La gran llanura /9
- Feb 28
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por Rodolfo Cifarelli
La lluvia pegaba contra la tierra y la construcción como para licuarlas en un mar de barro.
Otra vez se agitó la mano blanca, otra vez se soltó la pequeña llama y luego flotó el polvo fosforescente. Las sombras ahora eran frescas, secas, acogedoras.
–No, no, me corrijo: creo en la posibilidad de la razón y de la libertad humanas. Y justamente esa es mi rebeldía, ergo mi condena.
Afuera, la tormenta recrudecía y zumbaba como una gran explosión que ocurría a cientos de kilómetros.
Las pupilas de los rehenes se encendieron nuevamente.
Reinaba una misteriosa tranquilidad.
–No se confundan –dijo la voz, que sonó como un complemento de esa misteriosa tranquilidad–: Yo no los busque a ustedes. Reconozco que suelo estar cómodo de incógnito, en un refugio solitario como esta morada, y ustedes vinieron sin ser llamados y ahora sufrimos este grotesco ataque que pretende interrumpir nuestra amable reunión.
C, un ex seminarista, dijo:
–Yo sé bien quién es usted.
–No se equivoca –dijo la voz–. Al menos, en parte, no se equivoca.
–En qué no me equivoco –dijo C.
–En muchas cosas.
–Cuáles.
La voz suspiró, como si hubiera esperado ese momento.
–¡En que tampoco lo busqué a él! Al Hijo, claro está, me refiero. La tentación del desierto fue una dolorosa autosugestión, perfectamente entendible. Los grandes hombres saben que el mal nace adentro de nosotros, en los sótanos más inaccesibles del alma. Son las derrotas ante las tentaciones las que nos mezclan a las serpientes del afuera. Él se probó a sí mismo. Y ganó. Pero no a mí. Desde ya, me he acercado a Él en otras ocasiones. Nunca en el desierto.
–¿Cuándo estuvo con Él? –preguntó el ex seminarista.
–En el patio de un alfarero en Cafarnaúm, en un callejón de Jericó y en una hermosa playa del mar de Galilea. Largas, largas charlas. Lamentablemente no nos pusimos de acuerdo.
–Usted es un mentiroso –dijo F, que había sido carpintero de iglesias.
La mano blanca soltó una rosa roja que ascendió muy lenta hacia el interior de la cúpula. //RR.PP.

Foto: Córdoba, Argentina / Mitch Dobrowner - NYT


