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La gran llanura /8

  • Feb 23
  • 2 min read

por Rodolfo Cifarelli


Un relámpago estalló a metros de la entrada a la construcción y empezó a llover torrencialmente afuera y, también, adentro.


–Como en las malas tragedias, se apresuran las represalias –dijo la voz más divertida que burlona–. ¡Qué aburrimiento me provocan estas simplezas del gran maestro del dócil Saulo!


Una mano blanca se abrió y se agitó en la oscuridad, en el sitio del altar, una pequeña llama naranja se alzó de su palma y se disolvió en un polvo violeta fosforescente que poco tardó en disolverse en el aire. La lluvia cesó de inmediato adentro de la construcción.


–Estamos a salvo –dijo la voz, con el mismo tono.


Mientras tanto afuera los caballos que habían recogido hasta ese punto del viaje, huían de miedo por los rayos, y los que no habían entrado a la construcción los corrían desesperados.

Las pupilas se apagaron, y como si la oscuridad, ahora total, les anunciara una muerte inminente, los rehenes de la construcción buscaron la salida, pero se chocaron con un portón de hierro cerrado, aparecido por arte de alguna magia.

El portón cerrado y la ausencia de ventanas daban como resultado un hermetismo impenetrable que el tono de la voz de algún modo, ciertamente misterioso, de a poco, conseguiría aplacar.


–Qué estupidez usar como armas estas imprudentes variaciones climáticas. ¿O crueldad? ¿Qué incompresible este universo, qué duro es hacerles comprender a los seres humanos los límites a los que nos somete tamaña incomprensión de quien lo conduce? ¿Y qué decir de terremotos, maremotos, erupciones y sus millones de inocentes muertos a través de las eras? ¿O nos pondremos pomposos y vociferaremos como feriantes: ¡nadie es inocente! ¿Escucharon bien? Esa es la deplorable filosofía que avala el plan siniestro en que ustedes y YO estamos implicados por igual. Pero mi pecado, otra palabrita a revisar, es que YO sí creo en la inocencia y, especialmente, en dos moléculas poderosas y cristalinas que casi ya no riegan los suelos del mundo: creo en la razón y en la libertad humanas.

La lluvia pegaba contra la tierra y la construcción como para licuarlas en un mar de barro.///RR.PP.



 
 

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