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La gran llanura /6

  • Feb 16
  • 2 min read

Updated: Feb 17

por Rodolfo Cifarelli


Desde lejos parecía una iglesia abandonada.

Desde cerca era una construcción cuadrada de ladrillos descoloridos con una extraña cúpula de metal dorado (oro o bronce) que destellaba como una fogata bajo la media luna primaveral.

–Nunca vi un templo parecido en estos campos –dijo uno.

–Siempre hay una primera vez –dijo otra.

–Esa cúpula no tiene cruz –dijo otro.

–Brilla demasiado –dijo el que habló primero.

Dos fueron los designados para entrar. A y B. (en esta historia lo que menos importa son los nombres de los personajes).

A y B llevaban escopetas de doble caño porque temían encontrarse un puma en la oscuridad.

A y B traspasaron la arcada sin puertas, y no bien lo hicieron una sola y simple vela se encendió en una mesa plana, sobre un altar elevado a medio metro del suelo de tierra seca y helada, y todo, menos el interior de la cúpula, se iluminó como en un patio al sol.

Entonces vieron que la mesa plana se sostenía sola sobre el aire, y que de las paredes se desprendía una opalescencia enceguecedora que avanzaba y reculaba, como la inminencia de algo.

–Dónde estamos –dijo A.

–Mejor ni saberlo –dijo B.

–Por qué –dijo A.

–Sólo sé lo que te digo –dijo B.

Y terminó de decirlo cuando desde el interior de la cúpula bajó una columna de oscuridad que se interpuso entre ellos y la mesa plana.

B. pegó media vuelta para irse cuando A. gritó.

Estáticos contemplaron que la columna de oscuridad volvía rápidamente al interior de la cúpula, como absorbida por una boca oculta, y sobre la mesa plana flotante la vela había sido reemplazada por un enorme y apenas ondulante y equilátero triángulo negro en cuyo centro titilaba un ojo abierto de pupila e iris rojos.

B le disparó primero. A lo imitó. El triángulo con el ojo permanecía inalterable.

Una decena de hombres entró enseguida. Sin entender lo que pasaba, con escopetas y pistolas, igualmente, dispararon al triángulo.

Una risa muy mansa les roció las caras con un aliento repugnante.

Algunos cayeron al piso y vomitaron, otros retrocedieron sin dejar de disparar.

–No gasten balas –dijo una voz inubicable en ese espacio.

(Continuará.)



 
 

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