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El peronismo psi y la política de lo no dicho

  • Aug 7
  • 3 min read

por Patricio Erb


Dentro de la infinidad de categorías políticas que intentan descifrar el devenir de la Argentina contemporánea, me interesa detenerme en una categoría singular: el surgimiento del peronismo psi. Su característica principal no es el pragmatismo feroz ni el desborde verticalista con el que siempre pensamos al Partido Justicialista, sino la culpa como posición subjetiva. Se trata de un peronismo imposibilitado de la palabra, inhibido de manifestarse abiertamente y desgastado por la incapacidad de ser directo, tanto para el amor como para el odio. Un ejercicio del poder que prefiere la sugestión, la elipsis y el síntoma antes que la confrontación explícita.


Esta dinámica pasivo-agresiva comenzó a notarse con fuerza durante el gobierno de Alberto Fernández. Pos elecciones de medio término en 2021, cuando la interna del Frente de Todos ya era inocultable, Cristina Fernández publicó una de sus primeras cartas contra la gestión del oficialismo al cual pertenecía. Ante la evidencia de una relación rota, los off the record que circulaban en radios cercanas a Alberto F. planteaban, de manera risueña, que el ex Presidente había decidido dejar a Cristina hablando sola.


Alberto había resuelto, en definitiva, pelearse sin pelearse. ghostearla, "dejarla como una loca", según contaban en la radio. Por supuesto, la estrategia del silencio no solucionó nada. Las cartas abiertas dirigidas específicamente a nadie hacían que la otra parte eligiera no darse por aludida, mientras el conflicto se licuaba en una guerra fría de baja intensidad. Así prosiguió el vínculo, entre amagues y reproches elípticos hasta el derrumbe final. Cuando la palabra directa se cancela, la construcción política se transforma en un psicodrama inacabable donde nadie asume la responsabilidad del enunciado.


Pero esta matriz venía incubándose desde el origen mismo de la alianza. Antes de la asunción de Fernández a la Presidencia, ya electo, el ex ministro de Economía Martín Guzmán relató en una entrevista el momento en que le ofrecieron ser la cabeza del equipo económico. En su recuerdo, la escena rozaba lo surrealista, reunido con Fernández-Fernández, la fórmula victoriosa le daba a entender todo lo que esperaban de él, pero sin ofrecer de modo concreto el cargo. Guzmán se retiró de la reunión con la sospecha de haber sido elegido como el próximo ministro de Economía de la Nación, pero sin que nadie se lo hubiera comunicado de manera explícita, como si evitar decirle "queremos que seas el próximo ministro de Economía" implicara no hacerse cargo de la decisión.


Esta parálisis del lenguaje no se limitó a la rosca o a una interna, impactó en la gestión y en la relación con la sociedad. El peronismo psi operó con la imposibilidad de mencionar problemas: desde el silencio frente a la inflación hasta el repliegue discursivo ante la inseguridad; pasando por la indiferencia ante el corte de calles. Una negación de los problemas desde la culpa o la inhibición retórica sólo profundizó el alejamiento con la gente.


Hoy, muchos años después, nos encontramos transitando un posible match momentum en el cual este peronismo de lo no dicho vuelve a tomar el centro de la escena. El gobernador de la provincia de Buenos Aires intenta marcar una distancia y romper con su madrina política a pura gestualidad, con señas de truco. Se sostiene sobre la especulación de que las cosas pueden encauzarse solas, que la inercia o el paso del tiempo resolverán lo que la voz no se atreve a articular. Sea lo que sea que se busque o pretenda, en definitiva no lo sabemos porque el ejercicio de la palabra está en pausa.


El problema medular del peronismo psi es que el no-decir no neutraliza el conflicto, más bien lo contrario, lo vicia y lo extiende en el tiempo. Cuando la política abandona la palabra directa para refugiarse en el juego de los sobrentendidos, las indirectas al vacío y los desplantes mudos, la capacidad de conducción se paraliza. En esa imposibilidad de manifestarse abiertamente se extravía la potencia del movimiento, dejando en escena un triste paso de comedia de insinuaciones truncas donde nadie dice nada y los malos entendidos destruyen lo que queda en pie.//RR.PP.



 
 

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