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"G" de Genocidio

  • Writer: Felipe Devincenzi
    Felipe Devincenzi
  • Jan 20
  • 2 min read

por Felipe Devincenzi

 

En el afán de pisar los talones a sus vecinos galos, los belgas ostentan no pocos enchastres en la historia colonial subsahariana. Acaso el más conocido sea el de Leopold II, quien aterrorizó a los congoleses junto a su “Force Publique”, cobrándose 10 millones de vidas y duplicando la riqueza de una nación que aún digería el banquete de Carlos V.

 

Sus desventuras no fueron menores en Ruanda e incluyeron el refuerzo de la segregación racial, imponiendo un distintivo étnico en los DNI. Este artilugio no solo sentenció la diferencia entre castas: también fue crucial para identificar a los tutsis en las batidas de 1994 que, arengadas por una Radio FM donde se indicaban nombres y direcciones, derivaron en una carnicería demencial.

 

Como tal, el término “genocidio” fue acuñado por un abogado polaco en 1941. Raphael Lemkin estudió la legislación que imponían los nazis en los territorios anexados, concluyendo que el objetivo del Reich no era la conquista sino la reestructuración demográfica. La hipótesis fue planteada en ‘Axis Rule in occupied Europe’, meses antes de que varios oficiales se reunieran en el suburbio de Wannsee, Berlín, y gestaran la ‘Solución Final’.


Tras analizar la Endlösung’ de los alemanes, la ONU tipificó este crimen en 1948. Desde entonces, la reticencia a usar el término y, por ende, activar su protocolo, es una práctica común. Esta política es el tema de ‘A Problem from Hell’ (2002), ensayo que le valió el Pullitzer a Samantha Power, aunque el capítulo sobre Ruanda anticipa un libro aún más impactante, publicado por Roméo Dellaire en 2003.

 

Dellaire, militar canadiense, estuvo a cargo de los ‘peacekeepers’ en Ruanda y sostuvo a pulmón una misión boicoteada por sus superiores. En tres meses atestiguó cómo se masacraban un millón de civiles a tiros y machetazos. Casi desprovisto de personal, municiones y agua, solo pudo salvar a unos miles. En 2000 intentó suicidarse mezclando whisky con antidepresivos. Tras recuperarse, escribió ‘Shake Hands with the Devil’, cuya lectura refuerza la certeza de que un genocidio, sea en Kigali, en Gaza o en Darfur, puede desvelar a puñado de valientes, pero nunca a las Naciones Unidas. //RR.PP.


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