top of page

La casa de Walter Amadeo /2

  • Aug 1
  • 2 min read

Updated: Aug 2

por Felipe Devincenzi

“Pertenezco demasiado a muchas personas y demasiado poco a mi mismo”. Norbert Elias explica la atemporalidad de Mozart como un hito sociológico. En términos musicales fue contemporáneo: dominó el clasicismo como nadie aunque impregnó sus sinfonías y sonatas menores, su Adagio y Fuga K 546 y el Requiem de un subjetivismo romántico. En todo lo demás desencajó: cuestionaba la relación de dependencia, los manierismos del arzobispado, la idea de ocupar un puesto estatal y de malgastar su tiempo enseñando a ricos y malcriados. “A pesar de la apacibilidad de su vida”, añade Solomon, “Mozart padecía una desesperación ansiosa, consciente de la enorme disparidad entre sus poderes y sus oportunidades reales”.

Dejar Salzburgo era romper tanto con el mandato paterno como el cortesano. En otra carta se jacta de limpiarse el culo (sic) con los decretos del arzobispo. Más adelante lamenta el abandono de los dramas benedictinos: “Salzburg no es lugar para mí; acá no hay teatro, no hay Ópera…”. Para 1777 Wolfie renunciaba a su puesto de concertino y giraba en busca de benefactores y mecenas. La empresa es la secuela del primer viaje organizado por Leopold en su niñez, con resultados similares: pocas ganancias, largas horas de carreta y el azoro que despertaba la miseria de Londres y París.  

El segundo y último departamento salzburgués fue la espaciosa Tanzmeisterhaus, destruida parcialmente durante la 2GM, donde Leopold convidaba conciertos privados y ensayos familiares. También museo, resguarda los 17 a 24 años del hijo, incluyendo el teclado que luego usaría en Viena, apenas cuatro octavas de madera y una breve nota de autenticidad. “En este clavicordio”, nos asegura Constanze, “mi esposo compuso La Flauta Mágica, la Clemenza di Tito y el Requiem”.

Sobre aquel instrumento parece ladearse el único retrato al óleo que empezara su cuñado, Joseph Lange, donde lo muestra de pelo crespo, grisáceo, con la mirada aguada e ida. Otra pintura notable es del húngaro Munkacsky y lleva a sus 35. Solo había pasado una década en Viena pero nos adentramos en Los últimos momentos de Mozart. La escena lo muestra con allegados aunque la realidad fue más cruda. Sus cartas ya lo acusan rendido, padeciendo la soledad, la flaqueza y los altibajos típicos de un freelancer. Fallecido su padre, con una deuda estimada en 80 mil euros actuales, Wolfgang fue el primero en demostrar que, sin industria, el músico depende de aquellos para los que el arte es mero entretenimiento. // RR.PP.


 
 

© 2035 Creado por El Artefacto con Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
bottom of page