“Estoy enamorada de la violencia y el poder.”
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María Azul Fessia vive en Córdoba y acaba de publicar La boca de la escopeta por @edicionesbucarest . El libro ofrece una serie de relatos líricos donde sondea y narra la marginalidad, la juventud y el erotismo. El viernes 28 de agosto a las 20 hs. lo presenta en @bastondelmoro, Córdoba Capital.
por Juan Terranova

¿Cuándo empezaste a escribir?
Cliché: siempre escribí —como actividad; como sentarme a plasmar una idea—. Mi abuela aún tiene guardado mi primer cuento, que trata sobre un dragón al que le hacen bullying porque es multicolor; desde que tengo uso de razón me interesa la marginalidad. De niña publicaba cuentos en Facebook bajo los pseudónimos NekooMeoow o AzuKiller. De adolescente, como Matías F. Pero no me lo tomé con seriedad hasta 2023, cuando publiqué mi cuento Kamikaze en Medium. Solamente existe en mis archivos polvorientos de Drive. Es malísimo —malísimo de verdad— pero es el primero. No me consideré escritora hasta que terminé Un pendejo delincuente, el cuento (cuentito) más viejo de La boca de la escopeta.
¿Cómo surgen las ideas para estas historias?
Son retratos de mi fantasía. Mi morbosidad. Estoy enamorada de la violencia y el poder y la escritura es el lugar donde elijo y prefiero sublimarlo. Quiero ser cuidadosa para citar: recientemente Juan Sklar mencionó algo sobre ‘escribir el sobrante’, y me gusta pensarlo de ese modo; generalmente, las ideas que después convierto en narrativa nacen como obsesiones, como fetiches o como una curiosidad insoportable que no puedo mitigar en ‘la realidad’ sin hacerme daño. Tuve que hacer una transición muy necesaria de ‘vivirlo para escribirlo’ a ‘escribirlo para no tener que vivirlo’, pero el núcleo es el mismo. Además, soy bastante voyeurista, y —sé que suena terrible— me inspira mucho la tragedia ajena; me angustia, me oscurece, me sienta a escribir. Mi cuento "Los hermanitos" es una reescritura de decenas de cosas que viví y cosas que me contaron en un periodo bastante extraño de mi vida.
¿Pensás antes en los personajes o en las tramas?
Por lo general, cuando ya tengo la obsesión ‘desarrollada’, empiezo por improvisar un párrafo breve en el que un personaje —de quien solamente sé el nombre— está haciendo algo que, después, se convierte de algún modo en la trama. El cuento "La boca de la escopeta" nació con la imagen de Ikar sujetando un arma. "Los hermanitos", con Agustín esperando el colectivo para ir a Bouwer. Yo solamente observo en medio de qué actividad me encontré al personaje y sigo esa pista.
¿Cuánto hay de cordobés en La boca de la escopeta?
Pensé mucho en esta pregunta. Creo que Córdoba me ofrece los escenarios —Bouwer, Yacanto, el Complejo Esperanza, barrio Maldonado, etcétera— pero solamente porque es todo lo que conozco. Sigo viviendo en la misma casa en la que nací. Me gusta pensar que, más que cordobesa, La boca de la escopeta es una obra plenamente argentina. Una amiga me dijo que para leer "Los hermanitos" tuvo que consultar un “diccionario tumbero”; estoy a punto de recibirme del Traductorado de Inglés en la UNC y a veces pienso en la complejidad de la traducción de una obra como esa.
¿Cuál fue tu primera experiencia con la literatura erótica? ¿Qué leíste?
La primera fue La Venus de las pieles, que es una de mis novelas favoritas. Sin embargo, debo confesar que no soy una gran lectora de erótica. He buscado incansablemente en las portadas rosas de Tusquets, y suelo sentir que el sexo es un elemento plástico, artificial; el sexo por el sexo y nada más. No me conmueve, se me hace pornográfico. Sí me gusta mucho Anaïs Nin. La quiero y la respeto. También me gustan Denis Cooper, J. G. Ballard, Ioshua. El poema Shower de Bukowski. Me calienta la parte de Misery en la que Paul tiene que volver rápidamente a su habitación porque Annie regresa antes de lo esperado. Para mí, lo erótico es lo corporal revestido de algo perturbador, conmovedor o primitivo.
¿Qué ves en la marginalidad que te atrae?
De nuevo, es lo que conozco y lo que me rodea. Más allá de eso, creo que la marginalidad ‘castra’; que engendra la necesidad de recuperar la hombría que te quita; que a veces la impotencia —el sometimiento— se convierte en sed de venganza, en el deseo de un ajuste de cuentas. Me atrae esa batalla. Creo que uno hace lo que puede para compensar las faltas; en la marginalidad lo que falta es mucho y tenés que volverte ingenioso y resolutivo, que son rasgos que me atraen. Me atrae el orgullo. Me calienta la competencia entre hombres y la performance de la hombría.///RR.PP.


