Johannes-Brahms-Platz
- Mar 19
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por Felipe Devincenzi
En 1852 Schumann publicó un artículo sobre el joven Brahms, arengándolo como el nuevo Mesías de la música. La relación entre ambos y Clara, esposa de Schumann, oscilaba del apadrinamiento a una intimidad más bien turbia, lo que naturalmente derivó en su retraimiento.
Recién en 1862 Johannes enviaría a Clara el boceto de una sinfonía: tenía casi 30 años y un repertorio de cámara envidiable, pero dejó de responder cuando ella exigió más avances. Hacia 1870, en una carta a Hermann Levi, el no tan joven Brahms se excusaba en Beethoven: “Quizás nunca escriba mi sinfonía: no tenés idea de lo que es sentirse perseguido por ese Gigante”. Finalmente la estrenaría en Karlruhe, en 1876, pasados sus 43 años y habiendo invertido en su escritura, intermitentemente, la mitad de su vida.
Por regla general, las sinfonías de Beethoven empiezan con un acorde afirmativo y luego un pasaje ligero, breve ilusión de reposo anterior a la furia. A Brahms se le ocurrió prolongar este primer golpe con efecto tsunami, y apoyarse sobre un timbal que parecía anunciar una armada. El acorde duraba más de un minuto y funcionaba como el súbito desagüe de una hidroeléctrica: compensando su afasia, sepultando el fantasma de la Novena.
Toqué el Opus 68 una vez en Schleswig-Holstein: es la provincia donde Johannes creció y vivió, conturbado por esa garúa fina que cuela entre el Báltico y el mar del Norte. En la orquesta había un violinista devoto del compositor, tanto que proponía basar nuestra carrera en su repertorio, como si la música hubiera empezado y terminado en Hamburgo. “Puro Brahms”, decía, convencidísimo, mientras fumábamos en la trastienda del Leiszhalle.
El teatro bordeaba una plazoleta, y en su desnivel había un cubo de granito con la cara del compositor grabada en cada lado. Frente a la escultura sopesé el fanatismo del violinista, y enseguida recordé el de mi profesor de Armonía I, un neurótico de pelo rizado que negaba toda música posterior a Mozart, y que ridiculizaba a Beethoven tocando a dos índices, como un dactilógrafo, el Himno a la Alegría.
¿Cómo sonaría Brahms 1 en ese piano sintético, reverberando sobre el durlock del aula municipal? Como estacas, probablemente. Una reducción parda y esquelética, pero tan insistente que aun así, sin ganas, pone la piel de gallina. // RR.PP.



