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Matthew McDonald, poeta

  • Feb 14
  • 7 min read

Updated: Feb 14

por Felipe Devincenzi


No es común que un instrumentista se aboque a la escritura, quizás porque ambos oficios son inciertos y solitarios. Aun así, esta interacción es el combustible de Gran Partita, poemario editado en Inglaterra por Moist y pronto a publicarse el 28 de febrero. Matthew McDonald, el autor, creció en Camberra, Australia, para luego formarse en Sydney y ganar un lugar de prestigio en la Filarmónica de Berlín. Su primer libro se aleja de toda solemnidad: cada página despliega una intimidad cotidiana, postales que sintetizan un pensamiento a veces irónico, otras fabulador, pero siempre devoto de la música.

 

Me gustaría empezar con esta cita de tu libro: There were many times (…) when musical notes were more real for me than anything else. ¿La Poesía compartió siempre ese lugar primordial, o se intensificó con los años?

 

De chico me gustaba todo lo que rimara, particularmente El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum de T. S. Eliot, y también escribía poemas. En la adolescencia seguí escribiendo e incluso terminé una novela que luego perdería en un colectivo. Por esos años estaba obsesionado con T. S. Eliot, Dylan Thomas, John Donne, y era seguro que estudiaría Letras en la universidad. Pero bueno, a los quince apareció el contrabajo y se convirtió en una pasión absorbente… Igual siguió cautivándome la superposición de ambos mundos, como las citas de Wagner en The Waste Land, los poemas del War Requiem de Britten o las canciones de Schumann. Si bien nunca dejé de escribir, durante un par de décadas fue un viejo pasatiempo... Y hoy, ya hace ocho años, vuelvo a sentirme como ese primer lector adolescente: enamorado de la Poesía.


Veo que la ironía y el humor están muy presentes en tus poemas...


Incorporar el humor en la escritura es fundamental para que ciertos textos se sientan genuinos. No es que intente ser gracioso, solo que la forma en la que veo y sobrevivo al mundo suele ser a través del humor o del absurdo. Es un arma de doble filo, porque te ayuda a mirar ciertas cosas de cerca y en otras te saca de eje. Por otro lado, creo que el humor también puede ser tremendamente conmovedor: todos hemos hecho algún chiste para cerrar una charla dolorosa, como si fuera una suerte de silencio verbalizado... Es como decir “no puedo hablar de esto”, pero de una manera que hace reír a los demás, y eso me parece muy hermoso.


¿Esto tiene alguna relación con Mozart -de donde viene el título del libro- o con la foto de portada?


No diría que el humor tenga relación directa con Mozart, pero ya que lo mencionás, su equilibrio entre seriedad e irreverencia es lo que lo vuelve un personaje tan entrañable. Más allá del genio deslumbrante de Mozart, amamos su música por la forma en que contiene todo lo que implica ser humano, desde la desesperación hasta la frivolidad. Incluso sus cartas eran obscenas e hilarantes... La portada del libro, en todo caso, es una foto que saqué durante una gira, en algún lugar entre Chicago y Ann Arbor. La sonrisa ridícula del muñeco inflable doblegado por ese viento gélido resume, a mi entender, lo que a veces se siente estar vivo: nos reímos en la medida que es posible, nos caemos, nos volvemos a levantar.



Digresión, ironía y aforismos componen el mapa de Gran Partita, donde confluyen diversos géneros en temas específicos. A veces destacan ensayos breves, otras una elegía familiar o un poema dedicado a Bashō, a Schubert, a Tomas Tranströmer. En el medio surgen reviews: notas de viaje, escritas en la premura de las giras, abocadas a capturar momentos concisos, sea la impresión de una cena, la soledad de un departamento o paisajes que van desde Minnesota a Taipei.


Gran Partita es heterogéneo; ¿cómo surgió la idea de condensar todo en un libro?


Con el poema Octopus Rehearsal: la compositora Cathy Milliken me pidió que escribiera un texto para un encargo del Cuarteto Arditti. Quería un poema que de algún modo captara la esencia del grupo, y no tenía que ser necesariamente largo, ya que solo se leerían unos fragmentos durante la performance. Hasta entonces había evitado hablar de música en mis poemas, sobre todo porque no sabía cómo hacerlo, pero con la obra de Cathy, In Speak, no tuve alternativa. Ese proceso fue liberador: algo se desbloqueó y empecé a permitir la presencia de la música en mi escritura. Al cabo de un tiempo tenía muchos poemas al respecto, y pensé que podía armarse un libro, aunque no fuera el tema exclusivo de Gran Partita. En definitiva, me gusta pensar que ciertos poemas toman la música como punto de partida para explorar otras inquietudes... Y los distintos géneros, bueno, surgieron por ensayo y error: si una idea no funcionaba de cierta manera, la probaba de otra, y a menudo el nuevo género derivaba en nuevo contenido.


Hablemos de la posibilidad de trasladar ciertas nociones de la Música a la Poesía. Pienso en Elegy I, que empieza con cierta ligereza pero continúa en crescendo...


