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Sonidos en la cabeza

  • Mar 3
  • 2 min read

por Sebastián Napolitano


Scott LaFaro nació en Nueva Jersey en abril de 1936. Su padre era un músico de origen calabrés que había trabajado en las big bands de los años veinte. Tras la 2GM, la familia se mudó a Geneva, pueblo donde Scott culminó la niñez jugando al softball, haciendo aviones de madera balsa y coleccionando historietas. De adulto anhelaría esa vida suburbana: "Extraño el campo. Tal vez por eso Miles Davis me conmueve: él también creció ahí y eso se escucha en su forma de tocar."

 

En la adolescencia solía sentarse en la escalera de su casa para escuchar el violín de su padre, amén de discos de Nat King Cole, Sinatra y Lionel Hampton. Empezó a tocar el clarinete bajo y el saxo tenor como parte del programa escolar, pero eventualmente se lesionó jugando básquet y le dieron seis puntos en el labio superior. Cuando volvió a tocar, notó que su embocadura había cambiado. Su padre fue consecuente: antes de que empezara la universidad, le regaló un contrabajo.

 

Los siete años que le quedaban de vida alcanzarían para revolucionar la técnica del instrumento y, sobre todo, la función que podía ocupar en el jazz. "Voy a practicar", decía, "hasta ser tan bueno como Konitz, Desmond, Getz y Sims juntos". Su primer trabajo fue con la orquesta de Buddy Morrow y luego se unió a Chet Baker. La reputación de virtuoso creció rápido: una noche Paul Bley lo situó en el proscenio por ser el mejor de la banda. Otra vez, sus compañeros lo dejaron solo en el escenario para aplaudirlo desde el público. En otra ocasión, Monk cuenta haberlo hecho tocar standard tras otro sin darle más indicaciones. Antes de dejar la sala, el pianista solo espetó: "Fue un gusto tener esta charla."

 

Cuenta Charlie Haden que una vez encontró a Scott a cara cubierta, sentado en la cama de una habitación de hotel. Le preguntó qué pasaba y LaFaro, como agotado, dijo: “Por más que lo intente, nunca voy a poder tocar todos los sonidos que escucho en mi cabeza”. Lo cierto es que no hubo tiempo: murió a los 25 años, en un choque, pocos días después de grabar las sesiones del Vanguard junto a Bill Evans. // RR.PP.



Foto: Jim Marshall

 
 

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