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La Iglesia de los Tzotziles

  • Writer: Felipe Devincenzi
    Felipe Devincenzi
  • 4 days ago
  • 2 min read

por Felipe Devincenzi


Zopilotes, nauyacas, bejucos, guaraches, huipiles. El Estado mexicano reconoce oficialmente 68 lenguas originarias. Inevitablemente, esas palabras ancestrales se mezclan con las nuestras, por lo que visitar este país es aceptar que conocemos el castellano aún menos de lo que suponíamos.

 

El museo antropológico de Chapultepec apenas sugiere esta complejidad. De hecho, se estima que los indígenas representan el 1% de los capitalinos, mientras que en Chiapas son un cuarto de la población. Una región que recorrí en círculo, partiendo por Tuxtla, zigzagueando la zona de Palenque, adentrándome en la selva lacandona y al fin volviendo por la 307, ruta que traza un meridiano perfecto sobre Guatemala. Indígenas, claro, eran los pasajeros de esas combis públicas, repletas de bolsones y animales, como también lo eran quienes me guiaron hacia las ruinas de Yaxchilán, o hacia los caracoles zapatistas, o el taxista que me acercó al cruce fronterizo de Mesilla.

 

Chamula no es la excepción. Sus calles de ripio orbitan San Cristóbal con un hermetismo difícil de explicar; de noche es un pueblo desolador, casi escalofriante, y durante el día se agrupan bondis con turistas y chilangos curiosos, empecinados en ver el interior de su Iglesia. Tienen buenas razones: por fuera es un templo convencional, la fachada blanca con triple espadaña, los fileteados multicolor, pero adentro golpea una gravedad insólita.

 

Como las fotos están prohibidas, paso a describir. Por supuesto que hay velas: no miles, sino cientos de miles languideciendo sobre un suelo alfombrado con hojas de pino. Las paredes exhiben figuras de santos y espejos que multiplican la penumbra. El olor es incisivo. Por doquier hay chamanes, quienes asisten rondas de fieles en ceremonias de rumor maya, haciendo ofrendas con bebidas de kiosco, dulces, algunas verbenas. Las familias se sientan en el suelo y alumbran sus cirios. De una vieja caja, un sacerdote extrae una gallina; la frota contra la piel de un niño, susurra una oración, le rompe el pescuezo. Relojeo, me laten las sienes y entonces dudo. Esa sangre que gotea desde el plumaje blanco, manchando las hojas de pino… ¿Es la de Cristo? // RR.PP.

Foto: Procesión / Felipe Devincenzi

 
 

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