No sé si es consciente o no, pero las estructuras típicas de la música clásica se terminan filtrando. Aunque son las mismas de otras artes, o sea la idea de que un conflicto crece y tiene una resolución o no. En música suele hablarse del paso de lo rápido a lo lento, de tonalidades mayores a menores, de la introspección de un Adagio a un Scherzo. Lo que me encanta de los poemas largos es el espacio que ofrecen para desplazarse de a poco por distintos estados de ánimo, empezar en un lugar casi banal y terminar en otro más contemplativo... Gran Partita, el poema que da el título, está dividido en siete secciones, como la serenata para vientos de Mozart, aunque estructuralmente se parece más a un movimiento de tema y variaciones, porque se presenta un motivo sencillo y luego se lo trabaja con una complejidad cada vez mayor. No estoy seguro de que la influencia de lo clásico sea directa, pero el proceso de escritura se sintió similar: trabajar con una idea simple y ver a dónde me llevaba. De hecho, si me hubiera propuesto escribir una Elegía desde el principio, no hubiera sabido cómo empezar.


Inevitablemente hay más experimentación que la permitida al intérprete, que depende de la partitura... ¿La escritura te parece una acción complementaria, o más bien liberadora?


Algunos días pienso que escribir es completamente ajeno a tocar, y otros es como si ambos fueran el mismo mar. Los límites, como músico clásico, están más definidos, y yo no soy compositor, por lo que resulta liberador escribir cosas raras sin preocuparme de reglas preestablecidas. Pero la verdad es que cuando corrijo mis poemas, la sensación no es tan distinta a la de buscar una digitación para un pasaje: lo que elija en un sitio va a tener efecto en otro. En ese sentido, la sensación de libertad de un borrador desaparece apenas te das cuenta de que cada texto tiene sus reglas y que, si no les prestás atención, fracasa. También hay que decir que, a pesar de todas las reglas de la música clásica, hay un espacio infinito para la creatividad: desarrollar una frase musical es como escribir un verso, al menos en lo que respecta a cómo manejás el ritmo, el color y la articulación. A fin de cuentas, usamos palabras para describir la música y términos musicales para describir la poesía…



En paralelo a su actividad con la Berlin Phil, McDonald realizó una maestría en escritura creativa en la Open University del Reino Unido. En 2022 comenzó a antologar autores contemporáneos en inglés, resultando en la publicación estacional de Berlin Lit.

 

¿Qué es lo que más disfrutás al editar tu revista?


Empecé por curiosidad, probando con un editor web una tarde cualquiera. Después anuncié que el sitio estaba abierto a colaboraciones y terminó siendo una locura… Recibo centenares de propuestas, y después de varias semanas de lectura, encuentro un poema que además de ser brillante, es el adecuado para la publicación. Entonces surge la sensación de que otros poemas se sienten atraídos por este último… En definitiva, intento curar la revista como si fuera una colección, buscando la conexión entre los textos, y siempre disfruto de leer esos poemas maravillosos, tan frescos e inéditos, y de ofrecerles un espacio donde estén bien acompañados.


Además de esos autores inéditos, quería preguntarte qué artistas te inspiran.


Mi autor favorito suele ser el que estoy leyendo en el momento. Me gusta leer poemarios enteros como si fueran novelas, para hacerme una idea de cómo trabaja el poeta, o literatura con la que no conecto de manera instintiva, solo por curiosear técnicas nuevas. Pero siendo específicos, están Anne Carson, Mary Ruefle, James Tate, Claudia Rankine, Lyn Hejinian, Luke Kennard, Mark Leidner, Tomas Tranströmer y Ben Lerner. Últimamente releo mucho a Seamus Heaney, y me encantó Wellwater, el libro de Karen Solie que ganó el premio T. S. Eliot. De hecho, T. S. Eliot fue un faro en mi adolescencia, pero tuve que alejarme porque no paraba de copiarlo. Lo mismo me pasa con Jon Fosse y Thomas Bernhard… Y en cuanto a la música, sinceramente, quienes más me inspiran son mis colegas de la Berliner Philharmoniker, no solo por cómo tocan en el escenario, sino por ver cómo se mantienen curiosos, en dedos, enamorados del repertorio año tras año, tocando con total entrega pase lo que pase en sus vidas personales.


Este año van a tocar en Buenos Aires. ¿Cuáles son tus expectativas?


Enamorarme de la ciudad, de su gente, de la comida, de su música…


Para cerrar, si pudieras convertir una pieza musical en literatura: ¿Cuál sería?


Sin dudas, la Cuarta Sinfonía de Sibelius. Siempre pensé esa obra como un largo poema: los temas aparecen, pero se abandonan antes de desarrollarse, o se desarrollan en fragmentos. Hay afirmaciones autónomas, non sequitur, toda una gama de estados anímicos en un espacio de tiempo breve. Y como obra, termina con más preguntas que respuestas, dejando espacio para que el oyente llegue a sus propias emociones, a diferencia de, digamos, Mahler, que deja bien claro qué es lo que quiere que sientas. Desde luego que es una sinfonía con lugares sombríos, pero no dejan de ser el telón de fondo para que surjan cuestiones más complejas.


Gran Partita fue curado por Hugh Nicholson y Nastassja Simensky y puede encargarse en la página de su editorial. Matthew McDonald, a su vez, visitará el Teatro Colón en octubre de este año, donde tocará Tchaikovsky junto a sus compañeros de la Berliner Philharmoniker y el director Kirill Petrenko.



Video: McDonald toca Cesar Franck

Traducción del inglés: Felipe Devincenzi

 
 

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