La música de los pájaros
- Sebastián Napolitano

- Jan 7
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Updated: Jan 25
Por Sebastián Napolitano
Olivier Messiaen nació en Avignon en 1908 y murió en París en 1992. Católico ferviente, fue organista de la iglesia de la Sainte-Trinité de París desde 1931 y tocó allí hasta el final de su vida. Pierre Boulez dio a entender más de una vez que con él se extinguía un linaje: el del compositor total, heredero directo de la gran tradición francesa, para quien técnica, fe, naturaleza y sistema formaban todavía una unidad orgánica.
A mediados de los años sesenta visitó la Argentina para dictar un seminario de dos meses en el CLAEM, el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, fundado en 1962 gracias a los fondos que Alberto Ginastera obtuvo de la Fundación Rockefeller. Esos recursos permitieron otorgar becas a jóvenes compositores de toda América Latina y organizar seminarios con algunas de las figuras centrales de la música del siglo XX: Luigi Nono, Aaron Copland, Luigi Dallapiccola, Iannis Xenakis y John Cage, entre otros.
El contraste entre él y Nono fue especialmente marcado. Cuando Nono visitó el CLAEM en 1967, dedicó sus clases al Che Guevara, dijo que venía a aprender más de los alumnos que a enseñar, habló en un castellano italianizado lleno de afecto y llegó a impedir el estreno de una de sus obras en el Teatro Colón en solidaridad con Ginastera, censurado por el gobierno de Onganía por su ópera Bomarzo. En cambio, Messiaen dictaba sus clases en francés, nunca aprendió inglés y vestía con una formalidad casi inmutable. Alcides Lanza, que conservó los apuntes de aquellas clases, anotó al margen: “Es el tercer día que usa la misma corbata, la misma camisa, los mismos zapatos.” Alguien arriesgó la explicación: o siete trajes idénticos o una esposa que lavaba sin descanso.
El método era tan minucioso como obsesivo. Analizaba ragas y talas de la India, sistemas métricos no occidentales y, sobre todo, el canto de los pájaros. Una noche le pidió al compositor Alberto Krieger, entonces becario del CLAEM, que lo acompañara a los bosques de Palermo. Querían evitar el ruido del tráfico, así que salieron a medianoche, en pleno agosto. El frío era feroz. Anotaba los cantos de oído, directamente en su cuaderno; solo en casos excepcionales su esposa, la pianista Yvonne Loriod, los grababa para completarlos después. Pasaron las horas. A las cinco de la mañana, Krieger tuvo que irse porque daba clases en el Colón. “Ah, me hubiera dicho”, respondió. “Vamos a tomar un café con leche.”
Si bien el trabajo era meticuloso, para él el canto de las aves no era un dato naturalista sino un universo simbólico, una materia sonora destinada a ser traducida y moldeada dentro de una forma musical. En una clase, al analizar uno de esos pasajes, alguien le preguntó por una nota pedal que no explicaba. Sonrió: “Ah, cher ami, ese es el rumor que hacen los árboles cuando los pájaros van de rama en rama.”///RR.PP.



