Una extravagancia cinematográfica (no del todo) antiperonista
- Aug 23
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por Rodolfo Cifarelli
La anécdota de Castigo al traidor (1966), dirigida por Manuel Antín (1926-2024) resume gran parte del imaginario antiperonista de la clase media ilustrada que vio con agrado la caída de 1955. Basada libremente en un cuento de Augusto Roa Bastos –un borgiano y fallido cuento de Roa Bastos-, el centro de la historia de Castigo al traidor es, en apariencia, un hijo traumado por el asesinato de su padre que presenció de niño.
Ya adulto, Alberto, el hijo (Sergio Renán), veinte años después, ve pasar de casualidad por la calle al artífice de la desgracia. Los flashbacks abren una de las líneas narrativas que dan sentido a tan nefasto reencuentro. Es la que muestra a Molina (encarnado por Miguel Ligero, un actor de otro planeta), el único al que se lo nombra por el apellido, denostando al gobierno y elogiando el golpe de 1930 ante el próspero abogado Héctor (Jorge Barreiro).
De este modo, Héctor se ve entrometido en una difusa conspiración contra Perón cuyos detalles el guion de Antín y Andrés Lizarraga se preocupa sobremanera en ocultar. Lo que importa son los efectos de una típica acción de contrainteligencia. Héctor es un opositor moral clásico de la derecha «republicana». Molina, agente del gobierno, ha llevado a Héctor a una trampa, por la que este es encarcelado brevemente. A su vez este Molina «traicionero», en la mirada de Antín, es un integrante de la Cámpora aparecido siniestramente en una pesadilla de Cristina Pérez o Eduardo Feinmann.
¿El verdadero castigo para la imaginación liberal reside en los «engaños populistas» y «la corrupción esencial» del peronismo o en sus propias limitaciones a través de los años, que a pesar de ellas o por ellas, gran debate, lo ha mantenido vigente, mal o bien? Lo que el peronismo no resuelve o deja abierto, ya sea por ser bombardeado, perseguido y en gran parte exterminado, o, después de 1983 por perder elecciones y darnos un presidente que se abrazó con el almirante Rojas, el liberalismo lo sutura con políticas de entrega y de delirio económico-financiero que sólo satisfacen las necesidades de los bloques dominantes del momento y sus suburbios, cada vez menos populosos. Este círculo de fuego arrojó a Milei a la Casa Rosada como un paracaidista en calzoncillos que pronto fue rodeado por Wall Street, el establishment local, el Mossad y la CIA.
Pero volvamos a Antín. El pobre Héctor, con su carga moral intacta, aun así, queda maldito. Sus amigos ya no quieren verlo ni en figuritas, temerosos de ser ellos también castigados por el «estalinismo peronista». Massotta, si vio la película, habrá corroborado con una sonrisa de oreja a oreja su tesis central de Sexo y traición en Roberto Artl.
Las líneas narrativas de Castigo al traidor se embrollan sin entorpecer la progresión dramática. Para su fábula de venganza, Antín debe recurrir, como dijimos, a flashbacks que nos trasladan a 1946 para explicarnos las razones de las acciones de veinte años más tarde. Un mecanismo clásico y efectivo que entorpece el fluir pantanoso de la relación de Alberto con su novia (Marcela López Rey), una acumulación de insustanciales escenas de teleteatro de la época que tal vez están en la película para darle un «adorno» contemporáneo que en absoluto era necesario.
Para remediar la «traición», Molina reta a duelo a Héctor, otorgándole la ambigua oportunidad de que este le «limpie» la mancha de haber pasado unas pocas horas en la cárcel. En la imaginación liberal hay un principio que Castigo al traidor respeta a rajatabla: el peronismo es maligno y el antiperonismo incauto, por no decir bobo, a pesar de haber asesinado peronistas a mansalva durante décadas, pero, al decir de Héctor, un gorilón irreflexivo, su conducta conlleva un «objetivo patriótico». El mundo del revés, diría María Elena Walsh.
Siguiendo el funcionamiento perverso de este principio no habrá duelo. Un tirador oculto, compinche de Molina, asesina a Héctor ante la mirada del pequeño Alberto, que había llegado al lugar escondido en el auto de su padre. Por un momento Héctor se convierte en JFK y los ojos del niño en la cámara de Zapruder. El peronismo, nos dice Antín, fiel a su malignidad rehúye al combate franco, olvidando la resistencia y la lucha armada que empieza a iniciarse por esos años.
