La casa de Walter Amadeo /1
- Jul 30
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Updated: Jul 31
por Felipe Devincenzi
El Teatro Real de Bruselas presentó a sus músicos en el Salzburg Festpiele. Enhorabuena: la edición estival cumple más de cien programaciones, hoy deslindadas del hijo pródigo de esta ciudad. En sus plazas, negocios y vidrieras, sin embargo, el apellido Mozart es omnipresente. Nacido una noche de invierno de 1756, Wolfgang fue el único varón que sobrevivió a los siete alumbramientos de la señora Pertl, milagro ocurrido en un tercer piso alquilado sobre la Getreidegasse. De pocos ambientes, delimitados por las cornisas de techos bajísimos, la casa resguarda la intimidad más brillante y malograda de Europa.
¿Cómo era Salzburgo entonces? Se adivina en las fachadas imperiales, en su catedral barroca o en la enorme fortaleza que domina su horizonte desde el S XI. Como jurisdicción independiente, quince mil vecinos bordeaban el cauce agigantado del Salzach. Gobernaba el arzobispo Colloredo, a quien Wolfgang pulveriza en muchas cartas. Estas, sin duda, son el plato fuerte de sus museos. En el departamento de infancia destacan como facsímiles; en la Tanzmeisterhaus, donde los Mozart se mudaron el otoño del 73’, ya son originales.
Al igual que en Van Gogh, Flaubert, Wagner, el tono general es de queja. La falta de plata, de tiempo, las deudas. Cuando Wolfgang escribe en apuros, a su hermana o a un amigo, los renglones ladean a la derecha. La caligrafía musical, eso sí, es impasible: las plicas erguidas, las notas filosas, de precisión maquinal. Afectuoso y familiero, Mozart alardea su disciplina en otra misiva del 82. Dice que se levanta antes de las seis y que termina de acomodarse la peluca hacia las siete. Que compone hasta las nueve, que da clases hasta la una y vuelve a empezar más tarde, donde trabaja, entre candelabros, hasta la madrugada.
Todo esto sucedía en Salzburgo, donde Amadeo aguantó dos tercios de su vida. En sus evidentes limitaciones, los biógrafos conjugan la ciudad con la figura paterna. Se sabe que Leopold se abocó a la formación de sus dos hijos para garantizar ingresos y redimir frustraciones. Quiso formar virtuosos, o sea instrumentistas, pero el más chico se adelantó. Nannerl describe esas primeras lecciones de clave en los atardeceres de la Getreidegasse. Recuerda que su hermano, de 3 años, miraba anonadado, luego memorizaba las melodías y las replicaba. A los 5, asegura Maynard Solomon, empezó el violín autodidacta. Como no dominaba el pentagrama, inventó una notación para sus primeras ficciones. // RR.PP.


