Diez sutilezas de The Sopranos
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por Felipe Devincenzi
1. Sos uno en un millón / pero tenés que arder para brillar / porque naciste bajo mal signo. La canción de apertura es efectiva: augurio, sermón maternal y un beat que organiza la alternancia entre observador y lo observado. Al gangster postmoderno, atado al volante, se contrapone la esencia del paisaje "americano": rascacielos, parques industriales, suburbios de casas ajardinadas.
2. El simbolismo de Sopranos es sutil pero constante. La primera aparición de Tony lo encuadra entre dos piernas femeninas (1:1). En la sala de espera de Melfi, suerte de limbo, enfrenta esa estatua avizor, como un un animal cercado. ¿Le remite a Medusa, a San Pedro, a Lidia? El cruce anticipa el breakthrough de la terapia.
3. Carmela desdeña la misma escultura (6:11) pero llora cuando descubre las del Pont Neuf, en París, o cuando ve un óleo de José de Ribera. Las obras de arte complementan la acción de cada escena: son escenografías espejadas. Frente al cuadro del consultorio, Tony asume que un árbol está “todo podrido por dentro”. Más adelante ordena destruir el retrato de Pie-O-My porque no soporta mirarlo. Como el aria de Godfather III, el arte desliza el pathos modesto, sensiblero del inmigrante italiano, bajo el estoicismo del empresario.
4. El ensayo de Chris Neal incluido en Reading the Sopranos: hit Tv from HBO atribuye la música clásica a momentos de vulnerabilidad masculina. Neal se pone lacaniano: ¿Por qué Soprano? ¿Es un guiño al matriarcado, a los castratis del barroco, a la tragedia operística? Por lo demás, la serie antologa el mainstream a lo Tarantino. El montaje es milimétrico: al inicio de 3:1, Peter Gunn de Blues Brothers es sampleado con Every Breath You Take de The Police, coincidiendo tempo y tonalidad. O irónico: Paulie Walnuts vuelve de prisión y al oír el suave Nancy, de Sinatra, exclama “¡Mi canción!”. O cadencioso: White Mustang II de Daniel Lanois o Thru and Thru de los Stones acomodan secuencias finales, sin diálogo. O abrupto: el beep del monitor cardíaco que cierra 2:8, o el Don’t stop del dinner Holsten’s.

5. Mientras el cine romantizaba la cocaína, Sopranos complejizó la farmacología y la depresión clínica a fines de los 90. La probabilidad hereditaria, la negación. Cuando el psicólogo escolar diagnostica al pequeño Anthony como borderline, Tony lo interrumpe con violencia (1:7). Al asumir el trauma, la alexitimia permite arranques de empatía: en 1:8 reprende a Christopher por balear a un panadero, pero su sobrino está bajoneado. Tony cede enseguida: “Seguro te la pasás durmiendo”. Christopher: “Es lo único que todavía disfruto”.
6. La intertextualidad de Scorsesse es inevitable: Tony es tiroteado mientras compra jugo de naranja, al igual que Corleone, y la escena final calca el asesinato de Sollozzo. Pero el drama en Sopranos no se basa en el karma, sino en el mandato de grupo que conflictúa a los personajes. El capítulo 1:9 opone dos alternativas: Tony perdona la vida del coach de su hija y vuelve a su casa riendo, borracho. “I didn’t hurt nobody”, dice a Carmela, y duerme aliviado. Su tío, en cambio, debe humillar a su novia y fingir templanza. El soundtrack pasa del reef cachondo de Buena Buena, de Morphine, a un bolero de Rocío Durcal.
7. Pero tú, que no te atreves o tienes miedo de hablar... La afasia, la represión, el machismo pueblerino a lo Raymond Carver. En 5:3, Junior sentado en el sillón, jaqueado por el Alzheimer. Tony: “¿Es que no me amás?”. Junior llora.

8. De David Chase sorprende el gesto inmutable, apocado de sus entrevistas, como si arrastrara una amarga vida a cuestas. Dice que terminó en HBO por carambola, después de que lo rechazaran otras emisoras. En horabuena: la cadena emitía sin cortes publicitarios, por lo que el guión no se debía a varios actos. Esta ausencia de cliffhangers diluye el ritmo narrativo y potencia la simultaneidad. Sopranos inaugura así la multitrama que explotará The Wire. El caso más notable es la sintonía entre la vigilia y los sueños: en una subcultura tan rígida, el inconsciente dramatiza lo que no se puede admitir, sean las fantasías sexuales de Tony o la traición de Pussy Bonpensiero (3:10).
9. “Ojo con la mano; si se entera que no tenemos para el tanto estamos jodidos”. Tony sugiere a Carmela cómo castigar a su hija (2:3). La distorsión del lenguaje cotidiano es inevitable: los modelos de poder se mimetizan y pasan de la jerarquía mafiosa y policial a la familia y la religión. Fuera del núcleo familiar, los vínculos afectivos siguen la lógica de Sun Tzu: el complot de Junior y Lidia, la muerte de Richie Aprile.
10. Quienes hemos lidiado, en el propio hogar, con un caso de Trastorno Límite de Personalidad, podemos dar cuenta de la complejísima precisión de Lidia Soprano. El narcisismo, la victimización, la paranoia, el boicot, la manipulación. Minimizamos la tiranía y misoginia de Tony a razón del drama constitutivo. “He can be such a little boy sometimes” dice la Dra. Melfi. En ese comentario respira Holden Caufield, el protagonista de The Catcher in the Rye que patea Nueva York angustiado. “¿A dónde van los patos del Central Park cuando llega el invierno?” se pregunta el joven Caufield. Acaso descansen en la pileta de los Soprano. // RR.PP.



