La gran llanura /12
- Mar 12
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por Rodolfo Cifarelli
El instructor de combate fue el Veterano de las Islas.
Las mujeres superaron en puntería a los hombres con los AK 47. Las empezaron a llamar «las vietnamitas». Los hombres, en cambio, se mostraron más duchos disparando las ametralladoras M60 y MG4.
Uno, ex faenador de matadero, dijo que ni loco se pondría el chaleco antibalas. Aceptaba usar armas de fuego porque no había otro remedio, pero había tenido varios duelos a cuchillo en su juventud y lo deshonraba ponerse un chaleco antibalas. Se pelea a pecho descubierto, argumentó.
El Veterano le dijo que el grupo no necesitaba sacrificios inútiles, y que, además, si lo herían se convertía en una carga, porque no había médicos para curarlo. El ex faenador replicó que, si el destino le deparaba uno de esos trances, lo abandonaran donde cayese. Y agregó:
–Qué raro. El fantasma de la capilla no nos dio una sola venda.
–Él da violencia y fuego –dijo el Veterano–. Y a caballo regalado no se le miran los dientes.
–Yo curo el empacho, el ojeado y la culebrilla –intervino doña Elida–. Ahora, con un balazo, improviso a voluntad.
Las granadas FMK-2, a pesar de la pedagogía clara del Veterano, despertaban temor en todos. Se acordó que si las necesitaban, por el momento, él era el único en arrojarlas.
Montaron los visores térmicos binoculares en los cascos y, tras largas noches de ajustes, la oscuridad y la luz lunar mutaron en negativos en color de un caleidoscopio altamente sofisticado.
El Veterano rumiaba una idea que destruía el plan original de llegar al Sur y establecer allí el plan de ataque final en el continente. La idea le martillaba las paredes del cráneo. No sabía si plantearla cuando llegasen o un poco antes de llegar.
Y así, una noche, mientras nadaba en el bosquejo del nuevo plan como en un pantano, divisó a menos de cuatrocientos metros lo que parecía una patrulla de siete jinetes con cascos y, aparentemente, armados con fusiles.
¿Se acercaban o no al primer enfrentamiento? // RR.PP.



