hecho, uno de los cambios más fascinantes que ocurren durante nuestra vida tiene que ver con la consistencia de nuestro cerebro a lo largo de los años. Cuando nacemos, el cerebro es extraordinariamente blando. Esa blandura no es un defecto, sino una ventaja evolutiva. Hay millones de conexiones neuronales que están construyéndose y deshaciéndose a una velocidad imposible de repetir en la adultez: es un órgano en permanente remodelación. Por eso un bebé aprende en pocos meses algo que a un adulto le llevaría años: reconocer rostros, distinguir sonidos de cualquier idioma del mundo, comprender que las cosas siguen existiendo aunque dejen de verse, empezar a caminar y, eventualmente, a hablar.


Paradójicamente, de esa etapa no recordamos nada. La mayoría de nosotros no conserva recuerdos autobiográficos anteriores a los tres o cuatro años. A ese fenómeno se lo conoce como amnesia infantil. Durante mucho tiempo se creyó simplemente que el cerebro era demasiado inmaduro para almacenar recuerdos duraderos. Hoy sabemos que la historia es bastante más compleja. El hipocampo, la región clave para formar recuerdos, todavía está formándose, y además necesitamos del lenguaje para organizar nuestra autobiografía. Pero, sobre todo, es el propio tejido cerebral el que también necesita modificar sus propiedades mecánicas.


Las conexiones que sobrevivieron se fortalecen. Otras desaparecen. La famosa plasticidad cerebral —esa capacidad para reorganizarse y aprender con enorme facilidad— disminuye. Cambian las propiedades mecánicas del tejido, que se vuelve más rígido en muchas regiones durante el desarrollo, pero no significa que dejemos de aprender. Seguimos siendo capaces de incorporar conocimiento. Aprender un idioma o tocar un instrumento sigue siendo posible. Pero ya no ocurre con la misma facilidad. La rigidez que nos permite los recuerdos, nos limita la novedad.


Los comienzos de nuestra historia quedan escritos, paradójicamente, en aquello que no recordamos. Tal vez sea lo que Lacan llamó la insistencia del significante: eso que, una vez inscrito, retorna y se obstina en permanecer. El problema es que no conocía el lunfardo; no pudo resumirlo así, con un simple cabeza dura. // RR.PP.


 
 

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