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Antipoética del espacio

  • Writer: Felipe Devincenzi
    Felipe Devincenzi
  • Jan 23
  • 2 min read

por Felipe Devincenzi Laiseca me cuenta que escribió Los Sorias a mano y luego mecanografió con una Olivetti soviética. Dice que incineró el manuscrito porque le ocupaba mucho espacio. ¿Cuántos metros cúbicos requeriría esa novela? Mozart no hacía borradores, el original era definitivo y exponía la lucidez de su introspección. En Amadeus hay escenas que describen esa genialidad: el narrador es Salieri, un viejo desquiciado que pasa del lamento al éxtasis, la mirada empañándose cuando memora esos papiros perfectos, escritos por Dios.

 

Otra escena notable es la fiesta de las máscaras, el joven Wolfgang que fanfarronea sobre el teclado y satiriza a sus colegas sin esmero. Su imagen repentizando acordes me recuerda a un pianista turco al que acompañé en Alemania: el director era Urbanski, un polaco esbelto, medio saiyajín, y Fazil Say, en cambio, era panzón, hosco y jorobado. Hicieron el Concierto nº 20 en medio de una trifulca secreta, ralentizando el tempo uno y disparándolo el otro. En el bis, Say desplegó el Alla Turca con elegancia prusiana, pero luego cambió el fraseo, como en la película, e invirtió la armonía con una habilidad escandalosa.

 

Semanas más tarde toqué Tristán e Isolda por primera vez. Dirigía Semyon Bychkov, un ruso intimidante que decidió leernos los diarios de Wagner al promediar los ensayos. Eran páginas cargadas de frustración, el compositor vivía en offside continuo y no encontraba un teatro acorde a la magnitud de su magia. En sintonía con la Gesamtkunstwerk, escribía sus propios libretos, anexándolos al score, a las particellas, formando las resmas que arrastraría cual Sísifo en la premura de sus exilios.

 

Tristán, El Réquiem, Los Sorias. El creador asediado por la falta de espacio y dinero, ultimando los detalles de una obra impublicable. Laiseca me hablaba seguido sobre su infancia en Aldao, un pueblo de Córdoba que evocaba en la penumbra de su planta baja alquilada. Solía decir que los libros, si bien ocupaban lugar, le habían salvado la vida. Tenía dos perros siberianos y una presencia inmemorial, medio sajona, subrayada por el bigote que almibaraba con el humo de sus Imperiales largos. // RR. PP.


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