El consejo de Ema
- 6 days ago
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por Marco Castagna
Conocí a Ema Wolf en una escuela de Constitución. Me tocó acompañarla como parte de mi trabajo. Recuerdo que hablamos de Herzog y de literatura norteamericana (algo que, sin saberlo, sería un tema recurrente en nuestras conversaciones). Fue en la planta alta de esa oscura institución donde almorzamos y nos supimos bichos raros una vez más: mencionando a Soriano, a Stephen King, a los Peaky Blinders.
Cuando era chico, tendría nueve años o algo así, mi madre me regaló Los imposibles. Desde entonces, y con las sucesivas relecturas, el libro se me tatuó. Dejó una huella inmediata e indeleble, como solo nos dejan las lecturas importantes de la infancia. Todavía me llega en ecos el humor, su libertad provocadora, la ternura para llegar al corazón sin escalas y esa manera invencible de levantar el ánimo en pocas páginas. En definitiva, el don de hacer olvidar las pequeñas tragedias de la infancia, algo que reencontraría potenciado en ella al conocerla.
Su obra es una alquimia singularísima donde bailan los espectros de Conrad y las novelas de piratas y navegantes (Melville y Moby Dick a la cabeza), Borges, Jarmusch, Tom Waits, Glenn Gould, Joan Didion, María Elena Walsh y Kurt Vonnegut. En sus libros, la risa es máscara y sombra para revelar la vida. La literatura como tren de juguete misterioso. Un arte, en definitiva, que consiste en incorporar lo clásico a lo cotidiano. Pollos de campo es una ópera rodante fabulosa, y El turno del escriba un ejercicio cultísimo y divertido de escritura a cuatro manos. Siempre hay algo circense, un amor por la fábula escondido en esas páginas.
A lo largo de los años, ciertas circunstancias me llevaron a labrar un vínculo profundo y amistoso con ella. Ema me daría muchos consejos. Pero hay uno que atesoro especialmente. Me dijo que nunca olvidara que Sherwood Anderson había sido soldado antes que escritor. Fante, lavaplatos. John Irving, luchador libre. Lección de vida: baño de humildad. // RR.PP.