Tres momentos claves tendría a nuestro juicio Castigo al traidor. Uno, cuando la esposa, María (Eva Dongé), le dice a Héctor que para qué va a arriesgarse por los otros, si ellos están bien como están. Héctor, vacilante, le replica que lo hace por su hijo (el futuro, gran excusa, como nos aleccionó el presidente de la Cámara de Comercio y Servicios, el bueno de Mario Grinman, días atrás, afirmando serenamente que el cierre de empresas y la pérdida de empleos son un costo inevitable del ajuste económico que nos llevará al paraíso). No hay derechista que se precie que no desee dejarle un país «ordenado» a sus hijos y nietos, padrecitos y abuelitos realmente enternecedores cuyas sanas aspiraciones no valoramos como debiéramos.
Al menos las palabras de María, sin otro cargo alguno que ser ama de una casa burguesa, nos provocan una duda: ¿su percepción menoscaba el estado de cosas negro y cerrado que ve Héctor, o es tan sólo «el no te metás» de una madre sentada ante el gran peligro o es algo más que Antín no pudo reprimirse de insinuar sin ir más allá?
El segundo momento es cuando Molina le alcanza a Héctor un ejemplar de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal y le pide que lee un brevísimo párrafo sobre la inercia de las víctimas sometidas a las crueldades de los victimarios. Molina le está preparando la trampa. Un cándido Héctor le dice que debería haber ante la violencia una salida pacífica. Y acá hay un anacronismo «traicionero» como Molina: lo que está leyendo Héctor no es el Marechal de 1948 sino el de los sesenta. Molina, realista aun en la simulación, le replica que eso es imposible.
El tercer momento es el final, cuando Alberto, el hijo sediento de venganza, captura a Molina, después de una persecución adentro de una casona oscura y derruida que podría ser la de los Vidal Olmos. Aquí es la Argentina de Sábato, llena de pasillos y recovecos oscuros y puertas cerradas, no la de Borges ni menos la de Marechal. Antín, que amaba a Cortázar, era en realidad un Sábato de alma pero sin tantos demonios como el hombre de Santos Lugares.
En cuanto a la coherencia de la trama, no sabemos cómo nuestros dos antagonistas llegaron a esa casona ni tampoco sabremos cómo Alberto pudo escapar después de que Molina lo había encerrado en una sala lúgubre, remembranza de la prisión de papá Héctor y correlato de la Argentina no como sentimiento o idea sino como situación sin salida. Acá Antín acierta: ni Massuh ni Mallea.
Alberto alcanza a Molina en una calle de tierra, le pega un cachetazo que le arranca los anteojos de la cara. Molina, avejentado y enclenque, nada puede hacer para evitar que los anteojos se rompan contra el suelo. Alberto, arrepentido o piadoso, o ambas cosas -dos virtudes que la derecha se reserva solemnemente para momentos especiales como catástrofes naturales, pero no políticas ni económicas-, se agacha, los toma y se los alcanza. A este gesto, Molina, con desdén aristocrático, impropio de un peronista, le responde al hijo vengador: «no hay problema, ya estaban viejos», las únicas palabras que escuchamos en toda la secuencia. ¿Conciencia de la necesidad del peronismo por reemplazar -en 1966- los anteojos con los que se ve la realidad, así como distancia del enemigo ofendido porque se cuenta con la astucia razón que ese mismo enemigo es incapaz de leer hacia el futuro?
Alberto no remata a Molina, que se aleja lastimosamente de nuestra vista. Ese peronismo atontado y con anteojos viejos en una película estrenada un mes antes del golpe de Onganía contra Illia, ¿era una ilusión ingenua de Antín basada en un deseo genuinamente gorila o una lectura ajustada a la situación de un Perón en el exilio y el crecimiento de izquierdismos varios? Este final es el broche perfecto para el interrogante cuya respuesta los espectadores habrían buscado infructuosamente durante toda la película: ¿hacia dónde iba -y no iba- el peronismo con Perón a la cabeza en 1966?
Reseteando la pregunta, bien podríamos pensar que los castigos a los traidores se han actualizado en el peronismo, pero otra vez, como en 1973, hacia adentro, aunque esta vez, por suerte, sin fierros ni bombas. Aquí quizás se abra una cuestión más inquietante que el liberalismo nunca necesitó plantearse a sí mismo, porque mientras sus objetivos de dominación funcionen, da lo mismo gato o liebre: la potencia de esa pulsión por buscar una lealtad platónica a ya no se sabe bien a quién y qué, ¿no impide responder, fehacientemente, más allá de consignas y moralejas que conocemos de memoria, adónde quiere ir eso que todavía muchos llamamos peronismo en 2026?//RR.PP.



