Chi ama non dimentica
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Updated: 5 days ago
por Felipe Devincenzi
La de Maradona infante, haciendo jueguitos con una naranja, la que duerme abrazado a su primera pelota, en la pieza que comparten cinco hermanos, los picados a oscuras, donde se juega de oído porque el potrero refleja un cielo sin luna, o el abismo que media entre la villa y la ciudad -“juro que cruzar el Puente Alsina era como cruzar a Manhattan”- son algunas de las imágenes iniciales de Yo soy el Diego, relato que trasluce la dialéctica frenética entre el ídolo y su entorno.
Los encargados de curar su oralidad extraordinaria, de transformarla en una prosa de metáforas hilarantes, de acusaciones y devociones febriles, fueron Daniel Arcucci y Ernesto Bialo, quienes militaron en las filas de El Gráfico y escoltaron al Diez en las muchas apoteosis de su leyenda. Arcucci, incluso, conserva la última camiseta azul que el astro usó con la selección, aquel infame verano de 1994.
Si bien sobran testimonios, libros, películas -notable es la de Marco Risi, ni hablar de Sorrentino-, la autobiografía cautiva por su transparencia, a través de la que Martin Amis creyó ver cierto “caos interior”, cuando lo cierto es que el caos ya reinaba alrededor de Maradona. Naturalmente, queda expuesta esa dinámica de acción y reacción, de persecución y resiliencia, de agradecimiento y denuncia: una carrera bipolar, atravesada por dos suspensiones y lesiones graves, por entrenamientos monásticos junto a Rubén Oliva y Signorini, por la explosión atlética que desataba en la cancha.
Se sabe que el karma no solo fue la cocaína: Diego cuestionaba toda autoridad que considerara inmoral. Respetaba a Menotti, que lo dejó afuera del 78', a Bilardo, que lo enloqueció en el Sevilla, pero no toleraba que el presidente de la FIFA fuera un waterpolista sospechado de traficar armas, que José Luis Núñez se forrara durante los JJOO, que Ferlaino se llevara el crédito del Napoli, que la AFA le impidiera recaudar plata para el Búfalo Funes.
Para quienes extrañamos su irreverencia, la capacidad de morir y revivir como un fénix, esta lectura es paliativa. No solo invoca la plenitud de sus partidos, sino también la paz que encontraba en Equina, pescando dorados y pacúes, o en Balneario Oriente, tomando mate con los parroquianos, o cenando bife con papas pay en la costanera.
Hace unos años, una octogenaria desconocida, apostada en una vereda napolitana, me lo resumió así: come lui, non ci sarà mai un altro. // RR. PP.
Selección de fotos: Felipe Devincenzi
















































