La gran llanura /11
- Mar 6
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por Rodolfo Cifarelli
Al suspiro de fastidio le siguió un tono excesivamente sereno, como el de un Herrscher que, ubicado plácidamente en su escritorio, observara a través de un ventanal gótico el Müggelsee en primavera.
–No hago pactos. Esa es una de las tantas y efectivas difamaciones que me perseguirán hasta el fin de este mundo.
Cuánta paciencia debe uno guardar frente a generaciones y generaciones de provocadores. Recuerdo a uno, bastante patético: Goethe, que me imaginó robando joyas para ponerlas en el armario de una pobre chica de la que Fausto se había enamorado perdidamente. Amor a primera vista. Qué ingenioso, ¿no? Bueno, ni hablemos de los suicidios debidos a esa mediocre novelita titulada “Werther” … Y, además, ¿el sabio Fausto me necesitaba a mí para ser aceptado por una chica que, para colmo, no se sentía a gusto con esas joyas porque, según ella decía, no era una dama de la alta sociedad? –la risa sonó, por primera vez, franca y cristalina–. Prejuicio de clase enmascarado de amor sublime y lucha metafísica del bien contra el mal. Demasiado hábil para infinidad de tontos. En cuanto a Thomas Mann… Digamos que lo respeto. Tuvo la delicadeza de presentarme con más lirismo y en el corazón del arte de las artes. En fin, perdería mucho tiempo exponiendo sobre difamaciones y afines. Nada de eso tiene ya arreglo. Hic et nunc, es lo que importa.
Calló.
Nadie hablaba.
El silencio era frío y agobiante.
La voz decidió romperlo:
–¿Se llevan las cajas o no? Decidan por su cuenta. Estoy un poco cansado. Deseo fumar en soledad y repasar cuestiones más profundas que un viaje a la nada. Buena suerte, de todos modos…
El portón desapareció y entró una luz granulada, ocre, cálida.
Vieron el interior descascarado de la cúpula, con un nido de gorriones y trozos de pintura dorada a punto de caer.
Y las cajas.
Y nada más.
Afuera los esperaba el resto del grupo, con las ropas secas y las caras expectantes.
Y no les faltaba ningún caballo. // RR.PP.

Foto: Lago Müggelsee, Berlín


