Ver de cerca
- Jul 4
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por Damián García
Anton van Leewenhoek era curioso, holandés y comerciante de telas. Su primer encuentro con un microscopio fue a los veinte años, en Ámsterdam. Lo encontró en la mesada de un depósito. Fue de esos accidentes que hacen avanzar la ciencia: una empleada lo había dejado por error en el sótano pensando que era una maquina íntima. Triplicaba el tamaño de lo que se observara bajo su concavidad, permitiendo distinguir la calidad de las telas. Anton no conocía la lengua erudita y tampoco tenía formación académica. Tal vez por eso, las primeras cartas que envió a la Royal Society fueron recibidas con asco y escepticismo.
Para comprar su primer microscopio empeñó el anillo de una amante. Al principio sus observaciones eran tímidas; una gota de agua, una mota de polvo y un pedazo de piel. Cuando se cansó, desarmó la lente para estudiarla en profundidad. Luego consiguió en el mercado otras. Más grandes, más cóncavas, biconvexas. Ensayó distintas composiciones y cuando agotó las variantes empezó a fabricar sus propios cristales. Aprendió a soplar y a pulir vidrio. Al día de su muerte, había fabricado más de mil microscopios. Donó los últimos a la Royal Society, pero muchos se perdieron o se estropearon en un depósito. En algunos, incluso, hallaron resto de materia orgánica descomponiéndose en los objetivos.
Anton observó bacterias. Disecó piojos y miró sus crías. Pulgas, huevos y gusanos. Estudió también los glóbulos rojos de distintos animales así como también capilares de anfibios. Sus estudios carecían de metodismo y no apuntaban a responder más que cómo se vería lo diminuto. Dedicó parte de ese tiempo a la botánica: estudió la forma microscópica de las hojas de café y de té, dejando inconclusa una teoría en la que asociaba la geometría con el sabor.
Sería injusto preguntarse cómo fue que se le ocurrió poner a la luz del microscopio espermatozoides de perro. Lo cierto es que siempre había sido un hombre resolutivo y trabajaba solo. Al esperma de perro le siguió el de chivo y después el de conejo. Anton masturbó decenas de animales antes de su muerte; mandaba muchas cartas a la Royal Society, pero la desconfianza de los sabios crecía cuando las observaciones contrariaban las teorías establecidas. "Me opongo a la generación espontánea", aseguraba Leewenhoek, pero nadie la estaba discutiendo.
Él mismo había visto los espigados cuerpos blancos. El problema era que en las cartas solo podía enviar sus propias ilustraciones. Consideró mandar el semen, pero desconfiaba de los microscopios con los que contaban allá. Tampoco quería darles sus artilugios: era muy celoso del secreto de su fabricación. Tan buenos eran, que a la comunidad científica le tomaría sesenta años alcanzar el poder de resolución de sus equipos y eyacular sobre ellos.
Toda la evidencia de Leewenhoek eran las ilustraciones que hacía de lo que veía. Dibujos y su palabra, que encima era holandesa. Como los dibujos no eran suficientes, llamó a un médico rural para que atestiguase su hallazgo. Le pidió que observase por el ocular del microscopio y comparase con los dibujos. El médico miró y asintió con genuina sorpresa. Después le pidió a un jurista conocido que sumase su testimonio. El hombre apoyó todo el ojo contra el vidrio y dijo que para él eran más alargados.
Anton escribió otra carta y la selló. Consideraba que necesitaba más testigos. En un momento se asomó para ver los espermatozoides, pero se habían secado. Persiguió al perro por el patio hasta que se rindió. Uno de los testigos se impacientaba. Desesperado, Leewenhoek le pidió unos segundos afuera. Luego se apoyó contra la pared y recolectó su propia muestra. Lo sorprendió el recuerdo del día que vio por primera vez el precario artefacto... La luz entraba por la ventana y revelaba una estela de polvo en suspensión. Sospechó que todo era lo mismo. Imaginó una regularidad. Perros, conejos y humanos. Todos son mamíferos, susurró. Luego entró y pidió que alguien sostuviera la evidencia. // RR.PP.

Óleo: Van Leeuwenhoek, inventor del microscópico / Ernest Board.


